El instinto (2)

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Agorafobia y relación sadomasoquista

Esta película pivota sobre un capítulo de la psicopatología: la agorafobia, consistente a un miedo irracional «a los espacios abiertos, como plazas, avenidas, campo, etc.» (RAE).

Detrás hay un cuadro de ansiedad grave y paralizante que limita hasta el extremo y en forma penosa la vida de quienes la padecen. El cuadro médico incluye taquicardia, mareos, crisis de ansiedad y de pánico, temblor, posible pérdida de conciencia y un pavor paralizante con sólo atravesar el umbral de la puerta de casa. Casa que, paradójicamente, se convierte en prisión y en refugio salvador. Un mal muy duro de llevar para los pacientes aquejados, e incapacitante.

Un arquitecto agorafóbico

Pues bien, en el nódulo de este thriller psicológico, como tema central, nos tropezamos con este trastorno psíquico que domina la vida de Abel, un arquitecto de enorme éxito y prestigio que corre el riesgo de echar a perder su brillante carrera, pues los empresarios para quienes trabaja querrían un arquitecto a pie de obra.

Su acentuada agorafobia lo ha llevado a dejar Barcelona y a vivir aislado en el campo desde hace tres años, una situación que Sonia, su expareja y socia en el estudio en el que trabajan no ve nada bien; incluso se muestra escéptica sobre su rehabilitación pues ya le ha buscado diferentes psicólogos, sin resultado alguno.

Sonia recibe un ultimátum por parte del estudio de unos importantes clientes para quienes trabajan: tienen dos semanas para presentar su proyecto presencialmente. O sea, que la cosa va en serio, un ultimátum.

Entre medias hay un accidente, por el cual el perro de Abel es atropellado por un conductor, que resulta ser un adiestrador de perros de caza llamado José, un hombre inquietante, de fuerte carácter y dipsómano de whisky quien, tras matar accidentalmente al can, decide ofrecerle como reparación un tratamiento alternativo a su fobia, a través de un entrenamiento para perros con iguales síntomas.

Esa oferta es a lo único que puede agarrarse Abel y debe decidir entre rechazarla y poner fin a su prometedora carrera o aceptar y someterse al método del adiestrador canino.

El adiestramiento

El curso de la trama consiste en presentar un conflicto principal, y lo que va siguiendo pone los cimientos para un thriller perturbador, cada vez más oscuro y malévolo, que se precipita tras un gran giro de guion. A partir de ese momento, la película adquiere un carácter imprevisto y particular que no deja de sorprender.

José se ofrece a comenzar cuanto antes, para lo cual pernocta desde el primer momento en la misma la casa. Abel se somete a la reeducación desde ese mismo momento, aunque la idea comporta ciertos riesgos. Durante la primera semana, José aplica el método de «desensibilización sistemática», o sea, ir saliendo poco a poco al exterior, nuestro arquitecto con los ojos tapados, lo cual surte cierto efecto. Abel consigue caminar por la finca, llegando incluso hasta la piscina, pasando breves periodos de tiempo al aire libre.

No tarda en que adiestrador y adiestrado mantengan un pulso que va de la incredulidad a la confianza, la presión de la terapia y cierto grado de amistad. Pero José es un tipo avasallador que en una de esas consigue que se abra la caja de los truenos, lo que provoca que la pareja cruce al lado opuesto de la escala de sentimientos. La confrontación, inicialmente tibia, pero a más.

Prácticamente, con solo dos personajes empapados en sudor y muy pocas localizaciones, el relato se va tensando

La patología

Abel parece haber desarrollado dicho trastorno por un traumático pasado, sobre todo en su difícil relación con su padre, aunque en la pantalla apenas se vislumbran esas causas, salvo por algunas retrospectivas y una infancia triste, lo cual apenas se entrevé y apunta en interesantes flashbacks de corte onírico, donde se ven imágenes terribles, sobre todo del padre de Abel en clave amenazante.

Por medio de estas imágenes borrosas vamos reconstruyendo, o mejor, intuyendo las experiencias vitales de la infancia de Abel, vivencias que terminaron en pavor a perder el control y sentirse expuesto a las agresiones. También alcanzamos a saber que el padre acabó suicidándose, en un acto de extrema furia, amén de culpabilizador.

