El precio de la red (1)

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Las malvadas tecnológicas

Aaron Sorkin ha acumulado una justa fama como guionista. Tanto en el cine como en la televisión (El ala oeste de la Casa Blanca es su referencia más importante) posee ejemplos notables de historias bien tramadas y, sobre todo, a pesar de los excesos que en ocasiones comete, bien dialogadas.

La película que más reconocimiento le dio en este oficio fue La red social, un relato sobre el nacimiento de Facebook de cuya dirección se encargó David Fincher, logrando una de sus obras más importantes.

A la estela de aquel éxito llega ahora la cara B de la creación de Mark Zuckerberg. Del éxito, de la actualidad y de la progresía norteamericana, de la que Sorkin es un destacado representante. No podía dejar pasar tan suculento menú sin hincarle el diente.

Se pensó de nuevo en Fincher para dirigir esta historia, pero el director de Seven declinó el ofrecimiento, no sabemos si antes o después de leer el guion, y Sorkin, que se cree también director, pues para eso lleva ya con ésta cuatro películas rodadas, asumió el reto. Y el reto le ha venido grande. No ha jugado a su favor contar con la referencia de la película anterior, con cuya comparación esta sale claramente trastabillada.

La red social que ideó Zuckerberg para poder ligar, y para impresionar a la chica que acababa de abandonarlo, se ha convertido en un monstruo (acepciones 2 y 3 de la RAE) utilizado por millones de personas y con capacidad para dirigir la mente de sus usuarios, es decir, de masas enormes de población, hacia donde se le antoje, incluida ahí su capacidad para influir en los gobiernos de países de todo el mundo, comenzando por el propio norteamericano. Y resulta que esa capacidad la usa para mal. Mal asunto.

La distancia entre ambas películas es la que media entre los personajes de Zuckerberg en cada una de ellas. En La red social vemos a una persona, empatizamos con él aún sin dejar de ver sus matices oscuros. La guía de la que se sirve la película para contar la historia, la de Ciudadano Kane, lo emparenta con el magnate de la prensa, y lo trata con la profundidad con la que trataba a éste. Rosebud y F5, con los que acaba cada una de las películas, dan la justa medida de la complejidad de los dos personajes. Y del respeto que por ellos se siente.

Ahora no. Ahora Zuckerberg encarna la maldad absoluta, derivada de su ambición despiadada y la prevalencia del negocio por encima de cualquier otra consideración, con lo cual se matan dos pájaros de un tiro, Facebook y el sistema capitalista.

De esta manera, el fundador de Facebook ha derivado en poco más que un robot sin ningún tipo de matices, y, para pasmo de la inteligencia que se le supone, incapaz de entender las consecuencias de sus actos, como parece apuntarse en el asalto al Congreso de los Estados Unidos. El cóctel perfecto de maldad y estupidez que aquí viene ofrecido con un trazo grueso vergonzante. El pobre Mark Strong hace lo que puede para defender semejante engendro.

La disyuntiva que se plantea y articula el relato es la que enfrenta a los individuos, seres adultos a quienes no se les debe privar de ninguna información para que sean ellos quienes libremente elijan, y la del Estado protector obligado a velar para que sus súbditos sean educados en el camino de la bondad.

La primera posición es la defendida por Zuckerberg; la segunda, la que hace propia la película, es la de la ingeniera que descubre el pastel y lo saca a la luz, solicitando la misma regulación que supuso la limitación el consumo de tabaco o la obligatoriedad del uso del cinturón de seguridad en los coches.

¿A los adultos no se les debe privar de ninguna información para que sean ellos quienes libremente elijan?

Esto nos permite enlazar con la primera escena, la que desencadena la investigación que se va a llevar a cabo. Un incidente de carretera en el que los policías (aunque negros) son los buenos, y en el que la ciudadana (mujer, aunque blanca) es la mala, sirve para preguntarse cómo es posible que una mujer que en su día apoyó una candidatura demócrata, se haya radicalizado de esa manera.

Eso requiere una explicación, y la explicación es Facebook y otras redes, porque se excluye que por sí misma pueda realizar semejante tránsito. Esta escena, muy bien dialogada y realizada de manera anodina, como casi toda la película, sintetiza de manera precisa el planteamiento ideológico de lo que vendrá a continuación: Necesitamos protección, no ya frente a las redes sociales, sino frente al capitalismo rampante que no duda en sacrificar a los ciudadanos-corderitos en el altar del beneficio propio.

La alternativa se articula desde dos posiciones. La primera podríamos llamarla ingenua, y es la que representa Frances, la empleada díscola (entrañable cómo su mera actitud es capaz de convencer a su compañera. Será cuestión de la bondad humana). Su posición no es cuestionar Facebook ni las redes sociales, sino depurarlas, ponerles límites, como no hay que prohibir los coches sino redactar y hacer cumplir un código de circulación.

Las redes cumplen una importantísima función de relación social para individuos que, como ella, tienen dificultades para interactuar en directo. Si se las corrige, no sólo se eliminan los problemas que han generado, sino que constituyen un gran avance. Una vuelta a la habitación de Zuckerberg en la residencia universitaria, programando mientras otros se divertían en los clubs de las hermandades.

Sorkin, en definitiva, ajusta cuentas. Lo hace con las tecnológicas, los nuevos ogros y, claro está, con Trump

Pero esta buena fe, confiada en la tecnología como remedio y vector de progreso, adolece, a estas alturas, de cierta ingenuidad. Frances es la heroína de la película, un Robin Hood de los que tienen poco y ayudan mucho, pero da la impresión de que Sorkin no acaba de creérsela. Aun reconociendo su mérito, su personaje está teñido de un candor casi piadoso.

Una postura más radical es la sostenida por Jeff Horwitz, el periodista de The Wall Street Journal que la secunda en la investigación. Es este un personaje pretecnológico, quien no sólo no tiene perfiles en las redes, sino que es incapaz de utilizar el GPS del coche. Y ahí es donde parece que está la arcadia feliz. El momento en el que la tecnología no había pervertido a los individuos, donde se conocían las películas de Frank Capra (tributo a Hollywood), y en el que todos vivíamos hermanados. La añoranza del origen, no de Facebook, sino de la época en la que no existía, y en la que profesiones tan nobles como el periodismo aún tenían una misión. Añoranza de la investigación del caso Watergate con la redacción del Post repleta de periodistas.

Sorkin, en definitiva, ajusta cuentas. Lo hace con las tecnológicas, los nuevos ogros y, claro está, con Trump. Y lo hace con una historia de buenos y malos donde los matices están excluidos. El reproche lanzado a las redes sociales no anda muy lejos de los que se ejercitan en esta película.

Y hasta podría ser aceptable, como en otras ocasiones se ha hecho. Pero Frank Capra era un gran director, y Sorkin no lo es. Hacer una película no es escribir un guion y recitarlo ante una cámara, y eso es lo que más o menos ocurre aquí. La verborrea lo inunda todo, y el ritmo de la película es farragoso. Y ya, de los toques de qualité con el blanco y negro, mejor no hablar.

Escribe Marcial Moreno | Fotos Sony Pictures