El novato (1)

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Adolescentes guapos

el-novato-1Hacia el final de la película se ve en las paredes de la habitación de Benoit, el adolescente protagonista, un póster de Torrente, el más repelente detective del cine español, y no sólo por las características del personaje. La referencia es de lo más apropiada, seguramente más de lo que el mismo director que la eligió pudiera imaginar. Para su desgracia.

Cumple la función deseada de marcar los intereses del joven Benoit, o al menos sus pretensiones de integrarse en un grupo en el que este personaje puede resultar atractivo, ya que lo que de él conocemos no acaba de ajustarse a ese perfil. Pero también resulta, la película de Santiago Segura, un buen espejo en el que puede mirarse El novato. Es cierto que el tema tratado no tiene nada que ver, pero los mecanismos utilizados y las lagunas que ambas películas presentan no andan tan alejados.

Este éxito del cine francés (el éxito y la calidad, incluso en Francia, no van siempre parejos) cuenta, eso pretende, las dificultades de un alumno de catorce años recién llegado a la capital para integrarse en su nuevo instituto. Al mismo tiempo, como el marco en el que todo acontece, intenta describir los problemas de esa compleja edad, salpicando la aventura de un humor que haga llevadera la historia. Y de refilón alguna mirada que no llega a ser crítica, de puro simplona, hacia el sistema educativo.

Sin embargo, lo que debería ser un aditamento, acaba convirtiéndose en el tenue esqueleto que sostiene la propuesta. Ese esfuerzo por un humor pocas veces conseguido, y tan obvio, tan esperable, será el único recuerdo agradable, pasable, que quede de la película. Junto a él las fallas se multiplican.

En primer lugar por el tono elegido. Es todo tan amable, con un aire tan intrascendente, que la idea del drama que debiera estar contenido se diluye hasta casi desaparecer, sin por ello optar de manera decidida por la burla o el sarcasmo, que sería otra posibilidad. Los problemas de Benoit y sus amigos no van más allá de vagas chiquillerías, y por supuesto no justifican una película en torno a ellos. Y por otra parte los apuntes que intentan marcar cierto tono de denuncia (véase por ejemplo el triste papel de los profesores) son tan esquemáticos, tan tópicos, que rezuman la misma irrealidad que todo lo demás. Demasiado leve para ser seria, demasiado seria para ser consistente.

Por otra lado, la construcción de los personajes no sobrepasa el nivel de las ruinas. El que se aborde una edad confusa no significa que la confusión esté disculpada a la hora de describirlos. De entre todos ellos el ejemplo más patente lo ofrece Aglée, de quien realmente nunca acabamos de entender nada. Tiene los trazos y el carácter de una superviviente que de ninguna manera cuadran con la marginación en la que acaba recluyéndose, y tampoco es aceptable la fortaleza, digamos moral, que la haría tomar conscientemente la decisión de renunciar a los triunfadores para refugiarse en los marginados. Ni da el tipo de marginada ni un carácter como el suyo soportaría serlo. La misma indefinición podríamos encontrar en Johanna, la niña sueca, quien pasa de rechazar a los líderes de la clase a aceptarlos, sin saber muy bien qué ha ocurrido para ese cambio, porque no media ningún enfrentamiento o rechazo que justifique tal transformación.

Todo ello hace que la división entre los cabecillas de la clase, y toda su corte, y los monstruos que la película establece sea aún más problemática. Si exceptuamos al extravagante Joshua, la marginación casi parece deseada, con lo cual la potencia dramática disminuye casi hasta desaparecer. Tan sólo el aspecto físico (unos tan guapos, otros tan raros) se utiliza como criterio de clasificación, sin que se abunde apenas en el carácter o en otro tipo de razones. De ahí que la venganza de los tullidos (freaks) no se produzca. Todo es, en el fondo, una ficción que muy poco tiene que ver con la realidad.

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Pero lo peor es el desbarajuste general de la historia. Hay personajes que aparecen y de repente desaparecen, como los amigos de Benoit tras la fiesta, para volver a aparecer al final. Otros asoman brevemente y nunca más se vuelve a saber de ellos, como la familia del protagonista, y en especial su hermano. El guion da giros absurdos, como la aparición a la salida del cine del amigo de Johanna, y el esquema del relato va dando tumbos sin tener una línea clara: Comienza siendo una historia un tanto social, girando en torno a los problemas de integración, de repente se transforma en una película de amor adolescente y, cuando éste ya no da más de sí, retoma el camino inicial.

Todo ello genera una confusión que no evita, ni siquiera a costa de las esforzadas y poco logradas gracietas que aparecen aquí y allá, un distanciamiento, una sensación de extrañeza cada vez mayores. La escena de la fiesta final resume ese caos ingobernado que es la película. Nada en ella tiene sentido, y por lo tanto todo puede ocurrir sin ningún impedimento, en una especie de acumulación de ideas sin criterio alguno que las justifique o estructure.

El director debuta con este trabajo en la dirección de largometrajes. Antes se había dedicado al mundo de los guiones, y él mismo firma el de esta película. Ambas tareas resultan aquí coherentes. El desbarajuste de la historia escrita no podía llevar más que un resultado tan pobre como el que la película en su conjunto ofrece.

Como decíamos al principio, tiene más que ver con Torrente de lo que en apariencia cabría suponer.

Escribe Marcial Moreno  

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