Docuficción no exenta de crítica, melancolía y sarcasmo

Hace años tuve la oportunidad de visitar (esta sería la palabra) una interesante y extensa exposición en el Rectorado de la Universidad de Granada (Hospital Real) sobre el Reino de Bután: costumbres, la vivienda, el sistema de vida, la alimentación, los utensilios del hogar, aspectos antropológicos, la política (monarquía), paisajes, costumbres, religión, etc.
Todo ello estaba desplegado de forma espectacular en una extensa muestra, incluso físicamente hablando, por el crucero del edificio, con gran sentido de realidad sobre aquel país y sus habitantes: maquetas tamaño real de las viviendas, los parajes del lugar en relieve, fotografías muchas, objetos a docenas, como sacado de otra época e incluso de otra dimensión.
Esta nación surasiática en pleno Himalaya está constituida por una sociedad que puede parecer extraída de un cuento, está regida por una monarquía constitucional: la dinastía Wangchuck, el Reino de Bután. Un país interior, sin salida al mar, cuya cultura está ampliamente influenciada por la tradición budista, tradición y culto que se encuentra muy presente en la vida cotidiana de la población local.
Me quedó desde entonces esa impresión de haber visitado, por unos minutos, una insólita realidad y hace unos días me encuentro esta película centrada en ese lugar del mundo y me dispuse a verla con absoluta atención e interés, un interés que habitaba en mí, relegado a esa zona de la psique que en psicoanálisis llamamos «preconsciente», contenidos prestos a actualizarse en cualquier momento, cuando algo los dispara. Y así ha sido…
Sobre Bután, por su aislamiento, su defensa de la tradición y las restricciones para entrar en el país, los medios occidentales suelen tener una visión muy fantaseada, como que fuera una especie de último Shangri-La, un reino oculto donde todos son felices.
Pues bien, los directores de este documento han trabajado y profundizado para conseguir una visión ajustada del país, de la denominada Felicidad Nacional Bruta (FNB), a través de historias personales, a fin de mostrar una visión más compleja, rica y veraz de este país asiático.
El documental
Me ha parecido, así de entrada, una sensacional película-documento, llevada de la mano de los directores, el butanés Arun Bhattarai y la húngara Dorottya Zurbó, quienes manifestaron, en Sundance, haber conocido casualmente al protagonista de su cinta, Amber, un hombre de ojos expresivos y muy resuelto. A propósito, es la primera coproducción butanés-húngara y la primera película butanesa que se estrena en el Festival de Sundance.
Cuando vieron por primera vez a Amber, se sintieron inmediatamente, según Bhattarai, «atraídos por él debido a su humor infantil y su cálida personalidad. No pudimos evitar mantenernos en contacto». Esto fue el desencadenante de este filme, pues al parecer tenían pensado haber realizado otra cosa diferente.
En la cinta, Amber, de cuarenta años, es una agente cuyo trabajo consiste en estudiar el nivel de felicidad de la gente y medir el índice de Felicidad Nacional Bruta para el gobierno de Bután a través de 148 preguntas. Le acompaña en su pequeño utilitario un compañero en su Misión: Guna Raj Kuikel. Deben valorar la felicidad de 0 a 10. «Nos inspiramos en este concepto y queríamos mirar más allá de las estadísticas del índice de felicidad y centrarnos en la gente para ver qué se puede medir y qué no en la vida», explica Zurbó.
A veces a hay respuestas como: «Soy tan feliz como el número de granos de arroz que tengo almacenados», lo cual es calificado como un 7. O un granjero rico que presume de tener tres esposas y califica su vida con un 10 y responde en nombre de su esposa número uno; ella también es un 10 en felicidad, aunque se puede ver claramente que la mujer está llorando. Las otras dos no cuentan, aunque entre ellas mantienen una excelente relación cuasi fraterna. Con el esposo menos: «ahora tiene más barriga y menos culo» (y ríen las tres).
