Excelente película de juicios y enjuiciadores

Con cuarenta años, Fabio va por la vida bastante perdido, sin norte. Trabaja en Forbach (ciudad natal del director, por cierto), en un centro de reciclaje. Su vida consiste en ir del trabajo al bar, jugar al billar, beber cervezas y licores, y fumarse unos porros: ese es su consuelo.
También le alivia en la vida su relación con Madeleine, una mujer de la tercera edad con la que mantiene un vínculo secreto.
Un día, Fabio recibe por correo certificado citación como miembro de un jurado para decidir la pena de Jean-Charles Fadil, un joven pirómano de color, que ya tiene una sentencia pero que ha pedido que se reabra su caso.
Aunque él, por temor y cortedad, se niega a ir, Madeleine, su «principio de realidad», le explica que es una obligación y que tendría sanción penal de no concurrir, zanjando el tema.
Los frentes del filme
Interesante película que abre varios frentes en su recorrido, todos interesantes. Puede que el primero de ellos sea, de manera manifiesta, una meritoria película sobre la justicia francesa, que avala el talento de su director Samuel Theis, y su capacidad para describir la complejidad de cada ser humano que compone un jurado, también el perfil psicológico del propio reo.
Esta situación se ve enriquecida en segundo lugar con elementos psíquicos finos de los personajes, algo digno de ser subrayado en estos tiempos tan dados al sensacionalismo y a la excitación teatral sobre los debates en torno a la proporcionalidad de las sentencias.
En esta cinta, esta dimensión se expone con altas dosis de acierto y verosimilitud. Son diagnósticos psíquicos muy acertados y veraces que se acompañan de datos familiares, sociales o laborales de los protagonistas del jurado, que van saliendo a lo largo de la obra.
Pero la película se abre también a otro capítulo importante: la calificación psiquiátrica de determinados cuadros que son peligrosos socialmente, como los cuadros de piromanía que, al igual que otros como la pedofilia o la psicopatía, son de difícil reeducación o tratamiento. El caso del condenado es que se siente fatalmente atraído por las llamas, o sea, por incendiar y hacer fuego, y también el disfrute de experimentar las consecuencias de sus actos, como que vengan los bomberos, por ejemplo. Un pirómano de libro.
En tercer lugar, está el personaje Fabio, un hombre de cuarenta y tantos años, un ser indolente que se deja llevar por cierta rara inercia, que está perdido y bebe, fuma y se deja querer por Madeleine, treinta años mayor que él, su pareja, una relación secreta cuasi maternal, o sea, una relación edípica con componentes incestuosos en el plano «psi».
Son llamativas las escenas que recogen un sueño aclaratorio de Fabio donde expresa su conflicto y donde hay una confabulación entre su realidad psíquica, la realidad penal en juego, la realidad psicológica del reo y la situación de enclaustramiento de él con su novia vieja. Poco antes, Fabian se ha sentido atraído por una joven del jurado a quien intenta sin éxito besar.
En el sueño, arde la casa de la señora novia, con ella dentro. Curiosa condensación del delito del penado y su conflictual relación con Madeleine, relación que lo abduce, donde priva cierta malsana conveniencia: se aloja en la casa, come allí, mantiene relaciones sexuales, pero es incapaz de decirle que la quiere. O sea, está atrapado en un vínculo anómalo y, en cierto modo, le avergüenza y le aprisiona su situación, vivencias que aparecen en su sueño.

Juicio y jurado
Algo que llama la atención del juicio es la intensidad emocional del joven condenado cuando habla de su piromanía, el rosario de matices con que ilustra esa anómala afición al fuego, las íntimas vivencias de disfrute de sus actos dementes, ilustra mucho sobre la caracterología de este tipo de enfermos que son igualmente un peligro social, como es bien sabido.
Pero también impacta el análisis del caso, cómo Fadil hace introspección de su ánimo, de su profundo trastorno. El drama por el que está pasando el joven es tal que, tanto al espectador como a los miembros del jurado, aparece la idea de que no podemos comprender a esa persona en toda su extensión, que su delito es, además de muy peligroso, un impulso muy arraigado en su interior, consustancial a él. Da la sensación de ser incapaz de destrabar de su naturaleza esa morbosa filia.
En cuanto a Fabio, el protagonista, es un hombre retraído, de poco parlamento, de pocas mientes, que trabaja con una máquina industrial entre la chatarra. Le desborda la responsabilidad de tener que valorar la pena del joven incendiario, acusado también de homicidio involuntario por la muerte de un bombero. El juicio es una revisión del juicio anterior, solicitado por Fadil, quien afirma que no fue bien defendido en su momento.
Los demás personajes tienen sus propias vidas: Luise Bourgoin hace de médica progresista que mantiene una relación tóxica con una pareja que está a setecientos kilómetros y a la cual visita corriendo ella con los gastos, mientras que él no va a verla a ella nunca, prácticamente. La fiscal (Sophie Guillemin), despiadada y sin margen para la compasión, pero responsable y recta. El abogado defensor (Hedi Zada) es el menos mimado por el guion, con una declaración desesperadamente plana.
Un excelente Micha Lescot interpreta a un profesor de secundaria resentido con las minorías que considera son tratadas de forma indulgente y que acaban afectando a los ciudadanos de a pie, tal el caso de Fadil, el condenado cuyas acciones llevaron dolor y desastre. Y la constante atención de una jueza cercana y cabal interpretada con sobriedad y muy bien por Marina Foïs.

