El final de Oak Street (2)

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Aventuras del pasado

Desde que David Robert Mitchell estrenara hace ya doce años su segunda película, It follows, su fama y el interés por su filmografía pasada y, sobre todo, futura, se disparó hasta máximos insospechados.

¿La razón? It follows fue una cinta que reverberaba el terror ochentero de John Carpenter con un planteamiento argumental sugerente, una inventiva visual con sobrado ingenio, y una belleza extraña y envolvente que hizo las delicias de los amantes del género. Aquello le salió tan bien a Mitchell que su primera película, de la que muy pocos habían oído hablar, se revalorizó instantáneamente.

Su siguiente obra fue Lo que esconde Silver Lake, un estupendo galimatías metalingüístico y multirreferencial que dividió a crítica y público. En esta, Mitchell volvió a verter todo un torrente de homenajes, guiños, alusiones y demás, siempre con audacia suficiente, aunque esta vez eran mucho más disparatados.

Algo así como estar introduciendo una cinta a todo color de cine negro en una batidora túrmix millennial que resuena a Hitchcock, pero también a David Lynch y a Raymond Chandler. Ojo, que la mezcla resultó explosiva, tanto para quien le gustase como para quien no.

Después de este relativo fracaso comercial (si lo comparamos con su celebrada It follows, claro) venía el ya temido ¿y ahora qué? Pues bien, el realizador anunció, hace ahora ya algún tiempo, que pretendía retomar la historia de su taquillazo y realizar una secuela que estuviera a la altura de las expectativas. Pero antes, tenía otro proyecto que dirigir, que es el que nos ocupa hoy.

Otra cita obligada para la cinefilia de gusto ochentero; pero esta vez va directa a los amantes de aquel cine de aventuras que, y esto ya se ha dicho hasta la saciedad, remite a Spielberg, a las películas producidas por Amblin y, en general al cine con buen corazón y con un sentido del disfrute sin prejuicios de aquellos maravillosos años.

Y esto es lo que uno se encuentra ante El final de Oak Street, una cinta de aventuras muy bien hilada, mejor interpretada y, una vez más, espléndidamente dirigida, que hace que sea, posiblemente, la mejor película de dinosaurios desde la cinta seminal de Parque Jurásico. Y es que además de su director, tenemos otro nombre privilegiado ligado al entuerto, J. J. Abrams, otro experto en revivir la modernez ochentera construyendo lúcidos juguetes cinéfilos y cautivadores. Porque es cine hecho con una nostalgia y con un saber hacer de los que hoy ya no se hacen. Y de ahí su gran mérito.

Para quien haya visto el póster de la cinta, ya sabrá el respetable que estamos delante de una cinta con todas las cualidades de un blockbuster de verano. Otra cosa es que se acabe convirtiendo en uno. Pero los alicientes los tiene todos: monstruos por doquier, secuencias álgidas de acción, unas gotas de ciencia ficción, los hermanos de marras que tienen que unir fuerzas para lograr la supervivencia, planos rodados con ingenio (atención a aquellos que comparten en el encuadre bichos con humanos) y un sentido enérgico de montaña rusa que hace que el conjunto sea francamente divertido.

Si este catálogo de saurios lo aderezamos con una buena fotografía, un saludable toque «de autor» y una banda sonora a la altura, lo que tenemos es la una película de entretenimiento puro y duro que va a ritmo exponencial, que funciona como un reloj y que hace que quieras reír y llorar a partes iguales.

Y lo mejor de todo, el conjunto queda tan bien en pantalla que hace evitar ver algunas de sus evidentes costuras. Desde luego, El final de Oak Street no ofrece nada que no hayamos visto antes, ni siquiera lo pretende. Pero sí que pone su foco en hacer que recorramos un tablero de juego irresistible, juguetón y trepidante que hace que lo convencional funcione a las mil maravillas.

Para transmitir la peripecia dramática de una familia a la deriva es preciso contar con un buen reparto

La reina de la función es Anne Hathaway. Siendo ya este el cuarto estreno que lleva la actriz esta temporada, este es —sin duda— su mejor año. Y es que el personaje de Hathaway es clave para darle verosimilitud al asunto. Porque la cinta, no solo es una Jumanji más, sino que también es un drama familiar bienintencionado que hace una mínima disertación sobre el proceso de desintegración de una familia que no es feliz de puertas hacia dentro.

Para transmitir la peripecia dramática de una familia a la deriva es preciso contar con un buen reparto. Hathaway lo borda, y Ewan McGregor la secunda con eficacia, seguramente muy consciente de que ella lleva el peso básico y funcional de la propuesta.

El final de Oak Street es un producto desenfadado, sin pretensiones, y no permanecerá mucho en nuestras cabezas, más allá quizás de alguna de las secuencias de acción fabulosamente tensas, pero sí que está rodada con elegancia, esmero y un sentido del cómic pulp de 25 céntimos perfectamente asimilado. 

Con esto quizás sea más que suficiente para ofrecer una alegría en el panorama cinematográfico de pleno verano, esto y un buen cubo gigante de palomitas y chucherías para regresar al pasado, ya sea jurásico u ochentero. 

Escribe Ferran Ramírez

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