El idioma universal (3)

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Película sentimental y delirante

Este es el segundo largometraje del canadiense Matthew Rankin después de The Twentieth Century en 2019(premio FIPRESCI en Berlín y mejor largometraje Canadiense en TIFF). Cuenta el filme con una llamativa música de Amir Amiri y Christophe Lamarche-Ledoux y la interesante fotografía de Isabelle Stachtchenko.

El libreto está coescrito por el propio Rankin junto a Ila Firouzabadi y Pirouz Nemati, y también trabaja Rankin como actor hablando farsi (al igual que el resto del elenco, compuesto íntegramente por iraníes).

Rankin es un devoto de Irán, lo cual viene de la admiración que siente por su cine; esto le llevó a un intento frustrado de estudiar en el país de los ayatolás.

Influjos

La película tiene influencias diversas, pero su deuda con el director Wes Anderson es clara con las tomas largas, sobre todo al principio (recuerdo aquí El gran Hotel Budapest, 2014).

Con una puesta en escena magnífica, los planos generales y medios, a menudo con encuadres simétricos y una elaborada dirección de arte, recuerdan el meticuloso bloqueo de Anderson. Pasa igual con la imaginativa producción y el diseño de vestuario.

Observamos desde la distancia la ventana cuidadosamente enmarcada de un edificio escolar. En su interior, niños ruidosos y alborotados. Mientras, vemos a un profesor y luego a un niño caminando con esfuerzo por la nieve, entrando en el recinto.

No tardan los personajes en llegar al lugar. Primero un colérico profesor que dice, con voz airada, haberse retrasado porque perdió el autobús y ha tenido que venir caminando, «arrastrando la maleta sobre el hielo resbaladizo». Ante su presencia los alumnos se ponen de pie, callan y al poco se sientan disciplinados.

El maestro admite que no viste o se arregla como una persona de autoridad: lleva pendiente, jerséis de cuello alto, que ha tocado la guitarra en clase, etc. Cuando un niño que viene retrasado entra en el aula, la cámara se mete dentro de la clase. Pide el docente que traduzcan una frase en francés que ha escrito en la pizarra.

El chico listo, Omid (Sobhan Javadi), dice que no entiende su letra para luego explicar que ha perdido sus gafas y no ve bien pues es miope; otro niño, Morteza (Parsa Sattari Ghahfarokhi), está disfrazado de Groucho Marx y va de cabeza al armario de castigo.

El maestro se muestra despiadado con sus alumnos («cuando os miro, veo pocas esperanzas de supervivencia humana»). Sin duda hay algún truquito. El tal truquito es que entramos en un Irán en Winnipeg (la capital más poblada de la provincia de Manitoba), donde la moneda es el rial (moneda iraní), en este caso un Winnipeg alternativo y surrealista,donde hay un local de té teheraní repleto de samovares o recipientes metálicos típicos con infiernillo.

El filme se inspira igualmente en clásicos iraníes como Niños del paraíso (1997) o El globo blanco (1995), mezclando Rankin el humanismo de Majid Majidi y Jafar Panahi, pero también el estilo visual y el surrealismo del francés Jacques Tati. Tiene todo ello un peculiar estilo cómico y nos regala un placentero combinado intercultural, pensado para celebrar nuestras diferencias con humor y filosofía.

Provocar con humor y ternura

Hay algo provocador cuando vemos esta pobre escuela primaria canadiense donde el nombre del edificio está escrito en árabe y hay un retrato en el aula del líder Louis Riel (siglo XIX), político de Canadá y líder del pueblo métis, una etnia mixta; Riel lideró dos movimientos de resistencia contra el gobierno canadiense, para preservar los derechos y la cultura del pueblo métis, hijos de los matrimonios entre indígenas y los migrantes europeos del siglo XVIII.

Además, la foto de Riel cuelga en la pared del aula donde tiene que estar la reina o el rey británico. Entonces, pensamos que algo ha sucedido, una invasión, una revuelta alocada, alguna guerra tal vez.

Pero esta comedia absurda comienza: «en nombre de la Amistad». Una vez que Rankin disuelve el fantasmita de cualquier tipo de xenofobia instintiva, llegado un punto, empezamos a reconocer a algunos personajes juveniles del elenco de la película, en su mayoría estudiantes de la escuela, con diversas actividades extracurriculares.

Además, esta película, también tiene su quantum sentimental. Un cambio de escena al final ilustra con sencillez una idea central de la película cuando una canción dice: «Una vez te dije / que, si vuelves, compartiré / el dolor de mi corazón contigo. / Pero ¿qué puedo decir? / la pena abandona mi corazón cuando estás aquí». Esa idea es: los canadienses, independientemente de su origen, son todos iguales debido a su capacidad de altruismo y generosidad. Casi nada.

Rankin nos presenta una imagen de Canadá bastante improbable (hablando con humor)

Gags y personajes

La película sigue las tomas estáticas y la trama la vemos en tomas fijas. Los gags visuales son inevitables y sorprendentes. El joven estudiante Omid ha perdido sus gafas por culpa de un pavo furioso y su profesor no volverá a dar clase hasta que el niño pueda ver la pizarra.

