Acción, entretenimiento y da lo que promete
Al principio de la película, el protagonista y piloto Brodie Torrance, telefonea a su hija adolescente en California, a quien espera visitar después del vuelo que se propone emprender: «Estaré allí con tiempo de antelación», dice, con un optimismo ingenuo. «No habrá ningún retraso». Pues vaya que lo habrá.
Es Nochevieja, lo que quizás explica que el avión sea muy poco concurrido, con poco más de una docena de pasajeros. Además, son relativamente jóvenes y están en buena forma (ninguna persona mayor ni discapacitada), lo que los hace muy adecuados para las escenas que seguirán. Entre sus filas se encuentra el enigmático Louis Gaspare, un hombre reo prisionero y esposado, extraditado por un cargo de asesinato y escoltado por un agente armado del FBI.
Para Brodie se trata del último vuelo en la ruta Singapur-Japón antes de reunirse con su hija para celebrar el fin de año. A mitad de viaje, el experto piloto y su joven copiloto Dele vuelan a través de una fuerte tormenta, cuando un rayo corta la energía eléctrica del avión y se ven obligados a realizar un aterrizaje de emergencia que finaliza bien milagrosamente.
El avión y los pasajeros han aterrizado forzada y necesariamente en la isla de Joló, una zona remota de Filipinas devastada por la guerra y gobernada por milicias antigubernamentales armadas hasta los dientes. Torrance entiende pronto que sobrevivir a la caída del aparato es sólo el principio de una terrible aventura presumiblemente llena de peligros.
Brodie se ve en la obligación de proteger a sus pasajeros contra los sicarios y terroristas. De esta guisa forma una alianza, incómoda al principio, con Gaspare, quien resulta ser un antiguo miembro de la Legión Extranjera Francesa y conoce bien las tácticas de comando.
Después deja a los ocupantes junto al avión al mando de su copiloto para buscar ayuda para poner sobre aviso del lugar donde han caído. Al regreso descubren que una milicia violenta ya ha matado a dos de los pasajeros y capturado a los otros para pedir dinero en efectivo mediante la publicación de vídeos en los que los amenazan con ejecutarlos, a menos que se pague una recompensa.
Mientras, la compañía aeronáutica trae a un especialista en este tipo de problemas, el experimentado ex agente de las Fuerzas Especiales, quien con prontitud contrata a un equipo de mercenarios veteranos para que realicen la misión de rescate, a la vez que critica al responsable de la compañía Souhwest Airlines por manejarse con absoluta ineficiencia en la programación del vuelo.
Pero el líder de la milicia local independentista acaba capturando a los pasajeros con malignas intenciones. Los mercenarios internacionales, que se afanan por encontrar la ubicación del avión caído, ven cómo se les acaba el tiempo. Mientras, Torrance y Gaspare se han puesto en marcha para salvar a los pasajeros y encontrar una forma de salir de la isla. El piloto deberá usar toda su capacidad e ingenio para devolver a los viajeros a sus destinos sanos y salvos.
Película de aventuras que cumple las habituales expectativas de este género: viaje en avión, caída del vuelo, supervivientes, sicarios malos, golpes, disparos, supervivencia, acción, tensión y en general violencia bien dosificada.
Un vuelo a priori sin dificultades, rutinario, que impensadamente se tuerce, la mala fortuna, lo imprevisto, el azar, lo cual da lugar a una peripecia que resulta divertida, con accidente, villanos, armas todas y situaciones en las que sobrevivir significa el nódulo del libreto, un guion con autores diversos: Matt Cook, Charles Cumming y J. P. Davis, que adaptan un relato del escritor británico de novelas de espionaje Charles Cumming, resultando bien hilado, emocionante y con una estructura narrativa sólida que evita los clichés.
El director Jean-François Richet (del cual recuerdo satisfactoriamente El emperador de París, 2018, donde se cuenta la historia real de Eugène-François Vidocq, de delincuente a primer director de la Sûreté Nationale y un investigador cimero), no pretende grandes cosas ni invita a grandes reflexiones, a cambio utiliza para contar su historia un buen inventario de medios técnicos, munición a gogó y un ritmo apropiado para mantener la atención.
