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Dulce inocencia
Escribe Daniela T. Montoya
El globo rojo (Le ballon rouge, 1956), cortometraje de Albert Lamorisse, es el referente directo en que se inspira Hou Hsiao-hsien para realizar El vuelo del globo rojo (Le voyage du ballon rouge, 2007). En el cortometraje, un niño se encuentra atado a una farola un llamativo globo rojo. Tras trepar por él, se pasea por las calles de París portándolo consigo allá donde va. La envidia que despierta en el resto de niños, un día le obliga a realizar una trepidante fuga por las callejuelas de la ciudad. Huye de otros críos, a los que cada vez se suman más, que quieren acabar de una vez con el elemento discordante.
En unos pocos minutos, Lamorisse condensa la transformación emocional del protagonista que requiere cualquier road movie que se tercie. Y sin necesidad de salir de la ciudad. Corriendo, tras
los pasos de un niño, Lamorisse hace un retrato muy preciso de la pérdida de la inocencia. La alegría ingenua del inicio se va esfumando en cada bocanada de aire que toma el niño para correr más rápido, para ir más lejos, para intentar evitar que explote la causa de su gozo.
Aparentemente simple, sólo un globo. Aire insustancial, reflejo de inocencia y motivo de envidia. Temas eternos, engrandecidos por la renuncia al barroquismo estilístico.
El proyecto
El museo parisino de Orsay propuso un experimento productivo a Jim Jarmusch, Olivier Assayas, Raúl Ruiz y Hou Hsiao-hsien para conmemorar su 20 aniversario. Cada uno de los directores tenía total libertad para rodar la historia que quisieran, siempre y cuando el museo apareciese reflejado.
Jarmusch y Ruiz, al final, se descolgaron del proyecto. En cambio, Assayas y Hsiao-hsien trasformaron sus cortometrajes iniciales en estimulantes largometrajes. El primero, Las horas del verano (L´heure d´été, 2008), reflexionando sobre el paso del tiempo y el sentido y lugar del arte; el segundo, realizando El vuelo del globo rojo.
El resultado
Comienza El vuelo del balón rojo, también, con un niño. Simon (Simon Iteanu), de similar edad al protagonista del cortometraje de Lamorisse. Con él, también, zigzagueamos por la capital francesa. En cambio, Simon no corre, no tiene necesidad de huir de nada. En unos minutos, descubriremos que va de camino a casa. Para lo cual, sube y baja de varios transportes públicos -las distancias en la ciudad, respecto a la época que retrata El globo rojo, se han engrandecido-. Y en su largo trayecto, aparece un elemento peculiar: un globo rojo, que parece sólo percibir Simon, le sigue de estación en estación, reclamando su atención. Grande y llamativo, flirtea con su curiosidad animándole a volar, aunque sólo sea con su imaginación.
Hou Hsiao-hsien, desconocedor de la lengua en que hablan los actores de El vuelo del globo rojo, adopta una estrategia fílmica básicamente empírica. Apostado en un rincón del apartamento de Simon, capta su entrada en el hogar. De reducido tamaño, los espacios se aprovechan al máximo: recibidor-comedor, lugar de paso en el que se concentra la mayor actividad comunicativa entre los habitantes del piso; al fondo, la cocina, aprovechada por el vecino de abajo, amigo endeudado reconsiderado como "caradura" tras deber meses de alquiler; y contiguo al frente, la pequeña sala, donde Simon recibe clases de piano o juega a la videoconsola.
Y, tras la ventana, flota el globo rojo. Con éste, sobrevolando los tejados de la ciudad, el director taiwanés se ha adentrado en la vida de Simon para observar, con la inocencia inicial del protagonista de El globo rojo, el estrés que fluye ante los ojos de un niño al que le han robado la credulidad.
Song (Song Fang) es quien se encarga de cuidar a Simon. Estudiante asiática, llega a París con el objetivo de finiquitar el trabajo final de sus estudios de cine. La madre del niño, Suzanne (Juliette Binoche), carece de tiempo. Enfrascada en la realización de una obra de marionetas y sin contar con la ayuda de un marido -en eterno viaje de negocios y sin fecha de regreso-, vive en perpetuo ajetreo de hiperactividad.
Pero, en realidad, poco importan los detalles de la vida de estas dos mujeres. Porque, tratadas de forma independiente, no aportarían nada más que las truculencias emotivas que inflan culebrones y tv-movies. Sin embargo, contrapuestas entre ellas y, sobretodo, desplegándose frente a Simon, son el aire que agita el globo rojo.
La tradición y la modernidad
¿Puede Hou Hsiao-hsien conseguir que Simon alce la vista del videojuego, descubra lo que hay en su entorno y deje que la imaginación le haga volar?
Suzanne se entrega en cuerpo y alma a la realización de la obra de marionetas. Utensilios arcaicos que, a pesar de hallarnos en pleno auge de lo digital, siguen despertando ilusiones. Al fin y al cabo, la habilidad de los contadores de historias radica en su capacidad para alentar un ambiente de ensueño. Es decir, la excelencia no está necesariamente unida al desarrollo tecnológico ni a la experimentación formal perpetua. Bits o ruptura de convenciones son tan óptimos para deleitar como un monigote de tela, articulado directamente con las manos, siempre y cuando sean capaces de generar eso llamado magia. Y Hou Hsiao-hsien está en disposición de encantarnos con un simple globo serpenteante.
Paréntesis en la aceleración vital (y escópica) actual, El vuelo del globo rojo nos obliga a pulsar la pausa en la rutina del desenfreno. Además, como hace Song mostrando sus vídeos a Simon, nos enseña a fijarnos en las cosas sobresalientes que, a pesar de su aparente simplicidad, flotan a nuestro alrededor.
Era inevitable, al final del trayecto, llegar al Museo de Orsay. En una salida escolar, la clase de Simon es conducida ante el cuadro de Félix Vallotton (El balón, 1899). Simon se siente atraído por el niño del cuadro, una figura que corre en busca de un balón rojo. Una bola similar al globo que en esos instantes ve, tras el techo transparente del museo de Orsay, sobrevolando sobre su cabeza. Al fin, la curiosidad le ha hecho alzar la mirada sobre lo común.
