Contra todo fanatismo
La andadura de este médico va desde la Inglaterra del siglo XI hasta la madraza de Ispahán, en Persia, donde ubica la historia a Ibn Sina —Avicena para nosotros—, el mejor sanador de la época, según todas las crónicas. Es un viaje de aprendizaje, de ida y vuelta, buscando conocimientos y experiencias para aprender a curar a los que padecen enfermedades.
Basada en la novela de Noah Gordon —éxito internacional de ventas—, es una denuncia, bastante contundente, a veces muchísimo, de las tremendas intolerancias, en este caso esos fanatismos de siempre, que ocurrían en la que llamamos Edad Media, amparadas, como de costumbre, en las luchas religiosas que mantenían, un día sí y otro también, judíos, cristianos y musulmanes.
Sí, que aunque no es ahora mismo, como si lo fuese. El fanatismo religioso, que ha existido siempre, con mayor o menor intensidad y virulencia, dependiendo la mayoría de las veces de la potencia militar, o de persuasión, de unos y otros, es el caballo de batalla de este El médico, singular film dirigido por Philipp Stölzl, y narrado como al estilo de Lawrence de Arabia (1962), la inolvidable y excelente película de David Lean.
Partiendo de un medido guión de Jan Berger, el joven Cole, al que acaba de morírsele la madre de una enfermedad no conocida, no tiene ningún reparo en unirse a la carreta del cirujano-barbero Croft, que va de un sitio a otro de la medieval Inglaterra, intentando vender un ungüento milagroso… Cuando éste muere, Cole conoce a un médico judío que le impulsa a realizar sus sueños: ser médico.
Emprende el camino a Ispahán, donde le dijo que está el más eminente sanador de entonces… Y se nos van mostrando las peculiaridades y maneras de la época, desde cómo intentaban curar a los enfermos, con la suciedad, el hambre, la miseria y la corrupción campeando a sus anchas, hasta las formas de enfrentarse, y despreciarse, de judíos, cristianos y musulmanes.
Sin olvidar las ansias de todos, y sus desafueros, para hacerse con el poder. Como los seléucidas, que introducen en la ciudad a un infectado con la peste para diezmar a sus enemigos. Siempre en nombre de Dios, el verdadero y el único. No olvidemos que eran religiones monoteístas, como actualmente lo siguen siendo. Pero que hoy, en sus luchas, además tendrían las armas científicas y la informática, como se ha demostrado que hacen. Vamos, que sobran los ejemplos.
El caso es que El médico incita a leer la novela de Gordon, puesto que la escribió con conocimiento, investigando época y circunstancias. Y así comprobamos que los escenarios están situados y elaborados con bastante acierto, teniendo en cuenta, además, que la Edad Media se presta a una idealización que en esta película no ha lugar, como tampoco lo había en El señor de la guerra (1965), aquella interesantísima y casi modélica película de Franklin J. Schaffner.

Dijimos que Stölzl secuenciaba las aventuras y aprendizajes de Cole, El médico, siguiendo las pautas de Lawrence de Arabia, y sin caer en el plagio. Es más, la música elaborada por Ingo Frenzel, está en la onda de la que compuso Maurice Jarre para la de David Lean; tiene ese sentido envolvente, para el espectador, y sirve a las imágenes sin destacar, ni hacerse notar. Es un acierto que se agradece.
Al margen de cierta convencionalidad en las historias de amor, como si fuesen de ahora mismo —lo que las hace poco creíbles—, lo cierto es que todo lo demás rezuma el sentimiento de estar en contra de todos los fanatismos. Y eso se desprende de las imágenes, de la precisión de muchas secuencias, sobre todo cuando intervienen Cole y su maestro Ibn Sina, y en el sentido moral, y en el discernimiento, con que están tratadas las diatribas religiosas.
En resumen, película a tener en cuenta, y a visionar sin excusas, porque nos ayuda a comprender mejor a otros seres humanos, que no piensan lo mismo que nosotros. Y de paso agradecer al cine que a través de la épica, y el compromiso aceptado, sepamos asimilar, sin fisuras, que todo fanatismo, como toda intolerancia, son los peores enemigos que tenemos. Otros existen, claro, pero son propios de cada cual…
Aunque tenga sus detractores, que no saben explicar coherentemente sus razones, con El médico disfrutamos, tanto de su narración como de sus aciertos, lo que ya es bastante notable.
Escribe Carlos Losada