Richet tiene buena maña para orquestar una historia de violencia y suspense con gran habilidad, dotando a las secuencias de acción de una coherencia espacial que las hace genuinamente emocionantes, especialmente la lucha cuerpo a cuerpo filmada en una sola toma en la que Brodie y un terrorista se golpean mutuamente durante dos minutos de duro y mutuo castigo, en la que no se sabe bien quién sobrevivirá.
La cinta tiene movimiento y ritmo vertiginoso, con lo cual no hay tiempo para historias de fondo o preguntas extrañas, como quién es Gaspare, cuáles las circunstancias de su crimen, si fue acusado falsamente, si se puede confiar en él, si se ha reformado y ahora busca la redención (aunque él menciona este extremo). No, nada de eso importa, la función debe continuar. Como apunta Vázquez, el filme «no tiene tiempo para analizar la situación de un país dividido ni para desarrollar los perfiles psicológicos de unos personajes enfrentados a una situación límite: lo suyo es el cóctel de testosterona y adrenalina».
Encabezando el reparto está Gerard Butler encarnando a Brodie, el piloto que da título al filme; Butler es igualmente uno de los productores. Es un actor con sus limitaciones, pero muy bien plantado y experimentado en este tipo de pelis de personajes al borde del precipicio que acaban desfaciendo con sangre, esfuerzo y fuego a discreción los entuertos. Butler, este veterano actor escocés, tiene una presencia atractiva y carismática, un hombre que llena pantalla y, podríamos decir, acierta a transmitir una combinación eficaz de malicia y vulnerabilidad, lo que hace que el heroísmo de su personaje sea convincente: cautiva al espectador.
También hay una importante variedad de personajes que quedan medio difusos, menos el héroe, el sudoroso y esforzado Butler y el antihéroe que deviene otro héroe, Mike Colter, como Louis Gaspare, un fuerte y musculado pasajero extraditado por cargos de homicidio que acaba siendo pieza fundamental en el rescate, y otros que no desvelo.
Tenemos a la vez a Yoson An como Samuel Dele, el copiloto de Brodie, inteligente pero ansioso y menos temperamental (muy bien). Tony Gldwyn, como Scarsdale, un ex oficial de las Fuerzas Especiales que lidera el enorme esfuerzo del rescate (bien). Daniella Pineda como Bonnie, la principal azafata. Paul Ben-Victor como Terry Hampton, el dueño de la Aerolínea (que logra hacerse odioso y fullero).
Además, Remi Adeleke es Shellback, un mercenario encargado de liderar un equipo de rescate. Joey Slotnick es Sinclair un pasajero, hombre de negocios con mal genio. Evan Dane Taylor es Datu Junmar, un líder terrorista local de Joló. Claro de los Reyes es Hatan, secuaz de Datu. Kelly Gate es Katie, pasajera suiza y amiga de Brie (Lilly Krug) que la acompaña en el vuelo y tiene muchos seguidores en las redes sociales. Haleigh Hekking es Daniela Torrance, la hija de Brodie. Oliver Trevena como Carver, uno de los pasajeros sobrevivientes.
Todos tienen su aportación y sin duda el espectador se solaza y se divierte, en una película pensada para ser vista y disfrutada en pantalla grande, pero sin más holgorios que el movimiento de la acción y de la emoción, excelentes trabajos de los especialistas –los «soldados de fortuna» se encontraron entre veteranos de los Navy Seals– y el oficio de su director Richet para escoger el tamaño del plano.
Sirve también para promocionar a Butler como héroe, de esos que solemos calificar de «corrientes». Sigue así el camino de los ya carismáticos pero que están mayorcitos, Harrison Ford, Liam Neeson o Bruce Willis, lo que Butler aprovecha también para este cometido la ironía bonachona y sin malicia sacada de la historia de Cumming.
Película que, me atrevo a decir, es mejor de lo que parece. No es una gran peli, no es novedosa, puede que ni siquiera sea una buena cinta (al modo clásico), pero este thriller ambientado en una remota isla selvática repleta de separatistas filipinos que han tomado como rehenes a la tripulación de un avión caído, es extrañamente amena a su forma, modesta, y se agradece como pasatiempo: muy entretenida para este frío febrero.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Imágenes DeAPlaneta