El castigo (3)

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Una familia cualquiera

el-castigo-0El director chileno Matías Bize (1979) no es ningún desconocido. Varias de sus películas anteriores han pasado por diversos festivales, ganando premios como el conseguido a la mejor película en la Seminci de Valladolid, En la cama (2005), e incluso en 2010 obtuvo el Goya a la mejor película hispanoamericana.

Tampoco sorprende, como ocurre en su último filme, que esté narrado en un verdadero plano secuencia y no como en los falsos de películas tan discutibles como 1917 (2019), de Sam Mendes, o en Birdman o la inesperada virtud de la ignorancia (2014), de Iñárritu.

Bize estudió en la escuela de cine de Chile, donde realizó varios cortos (Carla y Marx, La noche anterior, La gente esperando). Su primer largometraje fue Sábado, una película en tiempo real (2002), que en realidad se basa en uno de sus cortos (La noche anterior) y en el que procede a experimentar en una de las señas de identidad de su cine: el espacio y el tiempo, ya que varios de sus títulos se desarrollan en tiempo real y en espacios muy reducidos.

En este primer largometraje utiliza ya el sistema de rodaje sin corte, es decir, como el título indica, se rueda en un plano secuencia, algo que, por lógica, conlleva una corta duración. Ninguna de sus películas llega a la hora y media, la mayoría suele durar entre 70 y 80 minutos. Como caso curioso hay que anotar que la película de Medem Habitación en Roma (2010) es una especie de remake de En la cama.

Con pocas películas en su haber (desde 2002 ha realizado 8 largometrajes y uno más, Juego de verano (2005), forma parte de un título codirigido junto a Fernando Aljaro y Nane González, Bize tiene una amplia relación con el cine español por dos motivos.  Uno de ellos es que algunos de sus títulos se desarrollan en ciudades españolas (no es el caso de este último); y otro que a veces, como es el caso de El castigo, trabaja con guionistas de acá.

En este caso la guionista es Coral Cruz, que hasta el momento ha intervenido, además de en El castigo, en 12 títulos tanto para cine como para televisión; por ejemplo, Incierta gloria (2017), de Agustí Villaronga; Verónica (2017), de Paco Plaza, o varios episodios de la serie televisiva Hierro (2019).

Si desde el punto de vista narrativo Bize intenta buscar unas muy personales, innovadoras y experimentales formas expresivas, en lo temático su obra se centra, en general, sobre la pareja enfrentada a sus problemas, en encuentros de unas horas; o en el descubrimiento, por una serie de circunstancias, de lo que las une y al mismo tiempo, dominando estas sobre aquellas, las separa. Algo que queda explicado de forma muy clara en su último filme, rodado en plano secuencia.

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Confesiones de un (in)feliz matrimonio

En el primer largometraje de Bizet (Sábado, una película en tiempo real) una mujer, antes de casarse, se entera que su futuro marido tiene una amante, por lo que decide vengarse. En la cama y En tu piel (2018) muestran, casi exclusivamente, el encuentro de los amantes tratando de encontrarse y reconocerse en su relación sexual. En la primera son desconocidos que deciden arrojarse furiosamente al sexo, en la segunda la pareja, la misma u otra, se reúne cada cierto tiempo para disfrutar de la sexualidad.En ambos filmes no existen más actores que ella y él.

La ruptura de una pareja se producirá en Lo bueno de llorar (2007), el intento de reencontrar el amor pasado perdido centra La vida de los peces (2010), mientras que en La memoria del agua (2015), tras la muerte del hijo, una pareja trata de reconstruir sus vidas.

En todas ellas, la pareja es la clave, los otros personajes que aparecen en la película son meros acompañantes, no claves para el relato. Se puede decir que todo su cine gravita sobre la relación entre un hombre y una mujer, variaciones sobre el amor entre ambos. De otra forma, pero con la misma insistencia de Bergman, aunque, claro, sin su fuerza, ni su grandeza, pero con el suficiente interés para dignificar la obra de este director chileno, que, incluso en sus dúos, trata de reencontrar unas nuevas formas narrativas.

Su última película, El castigo no es ajena a su cine anterior. Prácticamente centrada en los dos personajes (marido y mujer), desarrolla en un único escenario, un bosque, sus conflictos al enfrentarse a una situación como es el no encontrar a su hijo, castigado por la mujer (la madre) al no saberse comportar en el coche en el que marchan (madre, padre e hijo) a comer a casa de los padres de la mujer.