Película sobre la justicia
Con todos estos personajes, Theis firma una gran película sobre la justicia, y más particularmente sobre la idea de un castigo justo, y en forma extendida, analizando a los personajes que forman parte de la historia.
Pero ha querido también, al abordar el subgénero del cine de juicios, subvertir o modificar algunos de sus códigos y esquemas principales. Ya desde el comienzo la condición de culpable de Fadil queda claramente definida, pues se trata de un muchacho que ya ha sido juzgado y condenado. Fue tras una apelación que se celebra un nuevo juicio, no para determinar la culpabilidad del acusado, sino para determinar la pena justa.
A través de este enfoque narrativo, Theis evita el suspense de si habrá sentencia de culpabilidad o de inocencia, generalmente vinculado al género, para centrarse en el complejo mecanismo de la justicia francesa, sus prácticas y su codificado protocolo.
Un ceremonial poco conocido por el público más familiarizado con el sistema judicial estadounidense, a través de películas hollywoodienses vinculadas con esta como Jurado nº 2 (2024), de Clint Eastwood; o 12 hombres sin piedad (1957), de Sidney Lumet, que siguen igualmente la problemática de la vida personal de los jurados.
Reparto
En esta cinta tenemos a Fabio, cuarentón del pueblo, retraído y con una amante mayor que él. La cosa es que uno acaba por sentir cierta simpatía/compasión por este protagonista tan reservado y ambiguo; Theis lo consigue.
Cuenta para ello con dos formidables intérpretes no profesionales: Julienne Ernwein, hombre maduro impasible, y Marie Masala, una mujer de avanzada edad que, aunque reservada, devora con la mirada a su amante. Según Theis, estos personajes se inspiran en su propio hermano, lo que le da veracidad a esa relación. La pareja funciona a la perfección en la pantalla.
Hay que aplaudir el trabajo de actores profesionales (Marina Foïs, Sophie Guillemin, Louise Bourgoin, Micha Lescot, Emmanuel Salinger, Claude Aufaure, Saada Bentaïeb) o no profesionales (los citados y Souleymane Cissé), por haber sabido abrazar el sesgo ético y estético de la película, hasta el punto de darle su bella emoción, su aliento a menudo conmovedor.
Marina Foïs (jueza) y Louise Bourgoin (jurado) elevan también la historia con su presencia magnética, mientras que Souleymane Cissé, acusado, perturba más que tranquiliza. No hay que olvidar la música de Maud Geffray y la buena fotografía de Jonathan Ricquebourg, que hacen a un acabado estupendo.

El problema carcelario y social francés
La cinta recuerda los problemas no resueltos del hacinamiento carcelario en el país galo, la naturaleza errática de la psiquiatría en Francia y los prejuicios racistas que socavan esa sociedad.
Sin embargo, no es una película de tesis, gracias a la inteligencia de su guion (Theis). Todo se basa en el destino de los personajes y no en frases sentenciosas. Por lo que la sintonía con la película de Lumet, ha sido casi seguro un modelo a seguir.
Esta estupenda película, que busca reintroducir la noción de complejidad humana en una sociedad francesa donde los juicios perentorios contaminan los informativos y las redes sociales, se ha visto empañada por un caso legal que la ha golpeado. El cineasta Samuel Theis fue acusado de agresión sexual por una mujer técnico del equipo. Theis se mantuvo como director del metraje, pero tuvo que terminarlo a distancia.
Desde entonces, Theis ha sido excluido de la promoción de su propia película, rodada en 2023, pero estrenada discretamente a finales de marzo de 2025 sin mucha publicidad por la temerosa y pusilánime distribuidora Ad Vitam, aunque el filme había recibido críticas favorables de la prensa.
Es una obra que merece la pena, y los aficionados al cine encontrarán en ella la sensibilidad de un director que aún se encuentra bajo la presunción de inocencia.
Cierre
Película con un juicio justo, algo poco común. El ingenioso guion permite al director profundizar en la maquinaria judicial.
Reflexiona sobre la pena adecuada que debe imponerse a personas que no son ni criminalmente irresponsables, ni controlan plenamente sus impulsos, ni se dejan llevar por un motivo racional.
Fabio, el personaje, con una educación superficial, compañero de cazadores y de escasa oratoria, un trabajador de poca educación e impulsivo, se ve impelido a condenar. Una obra perspicaz y cruda sobre el acto más misterioso de todos: juzgar al prójimo.
Para finalizar, parece que Theis ha querido en este sutercer largometraje de ficción, completar una de trilogía dedicada a la región francesa del Mosela, de la cual es nativo (nacido en Forbach), tras Mil noches, una boda (2014) y la brillante Softie (2021).
Escribe Enrique Fernández Lópiz