Cuando el método se hace insoportable

Progresivamente, los métodos de José son cada vez más expeditivos. De esta guisa, Abel no solo tiene que luchar contra sí mismo, sino también contra una situación cada vez más violenta, asfixiante e incluso humillante e intolerable.

Prácticamente, con solo dos personajes empapados en sudor y muy pocas localizaciones, el relato se va tensando. José comienza a utilizar con el «alumno», al que trata como animal doméstico, collares de castigo, correas al cuello para perros y le da de comer en un cuenco que coloca en el suelo, a veces con una comida repugnante que por momentos mezcla con licor.

La historia continúa y vemos con asombro aterrador que lo que iba a ser un supuesto remedio a su trastorno, se convierte en una amenaza cabal para el protagonista que con claridad y drama se va rebelando decididamente: aquello es horripilante. Además, el espectador conoce las tácticas que va a emplear el adiestrador porque vienen precedidas de anuncios en pantalla, que indican su modus operandi para los perros de caza. Pero, claro, no se puede tratar a una persona igual que a un perro de caza.

En su discurso, la película incluye una crítica feroz a la obediencia debida, la obligación de acatar órdenes por supuestos beneficios los que fueren; eso de bajar la cabeza y decir sí, ante incluso un trato vejatorio, pues aquello va a curar. También se nos muestra la locura de unos comportamientos y una humillación proveniente de un tipo determinado de masculinidad tóxica al ciento por cien: José es un despiadado déspota, borracho y malvado.

El proceso de deshumanización se vuelve particularmente ponzoñoso y cáustico en la parte final del relato, cuando la situación se sale por completo de madre y se torna desagradable hasta lo inaguantable. En esta parte hay cámara en mano, estética sucia, flashbacks confusos, traumáticos y desasosegantes. Maldad, fealdad, un mundo siniestro.

Es un filme audaz y transgresor, en el cual Javier Pereiray Fernando Cayo se dejan la piel para generar una tensión constante

Por concluir

Es un filme audaz y transgresor, en el cual Javier Pereiray Fernando Cayo se dejan la piel para generar una tensión constante in crescendo, un escenario y unas conductas que son impactantes a la vez que espantosas. Con unas apariciones más breves pero muy intensas y eficientes acompaña también el trabajo de Eva Llorach.

Estamos ante una producción pequeña que requiere de pocos escenarios y apenas un puñado de actores. Esto conlleva un enorme riesgo en la medida en que, si algo se desajusta o falla o no va redondo, se corre grave riesgo. Interesante la música de Pablo Serrano y la fotografía de Iván Èmery, que colaboran mucho en el clima y la textura de esta inquietante y espeluznante obra.

La historia no requiere de grandes alardes desde la producción, pero sí de un gran esfuerzo por parte del reparto. Los actores se ven obligados a empeñarse a fondo y el director se ve que ha trabajado muy bien con la dupla protagonista sobre la que recae la mayor carga dramática y la dinámica de poder que va a ir marcando su relación.

Una trama, en fin, soportada por tan sólo tres intérpretes, sobre por los dos personajes masculinos (geniales Pereira y Cayo), que explora esa idea de relación de dominante-dominado entre dos individuos, relación sadomasoquista en la cual uno se va sometiendo poco a poco al otro, hasta el punto de perder este su estatus como persona y llegando ser tratado como un perro, en el peor sentido.

Interesante el debut en el largometraje de Juan Albarracín, un filme que, dividido en tres capítulos, resulta desasosegante, perturbador. Una dirección interesante, que sabe apoyarse en un microclima claustrofóbico y áspero (el omnipresente sudor, la soledad de los ambientes, la sensación de encierro incluso cuando los personajes están a cielo abierto), lo cual provoca incluso incomodidad en el espectador.

El problema, desde mi modo de ver, es que lo que prometía ser interesante, acaba desbarrando por el peso de un libreto que se cierra y que apenas deja resquicios salvo para la desazón. En ese sentido, la cinta cumple una función próxima a las obras de terror.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Twin Freaks Studio