El lado bueno de las cosas (1)

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Crecepelo americano 

el-lado-bueno-de-las-cosas-1El abundante número de nominaciones para las estatuillas de los Oscar que acumula El lado bueno de las cosas no defrauda las expectativas: a mayor nominación para las candidaturas, menor es la calidad.

Resulta incomprensible que un producto tan débil haya dejado por el camino las aspiraciones de los Djangos, de los Masters, etc., que tampoco son ningún portento, pero que al menos exhiben un domino y una perspectiva propias, unas señas de identidad. La única respuesta aceptable es el carácter balsámico que destila el filme del director de la ya lejana Tres reyes, una especie de cataplasma que intenta mitigar el intenso dolor económico que acucia a la sociedad norteamericana (por extensión, mundial, si no es un pleonasmo) desde el estallido de la crisis de las subprime.

Coherente con la cosmovisión del cine mainstream, con la lógica fundamental y fundacional del cine hollywoodiense, esa sima económica por la que se despeñó (y se despeña periódicamente) la mayor potencia mundial dejó toda una serie de jirones en el tejido social, toda una serie de daños colaterales cuya representación fílmica se encauza a través del género comedia y de toda una serie de adjetivos que pueden matizar la amplitud del núcleo cómico, pero nunca desvirtuarlo. Lo sentimental se hibrida con lo dramático y éste con lo ácido, con lo negro, con lo crítico, pero siempre en un grado tolerable, aceptable y asequible a la idiosincrasia americana.

Así pues, la película con más nominaciones para los premios de la Academia por excelencia es un simple y mero placebo, un crecepelo cinematográfico que sería soportable si meramente tuviese un carácter inocuo, pero que deviene indigesta por su contenido inicuo.

Lo novedoso del fármaco se ha revestido de una propaganda de carácter realista, a saber, de la eficacia curativa para afrontar las heridas del cuerpo social americano, para mitigar las convulsiones internas que padece.

La vulnerabilidad que atenaza a una sociedad inerme ante la crisis se proyecta en la pareja protagonista, dos seres rotos, heridos emocionalmente y que se encuentran en un tris de caer en la marginación social por su condición de enfermos, por su debilidad psíquica, por su incapacidad para reestructurar sus vidas. Su rotura emocional y su malestar los dota de una fuerza interior, de una amargura, que ellos canalizan a través de su enfrentamiento ante las hipócritas y falsas convenciones sociales y familiares. Su despedazado corazón les infunde una lucidez que choca con lo establecido.

Esta primera parte de la película centrada en el retrato de los personajes es la más acertada, aunque no pueda disimular lo forzado y arbitrario de ciertas situaciones. La caída de los personajes en su abismo particular arrastra y pone en evidencia las miserias de sus respectivos núcleos familiares, en especial el del protagonista masculino interpretado por Bradley Cooper, en una especie de explicitación del lado oscuro que sus personajes en los respectivos Resacones dejaba entrever pero que no desarrollaba.

Robert de Niro, a ratos comedido, a ratos desaforado, encarna al despótico y terrible progenitor de Cooper, un italiano que a sus recién cumplidos sesenta y cinco años ha perdido el trabajo y su pensión (¡ay, la crisis, que no perdona a nada ni a nadie!), compensando su incierta situación laboral y económica a través del aprovechamiento de su pasión por el futbol americano, pues es un hincha desaforado, nato, del equipo local, convirtiendo su hogar en una oficina en la que se dedica a realizar apuestas, con cuyos beneficios espera poder montar un restaurante.

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El guión, de un modo tenuemente naturalista, muestra que las obsesiones y carencias del padre han sido heredadas por el hijo, un sujeto con trastorno bipolar no diagnosticado, con un volcán de violencia en su interior, que estallará al descubrir a su casquivana mujer en la ducha con un compañero de instituto. El director nos muestra incluso una secuencia en que la violencia desatada se apodera del núcleo familiar, con agresiones entre el hijo y sus progenitores, eso sí, fortuitas y casuales, sin premeditación. Es a lo máximo que se atreve el ácido guión.