Dicen que el Reino de Bután es el país más feliz de la Tierra. Amber es uno de los setenta y cinco trabajadores del gobierno cuya labor es evaluar esa felicidad de los ciudadanos en términos matemáticos. El cálculo de la FNB se basa en aspectos materiales, como el número de vacas, cabras, ovejas, gallinas o tractores que una persona tiene, aunque esto difícilmente se aplica a la creciente juventud urbana en el país.
También incluyen en los cálculos criterios subjetivos más abstractos como la confianza que se tiene en los vecinos; la calidad de la conciliación entre la vida laboral y la familiar; cuándo lloró la última vez; la vivencia de soledad; si siente deprimido; qué sentido tiene para la persona el karma… Amber busca la plenitud investigando en su viaje por las montañas del Himalaya, preguntando a sus moradores.
Mayormente se trata de una investigación reservada y sin ornamentos, cuyos comentarios son ligeros y evidentes. Al no haber ningún exceso de reflexión, la película se desarrolla más como un documental de ficción dramatizada, aunque finalmente, el mosaico de temas se entreteje para crear un contenido melódico y con significación.
Nadie se siente obligado a responder, y la cosa parece un simple trabajo para Amber, más que un deber patriotero. Muchos ciudadanos participan gustosamente, incluso para algunos es una cuestión de orgullo o para otros una oportunidad para hacer catarsis, terapia, contar sus cuitas: sus temores, su viudedad, los asuntos familiares íntimos o algunos refieren temas religiosos. Pero para otros, las preguntas del agente de la felicidad es una molestia llevadera y quieren acabar cuanto antes.

Sin embargo, aunque el filme comienza como un documental procedimental, su verdadero espíritu se revela a través del uso de herramientas dramáticas: primeros planos silenciosos, voces en off de varios de los participantes o el profundo deseo de Amber de que le den la nacionalidad, contraer matrimonio y tener hijos.
La película comienza a moverse más claramente en esta dirección una vez que aparece Dechen, una bailarina de bar, una mujer transgénero a la que sólo pocas de las preguntas de Amber le son pertinentes pues su oficio es cantar y bailar en un club nocturno y por lo tanto no tiene animales de granja, ni tractor, ni posee un almacén de cereal.
El nivel de felicidad de Dechen es 3, el más bajo de la película, aunque las escenas de su estrecha relación con su madre enferma de cáncer son conmovedoras y muy humanas, sobre todo un episodio en el que ambas mujeres dialogan y se hacen confidencias en un baño público. Es cuando la película le cede el control narrativo a la trans, mientras habla de su historia familiar y del desaliento permanente que la preside.
El mismo protagonismo se concede a varias otras mujeres en circunstancias únicas, desde tres esposas descontentas del mismo hombre que encuentran consuelo la una en la otra, hasta una adolescente que vive sin su padre, una muchacha insegura, que vive preocupada por su madre que es alcohólica y anhela encontrar un novio que la acompañe y le dé seguridad. Casi siempre mujeres blancas atractivas cuyas vidas no encajan exactamente en los datos de la encuesta del gobierno.
De otra parte, Bhattarai y Zurbó filman siempre que pueden la expresión de los afectos y emociones en los entrevistados. En ocasiones la plena expresión de afectos y sentimientos se hace a través de tomas de la naturaleza y de la banda sonora melódica y resonante de Ádám Balázs. Cuando avanza el filme se va pasando de lo literal y de lo que se observa, a cierta poética impresionista.
Tiene también tiene momentos divertidos. El nivel de felicidad de cada persona según la encuesta aparece en la pantalla junto con las respuestas numéricas a las preguntas, como si fueran estadísticas de un videojuego.
Sin embargo, según el tono de la película en un momento determinado, hace que las respuestas resulten a preguntas implícitas en broma como qué piensa de su vida un hombre con tres esposas; o en verdades crudas sobre lo que la felicidad podría significar verdaderamente para personas conocidas, y cuán lejos de su alcance puede estar la dicha.
Amber, por ejemplo, es étnicamente nepalí (Bután tiene una historia de deslegitimar a los emigrantes nepalíes a los que llama Lotshampa), y su sentido de pertenencia depende no solo de una noción cultural de satisfacción, sino de la política y del papeleo: la aspiración máxima de Amber es que el rey le conceda la nacionalidad butanesa, requisito para poder casarse con todas las de la ley.
