El único superviviente (3)

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Teoría y práctica de la guerra

el-unico-superviviente-1Atractiva propuesta de Peter Berg, que parte de un material autobiográfico sobre la guerra de Afganistán (con evidentes síntomas de panfleto belicista) para realizar una reflexión abstracta sobre el arte de la Guerra que supera de largo las limitaciones del texto inicial (con acotaciones críticas más sutiles de lo habitual), aunque la dureza de su propuesta acaba perdiendo parte de su encanto por un epílogo final demasiado patriótico.

Confieso que no soy de los que llegan sin saber nada de nada a la proyección cinematográfica: una vieja costumbre esa de hojear revistas del sector y una tendencia a prestar atención al nombre de director (sí, ya no es la estrella, pero aporta un background imprescindible a la hora de decidir qué ver) hacen que sea difícil la sorpresa total.

La amplia campaña mediática que se está realizando en Navidad en torno a El único superviviente, unida a la presencia de un relato “basado en hechos reales” y la figura de su director, auguraban un producto más de esa tendencia de moda en Hollywood: superespectáculo bélico poco crítico y muy patriótico, con Mark Wahlberg luciendo palmito como héroe, pero sobre todo con mensaje pro belicista, que en estos tiempos de crisis el horno no está para análisis severos, al menos desde las producciones mainstream, porque las independientes ya son debidamente fagocitadas en su exhibición cinematográfica y su mínima incidencia forma parte del propio sistema.

Y, siendo en cierta medida cierto casi todo ello, la película sorprende, sobrecoge y va mucho más allá de una apresurada calificación.

Peter Berg, más conocido por su labor de actor que como director, fue un día un independiente con algo que contar, al menos así lo aseguran los que se dejaron entusiasmar por un producto gamberro como Very Bad Things (1998), luego comenzó su coqueteo con la industria, especialmente con dos lamentables propuestas de cine bélico-patriótico como La sombra del reino (2007) y Battleship (2012), y entre ambas su mayor éxito económico hasta el momento, Hancock (2009), ligera comedia a mayor gloria de Will Smith convertido en superhéroe.

Todo previsible, productos bien vestidos, pero con escasa alma: sus resultados no van más allá del enunciado de un funcional guión.

Por eso sorprende más El único superviviente, cuya propuesta inicial no es ajena al territorio habitado por La sombra del reino, sobre la que ya reflexionamos en esta revista en noviembre de 2007. De hecho, ambas coinciden en la existencia de un grupo especial de soldados americanos infiltrados en un país árabe para resolver contrarreloj una situación vital para la seguridad del mundo.

Pero ahí acaban las similitudes, porque aquella era una torpe apología del FBI y sus artimañas no oficiales para “salvar el mundo” según la óptica norteamericana y, de paso, burlarse de la incompetencia árabe, de su ignorancia, de sus costumbres y, cómo no, el grupo de élite lo resolverá todo sin bajas, apenas algún rasguño entre un eficiente comando políticamente correcto formado por un negro, una mujer, un joven y un veterano agente.

Puro panfleto rodado además con una innecesaria cámara en mano con pretensiones de realismo, pero tan confusa como la ideología del producto. 

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Del panfleto a la película didáctica

Apenas tres minutos, los que duran los magistrales títulos de crédito (otra especialidad del director: los de La sombra del reino, contando la historia del petróleo y Arabia Saudí, eran lo mejor de la función), Berg ya nos ha explicado lo duro que es preparar a los navy seals: no es un cuerpo más, es el cuerpo de élite que debe actuar en cualquier situación, por complicada que sea.

Sí, un panfleto más, pero acaba aquí, con los créditos.

Apenas unos minutos en un campamento base norteamericano en Afganistán sirven para mostrarnos su aburrimiento, la necesidad de entrar en combate, las bromas machistas con las que tratan a los novatos y, por supuesto, para darnos una explicación muy didáctica de cómo va a ser la misión, todo ello ilustrado con unos helicópteros en miniatura sobre un mapa.

Lanzados los cuatro seals en territorio talibán, con la misión casi imposible de eliminar a un cabecilla que está matando no sólo a los afganos, sino también a los americanos, pronto comprobarán nuestros jóvenes y apuestos marines que esa guerra, esa acción de la que tantas ganas tenían, no es como se la habían enseñado en el campo de entrenamiento, por más duro que fuera el proceso de formación, algo mostrado de forma elegante en los créditos mediante los cascos que dejan los que abandonan porque no pueden más.

La Guerra, así, extrayéndola de los motivos que la han generado, es confusión, es sangre, es valor, pero también ignorancia, es pensar en que puedes hacerlo, pero no contar con el enemigo, es heroísmo… pero, sobre todo, es muerte.

Berg ilustra todo ello con minuciosidad. La trama no da mucho más, en apariencia, ya que los cuatro soldados pronto son rodeados por un grupo muy numeroso de talibanes y han de luchar para intentar sobrevivir. Nada más.

Y nada menos.

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Con la ayuda en los efectos de maquillaje de los genuinos Greg Nicotero y Howard Berger (magos de los efectos sanguinolentos sobradamente conocidos entre los amantes del cine de terror por sus trabajos a través de su empresa con Kurtzman: KNB Effects Group), lo que vivimos durante una hora es un auténtico documental sobre una simple escaramuza en unas montañas de Afganistán: no es una gran batalla, no es un hecho legendario que vaya a pasar a la Historia, es un simple combate. Como muchos otros.

