El vestido (2)

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Mejor dirigida que escrita

La productora AF, dirigida por Frank Ariza y que incluye también la distribuidora homónima, quiere posicionarse en el panorama audiovisual español con el objetivo de consolidarse tanto en la producción como en la distribución cinematográfica. Bajo el paraguas de AF, el director Jacob Santana realizó su debut en la gran pantalla con el thriller Reversión (2025). Santana aporta a su primer largometraje más de dos décadas de experiencia como ayudante de dirección, habiendo trabajado junto a renombrados cineastas como Pedro Almodóvar o Álex de la Iglesia.

Tras Reversión, Santana presenta ahora –también con AF– su segunda película, El vestido, un thriller de terror psicológico y sobrenatural que marca el regreso de Belén Rueda al cine de terror. La historia sigue a Alicia, una mujer que se muda a una antigua casa junto a su hija de diez años buscando dejar atrás un matrimonio marcado por la tensión y el conflicto. Aunque los detalles sobre su pasado se revelan de manera fragmentaria, la película explora las complejidades de la relación con su hija y los misterios que habitan la nueva residencia.

La película se adhiere al esquema clásico del cine de casas encantadas. Desde el inicio, un prólogo ambientado en la década de los setenta nos sumerge en una atmósfera inquietante, donde se desencadena un suceso trágico que marca el relato anticipando los conflictos que van a ir sucediéndose.

La historia da un salto temporal para situarnos en la actualidad presentando a Alicia y a su hija, quienes llegan a la casa con la esperanza de comenzar una nueva etapa y mejorar su vida. Sin embargo, la ilusión inicial pronto se ve opacada cuando empiezan a manifestarse fenómenos inexplicables que van transformando el hogar soñado en un escenario de creciente tensión.

Con una duración poco habitual para los estándares actuales –apenas 75 minutos–, la película opta por una narración concisa y concentrada, centrando casi toda su atención en la pareja protagonista. Más allá de la breve aparición de la amiga de Alicia en un par de escenas, y de la vecina mayor –interpretada por la siempre convincente Elena Irureta–, quien adquiere mayor relevancia en el tramo final, el relato se sostiene fundamentalmente sobre la relación entre madre e hija. Es precisamente ese vínculo el que articula el desarrollo dramático y emocional de la historia, ocupando la mayor parte del metraje y convirtiéndose en el eje sobre el que giran tanto la tensión narrativa como los conflictos que emergen a lo largo de la película.

La película, dentro de esas claves de thriller sobrenatural, abre una línea temática que expone el conflicto de adaptación de la niña a un entorno hostil y desconocido. La niña aparece sistemáticamente ensimismada, refugiada tras unos cascos de música que operan como barrera acústica frente al mundo y con el cabello cubriéndole el rostro, queriendo pasar invisible.

Este proceso de desarraigo se intensifica a través del acoso escolar al que es sometida por un compañero de clase. El bullying se convierte en una especie de catalizador dramático que agrava su vulnerabilidad pues frente a los hechos extraños que comienza a sufrir en casa, acrecentados por la aparición de un vestido que estaba en la casa, cuando está en el exterior también sufre ese ambiente amenazante.

El principal problema de El vestido está en un guion que no logra aportar nada nuevo a una historia que el cine ha contado en numerosas ocasiones, con un desarrollo que resulta previsible y demasiado apegado a fórmulas ya conocidas, donde no hay algún elemento diferenciador, optando por transitar por caminos seguros que terminan restándole fuerza. Los giros narrativos tampoco terminan de funcionar. La resolución final acentúa esta sensación. El uso de flashbacks para explicar lo sucedido parece una solución fácil, más orientada a aclarar la trama que a construir un desenlace verdaderamente sólido.

Quizá lo más interesante de la propuesta sea su diseño formal. Jacob Santana apuesta por una estética cuidada y por un diseño de producción que sitúa la historia en un espacio y un tiempo deliberadamente indefinidos. Al renunciar a un referente geográfico o histórico concreto, la narración adquiere un carácter más universal y simbólico.

Uno de los elementos más significativos es la casa, una mansión que remite de forma evidente a modelos estadounidenses. Su pórtico, el diseño clásico en madera, la buhardilla y, especialmente, la escalera que desciende desde ella —casi como una invitación constante a la amenaza— construyen un imaginario reconocible dentro del cine de suspense. A ello se suman las imágenes del colegio y el coche de la protagonista, así como el uso recurrente del fuera de foco en muchas de las calles por las que circula el vehículo. Estos recursos visuales insisten en esa sensación de ambigüedad espacial.

En este contexto, la película se configura como un auténtico compendio de referentes del cine de terror. Resulta inevitable pensar en la figura infantil y el desquiciamiento psicológico por la atmósfera opresiva y el aislamiento de la casa que suena a El Resplandor. Así también tenemos reminiscencias de Al final de la escalera por el espacio amenazante y el uso de la escalera a la buhardilla.

A estas referencias del terror occidental se suman también elementos propios del imaginario japonés. La figura de la niña con el cabello cubriéndole el rostro remite claramente a una iconografía popularizada por el J-horror contemporáneo, donde el pelo actúa como velo inquietante. Todo ello hace que la película tenga un ambiente setentero de ese terror clásico de décadas pasadas.

También merece destacarse el trabajo actoral de Belén Rueda, quien construye un personaje que va perdiendo progresivamente la cordura. Su interpretación resulta convincente porque logra transmitir la sensación de desorientación. Por otra parte, la presencia de Vera Centenera aporta un contrapunto inquietante.

Sin embargo, ni el diseño visual —con esa fotografía oscura y algunos planos de mérito— ni el acertado casting, logran compensar los errores derivados de la escritura. La trama adolece de falta de profundidad y de construcción narrativa consistente, lo que limita el alcance de la película más allá de su aspecto estético. Como consecuencia, El vestido termina quedando reducida a un mero entretenimiento, apoyado principalmente en elementos reconocibles del cine de terror de casas encantadas.

Escribe Luis Tormo