Canto a la vida
Isao Takahata ha decidido despedirse, con ochenta años y un buen número de películas a sus espaldas, con una obra de arte total. La transformación/disolución de Studio Ghibli no podría haber tenido mayor y mejor despedida que la ofrenda, por parte de su fundador —junto al otro gran genio de la animación nipona, Hayao Miyazaki, que hizo lo propio hace tres años— de una obra maestra como la que nos ocupa.
No es sólo la originalidad de su planteamiento gráfico, una particular interpretación del sumi-e, la acuarela clásica japonesa con influencias zen, mezclada con la técnicas del carboncillo y a la que se ha añadido colorido y también movimiento —dotándola no sólo de una filosofía naturalista y contemplativa, sino de una fuerza emocional y vital potentísima—, sino también al uso de la mitología clásica, que muestra su actualidad de un modo sobrecogedor, como si sus temas fueran atemporales y eternos, sin sombras intempestivas.
El cuento de la princesa Kaguya tiene como origen un relato japonés del siglo X, en el que una criatura nacida del bambú es adoptada por un matrimonio de agricultores entrados en la madurez. Takahata ha adaptado esta narración de un modo delicado, prescindiendo de una última parte en la que la princesa se torna irascible y vengativa encarnándose en el aterrador monte Fuji, para dotarla de un trasfondo actual, de problemáticas ecologista y feminista muy definidas, pero sin las estridencias del activismo contemporáneo. Takahata ha conseguido elaborar un relato perfecto del sometimiento de la mujer a los imperativos patriarcales, pero también de las rigideces sociales, del desprecio clasista y de los sentimientos de frustración y de culpa que todo ello genera.
Todo es fuerte en su delicadeza: el dibujo transmite las emociones sin excesos explicativos y eso es ya un logro cinematográfico en sí; pero la verdadera grandeza de esta película reside en saber mostrar la crueldad, la dureza y la injusticia de un modo en el que su contemplación no produce rechazo, sino absoluto asombro ante la evidencia de lo insoportable. Y digo esto porque La tumba de las luciérnagas (1988), la otra película por la que será recordado Takahata, no conseguía sublimar ese sentimiento hasta estos límites. Cada fotograma de aquélla era un dolor, mientras que en ésta es un goce estético unido a una revelación. Pocas obras en la historia —no ya sólo películas— pueden presumir de haber conseguido este hito.
Hay, en este sentido, un aspecto en que no puedo dejar de incidir: Kaguya sufre el machismo patriarcal, transmutado muchas veces en ignorancia del padre, tantas otras en menosprecio sociológico y no muchas menos en complicidad femenina. Pero ella también lo interioriza como culpa, vergüenza o dolor y autoodio, y este es un elemento tan pocas veces señalado, que encontrarlo aquí merece comentario aparte.
No digamos ya que su tratamiento es tan exquisito que no podemos dejar de sentir lo que ella misma siente: puede considerarse entonces que otro de los grandes logros del film es su capacidad para generar empatía, lo cual no es poco para sentirse rendido ante una obra tan emocionalmente compleja.
Porque El cuento de la princesa Kaguya no es sólo tristeza. Es más, puede decirse que es una celebración de la vida, un canto a la naturaleza salvaje, libre, exuberante y plena. Ello no se muestra únicamente en el recuerdo de la infancia, esa Arcadia feliz en comunión con los placeres sencillos, sino también en esa negativa casi nietzscheana, de Kaguya a renunciar a su vida —de alegría pero también de dolor— en la tierra para partir al mundo perfecto de los cielos.

Takahata de nuevo nos ilustra mediante poderosas imágenes esa enseñanza. Casi todo el largo epílogo es una cumbre emocional y estética de reivindicación de la naturaleza y la vida, aunque también lo son algunas escenas en torno a cerezos en flor o a huídas oníricas en pos de la libertad de lo salvaje.
De nuevo un equilibrio perfecto, sublime, entre forma y contenido, entre sentido y sensibilidad, acompañado por una música sencilla e intensa, nos ponen ante la evidencia de estar contemplando una obra total, una cumbre de la cinematografía. A ello contribuye el dominio de la técnica narrativa: elipsis transmutadas en recursos estéticos, como ese crecimiento acelerado de Kaguya o esa huída a través del monte virada al negro del carboncillo, el uso de la metáfora como cambio argumental, con ese encuentro del carbonero en el bosque que le habla sobre la esterilidad de la montaña, o el empleo de la caricatura para mejor señalar la personalidad de los protagonistas, pero sin excesos histriónicos…
Pero este último elemento muestra que no hay nada como el dibujo, aquí llevado a síntesis perfecta entre la sencillez clásica y la expresividad moderna. No hay hiperrealismo, y se demuestra la total insuficiencia de éste para alcanzar la veracidad. Uno de los principios del sumi-e reza que la ligereza o total ausencia de fondo no constituye un defecto, sino una reivindicación de la figura. No es necesaria la riqueza del detalle, sino el interés por el movimiento, por el protagonismo de los personajes. La orientación focal varía de los grandes escenarios o paisajes a los elementos de acción y sentido. El cuento de la princesa Kaguya es por ello una película eminentemente dinámica y, por tanto, de nuevo fundamentalmente vital.
No puedo dejar de reivindicar su maestría. No me atrevo tampoco a valorarla de un modo total. Con El viaje de Chihiro sucedió que tuve que visionarla varias veces para convencerme de que era, sencillamente, perfecta. Quizá cuando haya hecho lo propio con ésta, pueda asumir que merece una puntuación máxima. De todos modos, los números no deben ser nunca excusa para eludir una obligación, y El cuento de la princesa Kaguya es una obra de visión obligada.
Por la misma razón, no hay explicación para su fracaso comercial, estando como está toda la crítica de acuerdo en su catalogación. O quizá sí lo hay: programar una película como ésta, para todos los públicos, en tan pocas salas y a horarios tan extraños, no puede ayudar a que la grandeza triunfe. Quizá su fracaso se deba más bien a la pequeñez de los distribuidores.
Escribe Ángel Vallejo