El personaje femenino canaliza su desesperación a través de una ninfomanía terrorista que persigue desvelar la falta de sinceridad en el orden emocional y social. Se nos dice, pero no se nos muestra, por supuesto. Llegado a este punto, la película recula, el director tiene miedo de adentrarse en los lógicos derroteros a los que le conduciría tal desazón existencial y emprende un giro aparentemente brusco, aunque ya inserto en las secuencias desasosegantes, para recomponer a los personajes y a su entorno afectivo.

Aquí ya entramos en el territorio más trillado, sosegado, cómodo de la comedia sentimental. El esfuerzo individual y la unión de los dos seres perdidos, aunando sus respectivos fantasmas interiores en una más que previsible síntesis emocional superadora, se apodera del desarrollo de la historia. Sólo falta la bendición paternal.

Ésta se logrará cuando la irracionalidad que en última instancia preside la dinámica del juego del azar, de las apuestas, se fusione con la lo arbitrario del sentimiento amoroso, para alcanzar el éxito en sendos ámbitos, el privado y el profesional, pues obviamente discurren en paralelo, cuando padre e hijo se fundan en un abrazo que ratifique su idéntica condición.

Qué desperdicio renunciar a un acto de liberación por parte del hijo, zafarse de la castración a la que le somete su padre. Pero sería un imposible ontológico en una comedia americana, vamos, sería otra cosa, no una comedia ni americana. Por consiguiente, el querido hijo y su querida nueva novia, futura esposa sustituta de la castrante primera, se reintegran en el núcleo familiar, que se recompone con mayor fuerza y densidad afectiva, después de haberse purgado. El precio: la emasculación del hijo. O sea, castración por castración para que todo siga igual. Bueno, mejor.

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Como mera curiosidad, señalar que la excusa que encaminará los pasos descarriados de los protagonistas será un concurso de baile, anhelo que la chica no pudo realizar con su difunto marido. Este concurso-conclusión aún profundiza más en las lagunas de un guión que ya chapotea satisfactoriamente en lo más almibarado y previsible, tan impostado como el teñido pelo de la protagonista (Jennifer Lawrence es rubia natural, pero ante la ausencia de morenas fuertes que no sean latinas…)

Por el camino de este carromato cinematográfico del elixir mágico, quedan una serie de personajes secundarios trazados con una pobreza dramática y una aleatoriedad diegética que todavía lastran más el paso lento de la caravana por los senderos de un peñón que no sólo no es alto (Halloween y la Navidad son los originales días en que se sitúan las principales secuencias), sino más bien inexistente.

El amigo negro del psiquiátrico (¿la cuota negra?), que insufla espíritu positivo a través de sus constantes mentiras sinceras y que marcará el toque negro en el baile; el psiquiatra de origen paquistaní, otro ferviente hincha del futbol con el que se compartirá el espacio del esparcimiento, real, fuera de la consulta castradora; un hermano que aparece como modelo y que es una mera comparsa de relleno; un policía hierático y obsesivo que debe inducir a la comicidad además de marcar la sinrazón de un sistema de control inhumano; el amigo del padre, otro apostador e hincha de un club contrario…

Lo único que queda para el recuerdo es la banda sonora, por las canciones en sí mismas, no por su incardinación en el argumento, pues ni subrayan, ni explican: mero hilo musical que acompaña y, al menos, distrae a ratos al espectador.

A lo largo de la película debe repetirse en un sinfín de ocasiones la palabra positivo, primero con valor irónico y después con aceptación plena. Esperemos que para el público norteamericano la película tenga un efecto terapéutico. En la sala, el público español aplaudió. Afortunadamente, pocos, leves aplausos.

Escribe Juan Ramón Gabriel

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Título El lado bueno de las cosas
Título original Silver linings playbook
Director David O. Russell
País y año Estados Unidos, 2012
Duración 122 minutos
Guión David O. Russell; basado en la novela de Matthew Quick
Fotografía Masanobu Takayanagi
Música Danny Elfman
Distribución eOne Films Spain
Intérpretes Bradley Cooper  (Pat), Jennifer Lawrence (Tiffany), Robert De Niro (Sr. Pat), Jacki Weaver  (Dolores), Chris Tucker (Danny), Julia Stiles (Veronica), Shea Whigham (Jake), John Ortiz (Ronnie)
Fecha estreno 25/01/2013
Página web http://silverliningsplaybookmovie.com/