Su decidida amiga Negin (la atractiva Rojina Esmaeili) y su hermana Nazgûl (Saba Vahedyousefi) descubren un billete de 500 riales bajo el hielo y deciden recuperarlo para comprar unas nuevas gafas a Osmid (y que den comienzo las clases). Un hombre indica a las dos chicas que busquen un hacha en el «distrito beige», que se encuentra más allá del «distrito marrón» de la ciudad, para romper el hilo y sacar el billete.

En fin, esto las pone en contacto con el guía turístico Massoud (Pirouz Nemati), un sujeto absurdo y difícil de entender. Vestido con un traje beige de nuevo y orejeras rosa neón, Massoud se dedica a guiar a grupos de turistas aburridos por las atracciones culturales y poco cautivadoras de Winnipeg: el aparcamiento, o un banco donde una vez se dejó alguien un maletín.

Luego está el triste Matthew (el propio Rankin), que deja su trabajo en la gran ciudad para volver a Winnipeg, a su hogar de la infancia, con su madre. Viste ropa gris.

Además, esta película, también tiene su quantum sentimental

Geografía y cultura

En las ciudades canadienses de Montreal y Winnipeg existe una tensión insustancial entre los francófonos y los angloparlantes, conflicto o discrepancia totalmente absurda, pues, como es sabido, el país es bilingüe oficialmente.

A propósito de este extremo y otros Matthew Rankin hace una sutil comedia satírica donde ante el problema idiomático, el guionista y director Rankin imagina una solución fantástica, en que el persa o farsi (lengua oficialmente hablada en Irán, Afganistán, Tayikistán y partes de Uzbekistán) se convierta en la lengua dominante de la región.

Un guion ingenioso bellamente construido, donde todos los eventos transcurren en 36 horas. Rankin logra la unidad de tiempo y espacio al ubicar a todos sus personajes en un pequeño barrio de Winnipeg, de modo que todos se ven constantemente en fascinantes encuentros.

Para más, Rankin hace que la ciudad parezca absolutamente lúgubre, llenando el encuadre con muros de ladrillo beige, aparcamientos de varias plantas y hormigón hasta donde alcanza la vista: fondos que evocan las localizaciones de Playtime, 1967, con clara aproximación a la inspiradora obra de Tati para la arquitectura moderna (como carteles publicitarios de estilo vintage).

O sea, nuestro director construye un universo donde lo absurdo convive con lo emocional y donde la crítica social se filtra entre situaciones que rozan lo onírico. Una comedia dramática absurda.

Es un filme excéntrico, paradójico, casi fantástico y alucinante, algo que se refleja en su estética exagerada

Para concluir

Rankin nos presenta una imagen de Canadá bastante improbable (hablando con humor), y que, de ser así, no convencería a casi nadie de mudarse a Manitoba. Menos atrayente es la visión de las cosas en Quebec. Confinada en una oficina gubernamental, una burócrata comilona (Danielle Fichaud vestida de mujer) se zampa una bandeja de pavo y le saca el billete de regreso a Winnipeg a un personaje llamado Mathieu Rankin, nada menos.

Así es, pues Rankin se interpreta a sí mismo, compartiendo el viaje en autobús a casa con una maestra de primaria atribulada y muy descontenta (Mani Soleymanlou) y un preciado pavo vivo que viaja con billete especial y muy protegido por el conductor del bus frente a las quejas e improperios de una señora bien vestida y arreglada que viaja al lado, y que se queja del alboroto del pavo.

Estos personajes occidentales, gritones y airados, no tienen nada que ver con los iraníes, que son francamente educados y siempre se refieren respetuosamente a sus mayores como Agha (que es como «maestro o gran hermano»).

Es un filme excéntrico, paradójico, casi fantástico y alucinante, algo que se refleja en su estética exagerada. Sirvan estos ejemplos: los dueños de una tienda de pavos que han pedido un pavo premiado de Quebec, uno de ellos con sombrero de vaquero rosa (Bahram Nabatian y Mohammad Salari); el lacrimólogo que recoge lágrimas (Sahar Mofidi); un hombre que deambula con un árbol de Navidad encendido sobre su cuerpo; una sala de bingo absurda donde hombres y mujeres son intercambiables; una farmacia en la cual todas las etiquetas son beige. Y más…

Personajes de ojos tristes que dicen cosas tan extraordinarias como locas: «Mi hijo se ahogó en un concurso de comer malvaviscos»; o, «Quedó aplastada en un accidente de aplanadora». Una película conceptual, inusual, que es muy interesante y merece ser visionada. Si lo haces, acertarás.

El crítico David Ehrlich (IndieWire), señaló que la película: «es, ante todo, un testimonio del artificio compartido de toda narración cinematográfica y de las realidades singulares que es capaz de dar vida a su vez». Una tal vez acertada opinión. La película es como un juego, algo incluso artificial, extremadamente emocional, alocada y delirante.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Pimienta Films