Sin nacionalidad está en un limbo administrativo, no puede obtener pasaporte ni regularizar su situación. Pues, aunque él cuida de su anciana madre, hay una parte de la historia en que, tras haber conocido a una muchacha por las redes, de buena gana habría acompañado a la bonita joven amiga que ha decidido viajar a Australia. Pero no le es posible salir. Insólito, pero es así.
En este punto destaco la sentida danza en medio de la naturaleza, sobre una colina, interpretada por Amber, dando rítmicas vueltas, con movimientos ondulantes y sentimiento a flor de piel, después que llevara a su chica a tomar el avión rumbo a Australia, donde una tía que vive en Melbourne la va a recoger. Amber ha preparado su móvil y está grabándose, mientras baila, para enviárselo a ella por WhatsApp. Ambos, él y ella, han quedado enamorados.

No está de más que apunte aquí que en los años 90 se inició una actividad armada de los nepalíes y empezaron a huir miles de Lotshampas hacia Nepal. El periodo de mayor actividad guerrillera fueron los años 1991 a 1993. Después solo se registraron incidentes aislados. Pero esta discriminación sigue existiendo.
Con numerosas tomas de teléfonos inteligentes, como ventanas al deseo, y escenas de conversaciones informales con cierto descontento persistente, esta cinta utiliza un contraste visual significativo para analizar la narrativa de Bután sobre sí mismo.
El filme reinyecta un vibrante sentido de los matices en un ejercicio que, aunque nominalmente está orientado en medir la humanidad, con demasiada frecuencia la reduce a un número. El resultado es a la vez tranquilizador y pretendidamente humanizador, y también capcioso, como si fuera una encarnación artística de la misma satisfacción de la que se jacta el Reino.
En toda la trama hay una porción de crítica y de cuestionamiento. En la parte última podemos ver a grupos de gente, algunos de los cuales ya hemos conocido, alguno aparece en forma individual, hablando coralmente y diciendo cosas que dan que pensar, para bien o para mal:
«Me gusta nuestro rey porque teje buenas relaciones con otros países». «Tenemos todo lo que tienen otros países». «Nuestro estado mental evoluciona constantemente». «Nuestra vida mejoraría si tuviéramos tierra y una casa para nuestros hijos». «En mi pueblo no tenemos TV, mi TV es mirar cómo pastan las vacas». «El gobierno quiere que todos actuemos de la misma forma, quiere que pensemos y hablemos todos lo mismo». «Mis hijos no tienen nacionalidad». «Estamos rodeados de naturaleza y todo el mundo tiene buen corazón». «Cargues el dolor que cargues, hay que aprender a ser feliz».
Arun Bhattarai y Dorottya Zurbó, además del índice de la FNB, pues esto podría parecer un truco publicitario o algo que el gobierno puede traducir de forma significativa en una política. Además del FNB, digo, se puede observar que también, cada vez más, ponen la atención de la cámara y del guion, en Amber Kumar Gurung, infelizmente soltero a sus 40 años, infelizmente apátrida, que reflexiona sobre su propia soledad y su búsqueda personal de la felicidad, que ha dejado escapar a una bonita mujer por no tener un pasaporte para acompañarla.
La subtrama de este solitario agente de la felicidad le da a la película el tono melancólico y suavemente irónico y crítico, de un drama de cine independiente… La puntuación de felicidad de Amber es 5.
Cinta que es una mirada compleja y agridulce a la vez, sobre la naturaleza de la plenitud a través de la cultura y algunos pobladores butaneses. Cinta, en fin, trata sobre un deseo humano básico: cómo ser feliz.
Al final, en los títulos de crédito, aparece escrito en pantalla con letras mayúsculas: «Según la encuesta de la felicidad nacional bruta realizada este año, el 93,6% de butaneses son felices. Hay un incremento del 3,3% respecto al año pasado».
Escribe Enrique Fernández Lópiz
