El extraordinario viaje de T. S. Spivet (2)

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De colores y sombras

el-extraordinario-viaje-de-ts-1Está claro que la carrera de Jean-Pierre Jeunet ha tenido diferentes etapas: la primera, la más celebrada, es la que mancomunó junto con Marc Caro y la que nos dio títulos esenciales del cine contemporáneo: léase aquí Delicatessen (1991) y La ciudad de los niños perdidos (1995), dos joyas de nuestro tiempo que aunaban narración e imaginación como leit motiv iconoclasta.

Jeunet entonces empezó una doble aventura: aventura en solitario y aventura americana con la dirección de todo un título portentoso y muy notorio. Alien: resurrección (1997) fue su primera experiencia en terreno extranjero pero también fue el regreso de un monstruo mítico. Desde luego, muchos supimos entender el toque alucinado que le otorgó el cineasta a la saga.

Su regreso a Francia fue por todo lo alto: filmó la que, para bien o para mal, creó todo una iconología de la chica ingenua y con buenas intenciones que viste con colores estridentes y ve el mundo a su manera. Amélie (2001) se convirtió en una de las cintas más importantes de su década porque todo había sido conjugado con verdadera magia: su protagonista, su música, su fotografía, su historia…

Y luego vino algo así como el regreso de Amélie pero situada en las trincheras de la Segunda Guerra Mundial. La fórmula era parecida, lo que pareció cansar a muchos que quizás la trataron más injustamente de lo que se merecía. Largo domingo de noviazgo (2004) era una cinta con ambiciones mayores y resultados correctos pero contenía francamente momentos más que inspirados y, revisada hoy, la cinta gana enteros.

Finalmente, Jeunet hizo una especie de homenaje disparatado a la comicidad del cine mudo en Micmacs (2009). Se trataba de una locura con un casting delicioso y una excusa argumental curiosísima que, sin duda, demostraba su genialidad aunque la cinta fuera más un pasatiempo exquisito que una película con trascendencia. Y ahora tenemos por fin su nuevo filme, El extraordinario viaje de T. S. Spivet.

El niño equivalente a Amélie

Jeunet ha encontrado una novela igual de imaginativa y disparatada que todo su imaginario y con una galería de personajes también digna de su universo. La novela de Reif Larsen es simpática, adictiva, y uno no se puede imaginar a alguien mejor que Jeunet para dirigirla (aunque sonaron nombres también adeptos como Wes Anderson o Tim Burton)

De este modo, Jeunet vuelve a tierras foráneas y firma la que es su película más genuinamente americana, con un personaje protagonista que bien podría ser su Amélie de hace años. El chaval tiene su propio mundo interno y lo vislumbra a cada nueva experiencia que vive, lo que le da a Jeunet ese brío suyo para sacar su genialidad compositiva. También Spivet comparte la dulzura e ingenuidad de Amélie, aunque les separe la edad, además de otros rasgos de carácter.

La historia es simple aunque en el libro original resulte todo más complejo y sorprendente: T. S. Spivet es un niño prodigio que vive en un rancho perdido en el medio oeste con una hermana adolescente que ambiciona ser una celebridad, una madre que se tira el día mirando bichos y un padre que es la encarnación perfecta del vaquero de Marlboro. Un buen día, recibe una llamada del museo Smithsonian, donde le han premiado por  haber enviado los planos de un invento que recrea el movimiento perpetuo. El niño decide cruzar el país para recoger su premio.

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Visualmente, todo en la cinta es como para quitarse el sombrero: los encuadres son prácticamente perfectos, la fotografía deja boquiabierto, el 3D resulta el mejor utilizado desde La invención de Hugo, las localizaciones son postales en movimiento y, por si esto fuera poco, todo su conjunto actoral resulta sobresaliente.

Pero no de colorines y cosas bonitas vive el hombre y aquí empieza el verdadero problema. Su principal obstáculo para ser una película que encandile es su guión, que resulta endeble y sin mucha fuerza, comparado con el libro en el que ha sido basado. Especialmente en su tramo final, la historia adaptada no sabe estar a la altura de las expectativas.

El conjunto resulta simpático pero no destila emoción; entretiene siempre pero nunca logra suficiente latido. Pese a que Jeunet logra compartir la aventura del muchacho con los espectadores y logra asimismo hacerle sentir partícipe de su historia, ésta se queda corta en pantalla. Es como si el realizador estuviera tan ocupado en lograr la sublimación de sus ideas plásticas que se haya olvidado de que está narrando una historia de iniciación con tintes de road movie que podría ser mucho más sólida.

Una nueva etapa

Sin embargo, y aunque como decimos éste debería haber sido mucho mejor producto con el material primigenio que se tenía entre manos, Jeunet parece haber iniciado una nueva etapa pues es en este nuevo trabajo donde nos brinda más de lo mismo pero algo ha cambiado.

Digamos que las locuras de los Micmacs, de los niños perdidos o de la propia Amélie aquí se pierden y difuminan para cederle buen paso a un filmar más elegante, más contenido y, por qué no decirlo, más maduro. Y eso es de agradecer. Jeunet opta por una observación de la historia, que aunque no resulte plenamente satisfactoria, al menos resulta más lúcida y cohesionada en su discurrir.

Aquí vemos que los acontecimientos y los personajes están perfilados con mayor atención, que lo bonito y el encuadre de postal se marida con una mirada más intimista, y que los personajes —aunque todos rarunos como siempre— resulten bastante más cercanos que en el resto de ocasiones fílmicas que Jeunet nos ha brindado.

El extraordinario viaje de T. S. Spivet no será recordada más que unos días después de su visionado pero indica que Jeunet está evolucionando y, pese a resultar fallida, deja buen sabor de boca porque parece que el exceso ha quedado en segundo plano, lo que quizás ya le convenía hace tiempo.

Escribe Ferran Ramírez


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Micmacs (2)

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