El gato desaparece (2)

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¿La curiosidad mató al gato? 

el-gato-desaparece-0Carlos Sorín es un veterano realizador bonaerense que goza de reconocimiento y prestigio en algunos ámbitos de la crítica de nuestro país. Asiduo en casi todos los festivales de cine latinoamericano que se celebran por estos lares, sus películas han conocido estreno continuado en nuestras carteleras (en ese aspecto puede considerarse un director privilegiado, pues otros cineastas de renombre en Argentina, como podrían ser Lisandro Alonso o Alejandro Agresti no han gozado de tanta fortuna).

Otra cosa es que la taquilla le haya acompañado, pues si bien trabajos como Historias mínimas (2002) o Bombón, el perro (2004) sí conocieron el aplauso unánime y el cariño del respetable, paulatinamente su tirón fue menguando y tanto en el caso de El camino de San Diego (2006) como en la postrera La ventana (2009) su permanencia en cartel fue testimonial.

Ahora nos llega esta El gato desaparece, una tragiomedia que flirtea con elementos de intriga y suspense en la que Luis, un prestigioso docente universitario de mediana edad, sale de la clínica donde fue internado a causa de un brote psicótico, se tiene que enfrentar a su recuperación de la mano de su sufrida esposa Beatriz, quien recela un poco de él al no tener muy claro si está del todo curado.

Ambos forman un matrimonio maduro con una vida en apariencia organizada y tranquila. La trama se vertebra a partir de este juego de espejos donde la mujer debe ir descubriendo con cautela si su marido finge encontrarse bien o por el contrario ha sido dado de alta con demasiada premura.

Sorín decide enclaustrar la acción en las cuatro paredes del edificio donde habitan, resolución original de un autor que siempre se ha encontrado mucho más a gusto colocando su cámara en espacios abiertos, interesándose así más por los paisajes que por los temas, siendo la Patagonia escenario habitual en sus producciones.

Aquí, sin embargo, muda a sus personajes a la ciudad y los lugares amplios actúan sólo como escenario imaginado donde ambos cónyuges planean un merecido viaje de reconciliación a una idílica playa brasileña. Toda la acción acontece en un terreno más acotado, el de una  casona que se va convirtiendo en un personaje más de la narración: los silencios y los ruidos; algún inquilino gatuno que se esfuma como por arte de magia después de un episodio violento con su amo; los cuchillos de la cocina con los que Luis se divierte troceando cabezas de pescado… todos activos de una pieza de cámara en la que se intenta por todos los medios que el espectador tenga en todo momento la mosca detrás de la oreja.

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Sería injusto no hablar de esta lograda ambientación y no dar el mérito que se merece a la labor del director de fotografía, el reputado Julián Apezteguía (Carancho, 2010; Los Marziano, 2011), quien consigue exprimir al máximo un penumbroso espacio que se vuelve laberíntico.

La ¿impostada? mejoría del paciente parece chocar de frente con las dudas de la mujer que tuvo que sufrir en sus carnes las brutales consecuencias de su violenta acción. Ella buscará apoyo tanto en unos médicos que son tratados en su mayoría de forma bufonesca, actuando como único punto de fuga humorístico de la angustiosa situación (verbigracia en la escena en la que Betty observa la imagen de un encefalograma de Luis y todo lo que ve es un aterrador cuadro surrealista con un montón de curvas pintadas, mientras el médico jura y perjura que su marido está más sano que una manzana), así  como en la propia familia, aunque la hija del matrimonio, absorta en sus propias preocupaciones, prefiere pensar que todo son suposiciones y falsas alarmas.

El conjunto avanza de forma apelmazada: el realizador suele partir de una premisa enunciativa interesante para después volverse un tanto repetitivo (ya le pasó en La ventana, su anterior trabajo, donde el conjunto quedaba minimizado por la acumulación de detalles). A partir de una misma premisa, durante parte del asunto se vuelve una y otra vez sobre el mismo tema, tratándolo desde todas las perspectivas posibles. Si lo que se desea es entrar en el terreno del cine negro, El gato desaparece se queda a medio camino, debido precisamente a esta tardanza en atacar las consecuencias del planteamiento.

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El director argentino vuelve a contarnos una historia mínima, pero en esta ocasión en un espacio minúsculo, pero que nunca llega a mostrarse como irrespirable. Incluso un elemento tan icónico para el género como es el felino aludido en el título, de nombre Donatello, animal que ha inspirado grandes clásicos del cine detectivesco como El gato conoce al asesino o El gato de las nueve colas, no supone en ningún instante un incremento del misterio ni de la incertidumbre, sino más bien todo lo contrario.

Lo mejor del film es, sin duda, el duelo actoral que se produce entre Beatriz Spelzini y Luis Luque, dos intérpretes de solvencia contrastada que ya habían trabajado juntos en la televisión argentina allá por la década de los 80; no en vano la primera ha aparecido en títulos tan populares como Cleopatra (2003) y Géminis (2005) y el segundo pasa por ser uno de los actores argentinos más solicitados del momento, después de haber filmado obras tan conocidas como Tiempo de valientes (2005) o Pájaros volando (2010).

Ambos intérpretes consiguen matizar unos personajes difíciles en su contención pero que en sus conductas ambiguas permiten que el público llegue virgen a un final que no se atisba, un colofón que, por supuesto, aquí no desvelaremos, pero que te deja una media sonrisa.

Un film pequeño, exacto, que cumple con su objetivo.

Escribe Francisco Nieto


Mas información:
La ventana, de Carlos Sorín
El cine iberoamericano


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Título El gato desaparece
Título original El gato desaparece
Director Carlos Sorin
País y año Argentina, 2011
Duración 90  minutos
Guión Carlos Sorin
Fotografía Julián Apezteguía
Montaje Mohamed Rajid
Distribución Wanda Visión
Intérpretes Luis Luque, Beatriz Spelzini, María Abadi, Norma Argentina
Fecha estreno 25/11/2011
Página web http://www.wandafilms.com/site/sinopsis/el_gato_desaparece