Una granja en Alemania

En el país de la industria puntera, en la economía que determina la prima de riesgo de la Unión Europea, existen vestigios de un mundo rural que parece de otra época, y esta película viene a mostrarlos.
Un grupito de chicas en el final de su adolescencia se dispone a pasar un verano en la granja de la familia de una de ellas con la vista puesta en la diversión y el relax. Y la libertad que el entorno puede proporcionar. Por eso hay que llevar el bikini siempre puesto debajo de la ropa, porque en cualquier momento se puede necesitar, y por eso no importa si la prenda verde es un bikini o un sujetador, pues tales parámetros parece que han quedado abolidos por un tiempo. Y agua, y animales, y hasta una anciana que cultiva unos tomates excelentes y recuerda la mermelada de membrillo que hacía y que sigue muy presente entre sus descendientes.
Todo apunta a un verano bucólico en un entorno propicio para ello. La historia, además, es mínima, y la película se recrea más en el diseño de un marco, con sus ocupantes, que en la descripción de lo que en él ocurre.
Sin embargo, no es eso lo que esta obra acaba ofreciendo. En una apuesta sin duda arriesgada, la debutante Justien Bauer, que realizó la película como trabajo final de sus estudios de cine en Colonia, subvierte las bases del relato pastoril para ofrecernos una mirada inquietante del entorno en el que se construye el relato, así como de la interacción de ese entorno con los personajes.
Llama la atención en primer lugar el modo en el que se presentan los elementos rurales. Sirvan como ejemplo las imágenes con las que se abre el filme: El plano alargadísimo de lo que suponemos es un lago, pues carecemos de referencias contrastantes, en el que poco a poco aparece una joven sobre un columpio. La panorámica general que mostrara el idílico decorado ha sido suplantada por una mirada casi abstracta que deja en suspenso lo que allí ocurre.
Algo similar podríamos decir respecto al buey castrado. Las imágenes exageran su tamaño y lo muestran casi siempre por partes, acentuando cierto carácter monstruoso que altera la tranquilidad que parecen tener quienes interactúan con él.
Porque aquí radica una de las señas de identidad de esta película, una apuesta sintáctica coherente con el discurso que la directora nos ofrece, aunque no sea el esperado. A saber, en la manera en que se filma el marco en el que los hechos acontecen. Lejos de utilizar planos generales y sosegados que muestren el entorno relajado en el que los personajes pasan sus vacaciones, Justine Bauer opta en todo momento por centrar la cámara en el detalle, en primerísimos planos que excluyen el conjunto, y al hacerlo desmiembra ese entorno, lo desactiva. La paz que debiera transmitirse se convierte en una mirada agitada que se superpone al marco estabilizador, y, al hacerlo, lo anula.
La película va a contracorriente. Se propone, y lo consigue, crear una tensión sutil en un escenario que invita a lo contrario. Las máquinas son otra muestra de este cometido. La abuela recuerda los tiempos en los que no existían, cuando en lugar de tractores se usaban animales. Ahora eso es inviable, pero en lugar de presentar la tecnología como una amenaza declarada, o, por el contrario, como una ayuda indispensable, la directora la muestra, sin abandonar el naturalismo, con unos rasgos que incomodan. Su utilidad es insustituible, pero las máquinas para ordeñar se sobreponen a los planos fragmentados de las vacas creando una amalgama próxima a la deshumanización, como ocurre con las que empacan el heno, especie de humanoides que hacen algo similar a parir.
El campo, finalmente, se desvela como algo cruel. Múltiples son los ejemplos, desde los gatos ahogados (práctica que mantiene desde generaciones pasadas), los animales castrados, en cuyo proceso las imágenes se recrean, sin hurtar ningún detalle, o, como remate, el vecino ahorcado cuya imagen se muestra sin ningún remilgo.
Sin embargo, la crueldad que el campo encierra lo trasciende, y brota, más que de los hechos que allí ocurren, de la reacción ante ellos. La indiferencia, cuando no las risas, ante la castración de la llama está en la línea de la reacción ante el gato atropellado o, en su máxima expresión, en la respuesta que se da al descubrimiento del vecino ahorcado. La deshumanización es total, y la causa no proviene tanto de la pertenencia a un entorno que, para sorpresa de los desavisados, se descubre hostil, como de la propia naturaleza humana, mostrada aquí sin artificios que la edulcoren.

Otro de los aspectos técnicos que refuerzan esa idea es la renuncia a la más mínima profundidad de campo. Los fondos aparecen siempre desdibujados, y la cámara se centra en el primer plano, suscitando así la impresión de que la granja y sus aledaños no pasa de ser un marco secundario que envuelve lo que realmente importa. Con esta decisión de puesta en escena queda desactivada cualquier pretensión de otorgar protagonismo al entorno rural, y se centra la atención en los protagonistas y, en todo caso, en su interacción con el medio, siempre supeditado a sus acciones y no inductor de ellas.
No faltan referencias ligadas a la actualidad, como el machismo asociado a la transmisión familiar de la granja, o la absurda presión sobre el vecino achacándole que maltrata a sus vacas por el mero hecho de tenerlas, o, en definitiva, la desaparición paulatina de un mundo rural que no se ha hecho acreedor a un último responso.
En una brillante resolución, que compendia en cierto modo lo que en la película es en su conjunto, la directora nos muestra la preparación de la nueva foto que adornará los yogures. No sólo cabe destacar la crueldad implícita en el hecho de que se produzca la sustitución de la familia del vecino muerto sin la menor congoja, sino la decisión de no mostrar el resultado de esa foto, y sí el proceso falsificador por el que acaba llevándose a cabo, indicando por tanto en ese carácter engañoso, ficticio, que posee, lo que el campo ofrece, hurtando al espectador el desenlace bucólico del proceso para poner a las claras sus miserias internas, algo que también reconocimos antes en el reportaje que la televisión hace de la familia protagonista.
El olor de la leche quemada (Leche en el fuego es su título original), inquietante ya desde su mismo encabezamiento, rompe moldes para transitar desde un relato bucólico a algo que se aproxima mucho más a una película de terror. Con un presupuesto ínfimo, como corresponde al proyecto que la sustenta, la directora ha conseguido una película que abre unas perspectivas más que esperanzadoras sobre sus futuros trabajos, siempre que sea capaz de mantener la independencia y la personalidad que aquí ha mostrado.
Escribe Marcial Moreno | Fotos Con un Pack