Bon appétit
No podemos comenzar esta crítica sin felicitar, como viene siendo habitual, al encargado (o encargados) de traducir el título original del film al castellano. En un ejercicio de auténtica autoría hemos pasado del clarificador Comme un chef, originario francés, al mucho menos elocuente El chef, la receta de la felicidad. Horas y horas devanándose los sesos los hacedores de todas esas producciones foráneas a la hora de titular sus propuestas para que al cruzar los Pirineos los auténticos escribas y a la vez guardianes de nuestro rico idioma tengan ya preparada su magnífica sentencia.
En fin, aplaudamos el ingenio y el buen hacer de estos auténticos profetas de la lengua, quienes no cejan en su ardua labor de destrozar lo que otros han discurrido con esmero.
Pero vayamos al meollo del asunto y tratemos de desmenuzar esta comedia francesa ambientada en el mundo de la gastronomía. La trama nos presenta al joven Jacky Bonnot, quien sueña con triunfar como cocinero de un gran restaurante. Pero su precaria condición económica le obliga a aceptar otro tipo de trabajos que ni siquiera consigue conservar.
Un día se cruza en su camino Alexandre Vauclair, un célebre chef reconocido en toda Francia que sin embargo ve amenazada su cómoda posición por el grupo financiero propietario de sus restaurantes. El embrollo estará servido en bandeja de plata cuando el aprendiz con ínfulas comience a trabajar a las órdenes del maestro.
Todo el entramado de la propuesta gira entorno a las dotes cómicas de su singular pareja protagonista, un Jean Reno acostumbrado a este tipo de peculiares buddy movies (Los visitantes no nacieron ayer, 1993, sería otro ejemplo parecido al que nos ocupa), y que junto a un bastante desconocido para nosotros Michael Youn (tan sólo se ha llegado a estrenar en España uno de sus anteriores trabajos, Lucky Luke, donde interpretaba el papel de Billy el niño) orquestan una divertida parodia del universo que envuelve la alta cocina francesa.
La película acierta cuando se acerca, de forma cómica y un tanto superficial, a un mundo, que, por desgracia, tiene poco de frívolo y mucho de dramático. Las situaciones que se nos presentan están a la orden del día y en ese aspecto lo explicado es fiel a la realidad.
Se habla de chefs que van a perder estrellas y con ello su posición económica y social; de la irrupción de otro tipo de cocinas internacionales más modernas que se atreven a retar la supremacía de los bouchons tradicionales de la alta cocina gala (concretamente, de la cocina molecular de la que España y Ferrán Adriá son adelantados abanderados), e incluso se llega a apuntar el distanciamiento social existente entre este tipo de cocina a la que sólo pueden aspirar a degustar las clases altas y los restaurantes de pueblo donde los comensales marcan su más alto nivel en la conveniencia de que todos los platos servidos vengan acompañados de patatas fritas.

Al tratarse de una comedia amable para todos los públicos no queda lugar para ningún atisbo de suceso calamitoso o trágico que borre la sonrisa del acomodado espectador. Se esboza el tema, por muy sangrante que pueda llegar a ser (y si no sólo hay que percatarse de que hace poco tiempo algunos de estos afamados cocineros llegaron al suicidio a causa de la pérdida de categoría de sus locales) para de manera rápida y sutil envolvernos en una patina de buenrollismo y placidez colectiva.
Los héroes de la función derrochan química y de eso se beneficia el conjunto. A ambos intérpretes se les nota muy cómodos en el terreno del vodevil y eso se traduce en escenas hilarantes como aquélla que tiene lugar en un restaurante futurista donde la mayoría de provisiones se muestran textualizadas o criogenizadas. El choque entre lo viejo y lo nuevo desde un punto de vista satírico y un humor muy fresco.
Otra cosa es cuando se abordan subtramas o aparecen otros personajes en escena. En esas ocasiones, el desarrollo de la narración baja enteros de una manera alarmante y el bostezo aparece sin remisión.
Las tres presencias femeninas que aparecen a lo largo del film no aportan absolutamente nada a la historia, y en algunos casos, funcionan como simples puntos de fuga prescindibles. Son los momentos menos afortunados de una propuesta que se engrandece de fogones para adentro pero que pierde fuelle en cuanto se sale un ápice de su cometido central.
Tampoco aporta en demasía la presencia a modo de cuota hispánica (se trata de una coproducción hispano-francesa donde A contracorriente Films ha invertido en su faceta de productora unos dinerillos) de un Santiago Segura divertido en su rol de émulo de un Ferran Adrià tan disparatado como un poco sobreactuado.

Pero bueno, aquí no se trata de buscarle los tres pies al gato en un producto tan inofensivo como bien condimentado. El ritmo de la acción no decae en ningún instante, punto esencial en el vademécum de cualquier comedia que se precie como tal, y eso ya es suficiente para poder afirmar que nos hallamos ante un digno trabajo que no desluce.
El director del film, Daniel Cohn (más conocido en su país en su faceta de actor, con actuaciones en obras la mayoría de ellas desconocidas para nuestro público) no ofrece nada nuevo que vaya más allá de otras tantas comedias que conocemos tan bien como Jacky conoce al dedillo las recetas de Alexandre, pero da en la diana a la hora de salpimentar con humor el enfrentamiento entre la cocina clásica y la nouvelle cuisine, a la par que administra con corrección los tempos y no aburre en ningún instante, lo que ya es un logro en un tiempo en el que la comedia está de auténtica capa caída.
En este aspecto se le acerca bastante a una comedia española que también tenía a la gastronomía como protagonista y que pasó bastante desapercibida en su día. Nos estamos refiriendo a Fuera de carta, de Nacho García Velilla (2008), interpretada por un enorme Javier Cámara que se ponía en la piel de un cocinero homosexual de reconocido prestigio que abría su propio restaurante en la zona de Chueca.
En definitiva, un producto de consumo rápido (aunque nos presente recetas realmente complicadas), que utiliza elementos de realidad como motivos cómicos y que se muestra al servicio de dos solventes actores que aquí representan una misma voz, aunque en el caso del aprendiz se trate de esa voz amplificada.
Su juego de réplicas y contrarréplicas mientras se van dando vueltas de rosca a un libreto que va ganando en intensidad a medida que avanza el relato se ve contrapunteado por una serie de intrascendentes y estrafalarias anécdotas que entorpecen y ralentizan la simple moraleja que se desprende de todo lo explicado: los franceses siguen utilizando como argumento de fondo que son los poseedores de la mejor cocina sin darse cuenta de que la innovación foránea les gana terreno mucho más rápido de lo que se imaginan.
Escribe Francisco Nieto
