De simios, halcones y palomas
La continuación de la renovada franquicia del planeta de los simios (es decir, el planeta tierra) ha conseguido mantener un nivel notable. Bien es cierto que esta segunda entrega no alcanza la altura de su predecesora, y que simplemente parece haber sido concebida como un necesario interludio explicativo del porqué de la encarnizada enemistad entre simios y humanos que llevará a la dominación abusiva de los unos sobre los otros en la saga final, que no es otra que la inicialmente rodada hace 45 años.
Sí, después de tanto tiempo, todas las tramas, giros y vicisitudes parecen apuntar a la desolada imagen de Charlton Heston contemplando una estatua en la playa.
En ese sentido cabe reconocer que los artífices de la nueva saga no han tenido la desfachatez de reescribir la historia según su desmesurado ego, tal y como hiciera Tim Burton en su olvidable y anecdótica contribución al ciclo. Tanto Rupert Wyatt como Matt Reeves han reconocido que nada puede ser mejor que rendir un adecuado y solvente homenaje a Schaffner y Heston y para ello parecen haber trabajado al alimón no sólo en la conducción de la historia, sino en su sentido e interpretación últimos.
Ello consistiría en elaborar una sugerente metáfora sobre la naturaleza humana desde su enfrentamiento con una especie similar, en donde se muestren sus carencias y contradicciones, manifiestas bajo la óptica especular de ambos contendientes.
No podemos sin embargo obviar que muy competentes críticos de la saga le atribuyen un disparatado fundamento científico, aunque quizá cabría señalar que la pentalogía original tampoco se preocupaba en exceso de esas minucias: los simios y humanos establecían una relación preñada de simbolismo en una serie de películas con intención parabólica, y para ello se servían de un género que tenía más de ficción que de ciencia. En realidad, el sentido era moral y político, y en ningún caso pareciera que las disquisiciones evolutivas o espacio-temporales tuvieran más relevancia que la de situar una historia fuera de los marcos reconocibles para el espectador de su tiempo.
Coherentes con ello, Wyatt y Reeves (los respectivos realizadores de cada una de las entregas modernas) han continuado con ese espíritu y han dado a cada una de sus películas una carga interpretativa que se sobrepone a los posibles —y asumidos— contrasentidos científicos.
La primera película jugaba con la idea de la insuficiencia de la inteligencia como concepto definitoriamente humano, para mostrar que un simio dotado no podría llegar nunca a identificarse con nuestra especie —pues al fin y al cabo había otros rasgos, nada deseables, que nos constituían en mortíferos dominadores de la naturaleza— y para ello asimilaba su estructura narrativa a la de las epopeyas iniciáticas clásicas. En la presente se nos habla de un choque cultural entre simios y humanos, mediatizado por la tópica dialéctica entre la fuerza de la razón y la razón de la fuerza, que adquiere los tintes del western clásico.
En efecto, El amanecer del planeta de los simios no es sino la revisión, desde la óptica simiesca, de la contienda por la colonización del espacio vital que se dio en los albores de la cultura norteamericana, que a su vez, remitía a todas las guerras de ocupación y colonización clásicas a lo largo de toda la historia de la humanidad.

El western es el género cinematográfico por excelencia; en él confluyen tanto la técnica a la hora de desarrollar una historia dramatizada desde un punto de vista fílmico como la variedad temática de todos los géneros narrativos. No es extraño que casi todas las películas remitan en cierto modo a algo que ya se hizo en el western, ya fuera técnica o narrativamente.
En el caso de El amanecer del planeta de los simios puede decirse que la película no es más que un mero envoltorio peludo y apocalíptico de una historia clásica, con los minuciosos conspiradores —los halcones— que se enfrentan al callado y delicado trabajo de las palomas. En ella hay una civilización neolítica, que vive en armonía con la naturaleza y que ve abortada esa comunión merced a la aparición de unos exploradores armados con palos de fuego que viven en un fuerte, desde donde tienen intención de expandirse. De aquí en adelante, caben sólo la coexistencia pacífica y el respeto mutuos o el enfrentamiento violento. Es evidente que no habría tensión dramática si no existiera, como mínimo, la posibilidad de que se produjera el segundo.
Así pues, la crítica que de verdad puede hacérsele es que la historia no cuenta nada nuevo que no se haya visto en multitud de filmes anteriores. Aunque debemos señalar que la película adolece de un cierto buenismo edenista, en el que los simios conviven en armonía interracial hasta la aparición de los humanos, hay algo que puede decirse de bueno en esta revisión del tópico enfrentamiento entre belicistas y pacifistas, y es que ninguna de las dos especies implicadas se halla desprovista de uno u otro elemento: no hay maniqueísmo ni toma de partido, aunque parece bien claro, según deja ver la conclusión, que los seres humanos tienen un añadido cultural que los hace particularmente peligrosos: jamás olvidan una afrenta y son incapaces de sumisión sincera y efectiva: si ésta aparece, sólo es como disfraz de la posterior venganza.
Se muestra aquí, como ha sido siempre el caso de estas películas, otra de las carencias de la especie humana frente a los animales. O si queremos prescindir de todo elemento valorativo, otro de los rasgos que la han constituido en cima —algunos quizá prefieran decir sima, nunca se sabe— evolutiva.

Pero el aspecto más censurable del filme es que los personajes carecen de ambigüedad, aparecen poco trabajados y por lo general son de una pieza. Uno echa de menos la posibilidad de que César, por ejemplo, se muestre más sombrío: cuando en la escena culminante enfrenta esa posibilidad, realizando un acto poco coherente con su ideario, lo hace sólo para evitar un mal mayor, justificando así su lado oscuro de un modo sospechoso.
En el mismo sentido, se ha escarbado poco en las justificaciones de Koba. Pudiendo comprender sus reservas, el personaje degenera en un dictador —haciendo honor a su nombre— y disipando la posibilidad de enfrentar al espectador a un dilema terrible sobre la necesidad de ejercer el engaño y la violencia para asegurar la supervivencia.
Así pues, lo que la película gana en el orden taxonómico de la especie, lo pierde con respecto al de los individuos: hay un maniqueísmo evidente entre los héroes y villanos, ya sean simios o humanos, y eso que puede generar adhesiones entre los espectadores poco implicados, supone un lastre para los que buscan algo más que diversión palomitera.
Por lo demás no debemos dejar de señalar que la película transcurre sin estridencias, pero también, consecuentemente, sin excesiva tensión dramática. Los puntos culminantes de la primera entrega han sido aquí directamente homenajeados —ese “no” tan rotundo de César o esos enfrentamientos entre machos alfa— lo que quizá denota una peligrosa deriva hacia la autocomplacencia o lo que es peor, hacia el franquiciado del merchandising, que tiene toda la pinta de hallar en los frontales de las camisetas una nueva vía de expresión.
En resumen, un entretenimiento digno, pero que va diluyendo sus posibles aspiraciones críticas en favor de la espectacularidad, la acción y la falta de implicación del espectador, que apenas se ve sometido a dilemas éticos o controversias políticas de calado, dada la planicie moral de los personajes.
Puede que después de todo, estuviéramos pidiendo demasiado a una película de Hollywood.
Escribe Ángel Vallejo
Más información sobre título y el director:
El origen del planeta de los simios, de Rupert Wyatt
Monstruoso, de Matt Reeves