Pero cómo está filmado.

Sin desvelar la trama más allá de lo preciso (aunque ya lo hemos dicho: no hay mucho más) la importancia no reside en el qué, sino en el cómo: para todos aquellos que aspiran a alistarse a un ejército cualquiera, ésta es una buena propuesta para que se hagan una idea de qué es una batalla; para los que odian la violencia, una gran ilustración para confirmar sus ideas; para los patriotas, bueno,  quizá se queden con un final más o menos feliz y se olviden de todo lo que han perdido por el camino; para todos, un pedazo de vida… y de muerte.

Y podría quedarse ahí, sin más, y sería una película brutal, dura, que a veces obliga casi a apartar la mirada, realista, cruda… casi, casi, como la recreación del desembarco de Normandía en Salvar al soldado Ryan de Spielberg. También algo panfletaria, faltaría más.

Pero hay más, así, como quien no quiere la cosa.

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¿La película invisible?

El presunto panfleto propagandístico con el que gran parte del público (y de la crítica) se queda en primera instancia existe, pero no es todo lo que sugiere la película.

Repasemos la trama rescatando algunos detalles significativos (ojo, revelamos datos, los que odian los spoilers quedan avisados).

El inicio muestra una carrera entre dos soldados, recorriendo el perímetro del campo donde están esperando entrar en acción: apuestas, aburrimiento, afán de ser el número uno… la mítica del héroe también en el terreno deportivo. Entre ellos, un pobre infeliz esperando para entrar en combate por primera vez, sometido a multitud de vejaciones (bailar ante todos): esto es el ejército, mofarse del más débil. Aunque sea amigo, no enemigo. ¿Una misión de paz, una lucha por la igualdad?

En la reunión para explicar la misión para matar al cabecilla talibán se ilustra con helicópteros de juguete, casi como un juego. Y no parece que se lo tomen en serio. De hecho el plan parece demasiado rebuscado, más bien torpe. Algo que confirmará luego la realidad. ¿Dónde está el servicio de inteligencia?

El origen de su desgracia es soltar a tres prisioneros, un viejo y dos niños, que andaban con un rebaño de ovejas. El protagonista apuesta por dejarlos ir, como marcan las reglas de compromiso en conflictos bélicos. Los otros no quieren soltarlos. Saben que puede ser su perdición si avisan a los talibanes. ¿Un gesto de heroísmo o una soberana estupidez?

Ya rodeados de talibanes y perdidos en la montaña, en pleno territorio enemigo, el ejército americano, tan orgulloso él, debe abandonar la búsqueda (y la salvación) de sus hombres en el primer intento porque… ¡el helicóptero que envían está en reserva y vuelve a la base, abandonándolos a su suerte! ¿Qué fue de la estrategia del alto mando?

Los sistemas de comunicación fallan todos. El equipo de última tecnología del que presumen, sencillamente, los deja en el lugar equivocado, lejos de su objetivo, y cuando quieren llamar para dar su posición y recibir ayuda, los walkies nunca funcionan… y no es la primera vez. Aunque el problema quizá está antes, tampoco la documentación es la adecuada: los planos que utilizan para la misión no están correctamente diseñados. ¿Tanta preparación para depender de unos incompetentes?

Queda el heroísmo y la excelente preparación, por no hablar de su impecable puntería: casi cada disparo acaba con un talibán. Los talibanes son más torpes, no saben esconderse, caen como moscas y… quizá no aciertan al primer disparo: pero al tercero te revientan la cabeza. Y los soldados van cayendo uno a uno. ¿Quién dijo que los héroes jóvenes y guapos no la palman?

Todos menos el héroe, que se salva porque… ¡porque lo rescatan los nativos de un poblado perdido en la montaña y, fieles a su tradición, deben defender a quien les pide ayuda! Unos salvadores a los que el ejército americano y este oficial en particular no sólo no conocen, sino que en ningún momento se plantea acercarse a su cultura o tradición. ¿Para qué están entonces ahí los navy seals?

Una lección de historia y de humanidad. Pero no la dan los americanos, la reciben.

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Y entre todos los vecinos del poblado, dispuestos a morir por salvar a un desconocido, el niño que pronto aprende qué es un cuchillo. Una pequeña subtrama que servirá para salvar a nuestro protagonista, pero que habla muy mal del futuro que están sembrando en ese país. ¿Qué va a quedar cuando lo abandonen a su suerte?

Sí, el protagonista se salva para contarlo, pero no es un héroe, simplemente un superviviente.

Y la guerra no era ese juego que le habían contado. En la guerra de verdad su sufre, se muere.

Y el ejército no es un cuerpo impecable: mete la pata muy a menudo.

Lástima que el epílogo, con la canción de Peter Gabriel, se empeñe en demostrarnos que todo es real, que los auténticos soldados existieron y, de paso, potencie un (presunto) mensaje patriótico de manera burda en esos cinco minutos finales.

Un curioso juego de espejos: magistrales los créditos iniciales, lamentables los finales. Por una vez, merece la pena irse antes de la sala. Como en los viejos tiempos, el final es un añadido insoportable… quizá había que contentar al Ejército americano después de haberlo puesto en evidencia (así, entre paréntesis) a lo largo del film.

Mucho más de lo que uno podía esperar.

Escribe Mr. Kaplan

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