Un hecho mínimo pero complejo en cuanto el chico, de siete años, no está en el sitio donde ha sido dejado. En principio estamos ante una situación límite: proceder a castigar a un niño obligándole a bajar de un coche a un lado de una carretera poco transitada, en una zona boscosa. Ese instante del castigo no se ve.

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La película comienza en un coche conducido por una mujer con el rostro enojado. En ese momento no se sabe si va sola. Un movimiento de cámara deja ver que como copiloto va un hombre, que rompe el silencio pidiendo reiteradamente a la mujer que dé la vuelta. Antes un coche les ha adelantado. Al fin ella accede a dar la vuelta y regresar a un punto de la carretera: aquel en que el niño, como castigo, fue obligado a bajar del coche. Al llegar al lugar comprueban que su hijo no está.

Es el comienzo de la búsqueda. Encuentran su gorra. Llaman al chaval. Piensan que debe estar escondido, luego que quizá se ha perdido. Todo ello se nos cuenta sin que la cámara deje de rodar, continuando el larguísimo plano secuencia. Pocos elementos se unen a esta situación, simplemente la aparición de una pareja de policías (la jefa y su ayudante) a los que se ha llamado denunciando la desaparición del niño. No hay más personajes, ni otra situación que esa búsqueda en el bosque, salvo dos conversaciones telefónicas con la familia que les espera, que, sin saber lo ocurrido, llama preguntando la razón de su tardanza. Móvil al que siempre contesta la mujer sin contar la verdadera razón.

Es claro que las dos mujeres (la madre y la policía) mandan sobre los hombres. Ellos, sobre todo el marido, es un ser más débil. La búsqueda del chaval dará rienda suelta a una serie de propuestas, preguntas y recriminaciones entre una pareja aparentemente feliz, pero que, en su interior (en el de ella) existe una gran frustración.

Sobre todo, en los poco más de 80 minutos que dura la película, asistimos a una serie de preguntas, dudas y confesiones que proyectan la verdad de un matrimonio tradicional, sólo feliz en apariencia, y en el que ella guarda un dolor, un rencor que ahora estalla.

¿Por qué del castigo? La mujer ha tratado de una vez por todas imponer su autoridad sobre un niño mimado, enseñado a salirse siempre con la suyasa través de gritos, lloros, imposiciones admitidas por un padre débil y con escasa autoridad. Quizá el castigo en ese momento es excesivo o, como mínimo, irreflexivo, pero supone un hasta aquí hemos llegado.

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Un primer estadio que se abrirá, en la última parte del filme, a la confesión de la mujer sobre lo terrible de su vida, lo que ha significado la maternidad, todo lo que ha sacrificado en función de un hijo intratable. Cómo se ha visto obligada a renunciar a todo, a encerrarse en casa, cuidar de ella y centrarse en el hijo, mientras el marido ha seguido con su trabajo y su vida. La mujer estalla proclamando su papel secundario, quejándose por todo lo que ha renunciado, por la vida que ya no tiene, por todo lo que ha dejado atrás. Una confesión en toda regla en un estallido emocional en el que la verdad de su vida sale a flote en esa situación límite: la verdad, su soledad.

Lo de menos es el final, con la aparición del niño, momento en el que, sin más, porque no existe más, se cierra la película. No hay un fin porque lo que habrá a partir de ahora es un después. Un después tras el fin de esta interesante película donde una vez más la pareja centra su temática, pero, eso sí, más allá de la relación amorosa.

Con pocos elementos, con escasos personajes, Matías Bize, apoyándose en un excelente guión de Coral Cruz, ha conseguido un filme de gran interés en el que la búsqueda (de un niño, de una vida perdida) ha planteado una serie de temas de gran hondura: educación, relación de la pareja, papel de la mujer en un matrimonio tradicional, falsas alegrías ocultando grandes tristezas. Una película que exhala vida y que no cansa a pesar del uso de ese verdadero plano secuencia.

Lo extraño, lo que resulta difícil de admitir, es que todo el filme transcurra en una carretera de doble sentido y donde el coche para en uno de los carriles de marcha (y luego detrás el de la policía), junto, además, una curva. Aunque la carretera estuviera poco transitada, y encima atardeciendo, resulta difícil de admitir. Lo ilógico de una lógica.

Escribe Adolfo Bellido López