El conde de Montecristo (3)

Published on:

Nueva versión de la obra de Dumas acertada y entretenida

Siempre es un gusto y un sano interés ver de nuevo El conde de Montecristo en la gran pantalla. Además, para muchos de mi generación, esta obra de Alejandro Dumas era una lectura casi obligada, allá por el tiempo de la adolescencia.

No sólo por ser una estupenda novela, sino porque en ella se relatan y describen males propiamente humanos como la envidia o la injusticia que en el transcurrir de la historia son desagraviados con un plus de justicia e incluso de venganza. Pero están igualmente las buenas cualidades como el amor o la valentía.

Hay que decir que Dumas fue un escritor de éxito comercial ya en su época, especializado en relatos por entregas, y la mayor parte de su obra se publicó en periódicos semanales y luego en forma de libro.

Breve historia

La cosa es que el joven Dantés (Pierre Niney), quien, por un azar del destino, es ascendido a capitán de navío, está a punto de cumplir su sueño de casarse con Mercedes, el gran amor de su vida. Pero su felicidad, buena suerte y fortuna más bien inspiran la envidia y los celos de diferentes personajes.

De esta guisa es traicionado por esos rivales celosos y suspicaces, a la vez que es denunciado falsamente. La consecuencia es su encarcelamiento en el Château d’If sin esperanza alguna de escapar.

En un punto conoce al Abbé Faria, un abad que intenta escapar y que, equivocadamente, llega con su túnel a la celda de Edmond. Un hombre docto en lenguas, ciencia y leyes por lo que transcurridos catorce años de prisión, han sido también catorce años de instrucción secreta por parte de este compañero de prisión; así, Dantés consigue escapar y hacerse con el legendario tesoro escondido en la isla de Montecristo, que Abbé le da a conocer. O sea, escapa rico, docto y furioso.

Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, los directores, llegan al meollo de la historia, que es ver a Edmond usar sus fondos ilimitados para jugar a la vida como si fuera Dios. Se ve cuando el recién liberado Edmond entra en una iglesia y mirando a lo alto declara: «De ahora en adelante, recompensaré y castigaré», un momento tan dramático como absurdo.

Tras su huida, una vez rico y transmutado, urde el plan para vengarse. Dantés asume identidades diversas, entre otras la de conde de Montecristo. Y hace amistades con sus enemigos, que ahora son gente de la alta sociedad, para para ajustar cuentas con ellos.

Guion y dirección

Los guionistas y directores no cabe duda de que se han propuesto llevar al cine a los clásicos franceses. Adaptaron primero Los tres mosqueteros —han estrenado dos y falta una tercera cinta— y, ahora, le ha tocado el turno a una nueva entrega de El conde de Montecristo, la vigésima desde que el libro se llevó al cine en 1908. Y lo hacen con el mismo toque hollywoodiense de los mosqueteros.

La película, como la novela en sus inicios, podría haber funcionado mejor como serie de televisión, ya que pasa de una gran secuencia o escena, a otra de una manera ágil y con tensión.

Tiene una cualidad gloriosa de la novela de Dumas: la forma en que el tiempo acierta a estirarse, especialmente el período de 14 años que Edmond Dantés pasa prisionero en una isla cerca de Marsella. En general, después de 180 minutos y muchos capítulos de la trama, se sale del cine sin haber sentido el paso del tiempo, o sea, es entretenida. 

Como sabemos, Dantés es acusado arteramente de ayudar a Napoleón, exiliado en la isla de Elba, de estar involucrado en una conspiración a favor de Bonaparte. Esta falsa acusación es promovida por tres enemigos dispuestos a deshacerse de él. Cada uno, por razones de sumo egoísmo, y por la maligna envidia.

Uno de ellos es su mejor amigo Fernand de Morcerf, secretamente enamorado de su prima, la prometida de Edmond, Mercédès. El otro es el antiguo capitán de barco Danglars, furioso porque el acto heroico de Dantés al comienzo de la película, cuando salva a Angéle, una joven náufraga, concluye con el ascenso de este a capitán y su despido por parte del armador. Y luego está el magistrado local corrupto Villefort, que orquesta el plan para encubrir el hecho de que tiene una amante.

LE COMTE DE MONTE-CRISTO Réal : MATTHIEU DELAPORTE & ALEXANDRE DE LA PATELLIÈRE Prod : CHAPTER 2 / PATHÉ FILMS ©Rémy Grandroques

Aunque al principio la película es compleja, Delaporte y De la Patellière, especialistas en fluidez narrativa, hacen que la cinta vaya deslizándose poco a poco a los sustancial, manando como un río, con algún rompiente por medio.

Después de tres horas y muchos puntos de la trama en juego, cuando acaba la peli no hay sensación de aturdimiento. Hay una historia de venganza divertida, con espadas y camisas abullonadas, duelos a pistola, o recepciones y convites de auténtico suspense. Un filme que ofrece muchas intrigas y maquinaciones, pero comprensible en su conjunto.

En el tiempo de cautiverio de Dantés, con larga barba de náufrago, entabla amistad con el abate italiano Faria, que hace un túnel hasta su celda. En el encuentro con él cambia la vida de ambos. A lo largo de una década, Faria educa a Edmond y lo convierte en cómplice de su plan de escape. También le cuenta sobre un tesoro escondido por los Templarios en la isla de Monte Cristo, frente a la costa de Italia. Al morir el sacerdote, Dantés se escapa de la prisión y urde el plan de venganza que ha estado pergeñando durante años.

Reparto y otros

Niney es Dantés/Conde, un hombre al que le arrebatan un futuro brillante y que ahora, tras su cautiverio, lleva una máscara en busca de venganza. Niney, con sus rasgos aniñados y su personalidad abstraída y poco sociable, no parece que fuera la mejor opción para encarnar al protagonista vengativo y melancólico de Dumas, pero es un actor sólido y eficiente, capaz de salir airoso y hacer que Dantés resulte convincente. También ayuda el hecho de que esté la mitad de la película muy maquillado, disfrazándose para engañar a sus víctimas. Si bien es un tanto inaudito e increíble imaginar que hombres malvados y astutos como Fernand, Danglars o Villefort no se den cuenta inmediatamente de quién es.

El resto de los actores y actrices están muy bien: Pierfrancesco Favino como el abad; sus enemigos principales y odiosos personajes con actuaciones sensacionales y buena caracterización son Bastien Bouillon, Patrick Mille y Laurent Lafitte; la amantísima prima Mercédès, su prometida, muy bella, la muy confundida Mercédès, que pensaba que su cuasi marido estaba muerto está convincentemente encarnada por Anaïs Demoustier; su hijo, Albert, bien Vassili Schneider; Adèle Simphal es Angéle. Acompañando Anamaria Vartolomei, Julien de Saint Jean, etc.

Mille, Lafitte y Bouillon son los complementos ideales, interpretando astutamente a tipos contra los que queremos animar. Las mujeres también tienen papeles importantes, en particular DeMousier como Mercédès.

Los vistosos fondos contribuyen a enmarcar la película en su época, desde 1815 hasta 1838.

Concluyendo

Delaporte como La Patallière, intentan coordinar con éxito los elementos de la novela de Dumas. Incluso hacen todo lo posible para unir a personajes que no estaban relacionados en el texto original. Esto sucede durante la densa y muy hablada segunda mitad de la película, en que la acción se traslada a París, cuando Edmond, ahora el conde de Montecristo comienza a eliminar minuciosamente a sus enemigos, reclutando para que lo ayuden a la huérfana Haydée y a Andrea, el hijo bastardo abandonado de Villefort, encargado de acabar con su padre.

Están sucediendo muchas cosas en este punto, incluido el hecho de que Edmond comienza a pervertirse por su avidez de venganza, sin que haya alguna escena que realmente destaque. No ocurre igual con la deslumbrante variedad de decorados y localizaciones de la película: magníficas vistas del Mediterráneo, villas y mansiones asombrosas que el diseñador de producción Stéphane Taillasson decora según el estilo del siglo XIX.

Los vistosos fondos contribuyen a enmarcar la película en su época, desde 1815 hasta 1838, o desde la Restauración hasta mediados de la Monarquía, lo cual es un gran mérito de los directores al dar empaque a la obra de Dumas.

Cuando la novela se publicó por primera vez, por capítulos, fue todo un acontecimiento para el público. Y aunque esta adaptación puede ser susceptible de alguna pega, es una producción acertada en cuanto a conjugar el disfrute de un clásico en las historias de venganza, con una arquitectura escénica y la necesaria comprensión narrativa que espera el público de una película bomba y comercial del tipo blockbuster.

Es tan dramático lo que le sucede a Dantés que el espectador se ve empujado a sufrir con él y a vengarse con él.

Por qué ver esta película

Esta obra, El conde de Montecristo, es por derecho propio un clásico de la literatura universal, una historia con la que la mayoría de la gente se siente seducida. La vida sonríe a Edmond. Pero hace su aparición la envidia, porque tanto éxito llama a la envidia. La de los que quieren medrar en el navío y la de los que quieren conquistar a su prometida Mercédès.

La envidia late en toda la historia. Es tan dramático lo que le sucede a Dantés que el espectador se ve empujado a sufrir con él y a vengarse con él. Te vuelves tan telúrico como Edmond.

De otra parte, el filme explora el impulso de venganza. Pero: ¿realmente colma al damnificado? Montecristo, identidad que adopta Dantés, tiene dudas en su empresa, pues su venganza conlleva daños colaterales en personas que ama y en personas que aprende a amar.

Por lo que la peli, siguiendo el espíritu Dumas, lleva más que mejor al personaje, que hace reflexiones que rozan la frontera de la ética y de lo reprobable. Diría yo que Montecristo baila sobre el mismo filo que separa la justicia de la falta de escrúpulos. Lo social lo abordan guionistas y directores sin abandonar el tono de una cinta de aventuras.

Un libro y un filme que pueden ayudar a los jóvenes, sobre todo, a conocerse a sí mismos, a desarrollar las potencialidades humanas, a manejar la cólera y la venganza, a resistir, a aceptar el infortunio y a afrontar el dolor como una parte imprescindible de la vida. 

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Meta Fiction Spain