Eleanor the Great (2)

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Ópera prima de medianía con June Squibb

Eleanor Morgenstein es una activa y vivaz nonagenaria que ha vivido en Florida durante décadas con su amiga Bessie. Tras la muerte de esta gran amiga con quien convivía, intenta reconstruir su vida yéndose a Nueva York a casa de su hija. Deseosa de relacionarse, se hará amiga de una joven estudiante y periodista de 19 años.

Película dirigida por la actriz y cineasta Scarlett Johansson, una dirección yo diría excesivamente light, cuasi impersonal, de hecho, me ha parecido lo opuesto a lo que suele llamarse «cine de autor». Habría querido algo más singular para Scarlett.

Johansson canaliza su fama, su estrellato y su debut en un drama irregular, aunque conmovedor, sobre la transmisión histórica, que subraya la importancia de compartir las historias de otros.

Desde luego, para otro director debutante, esta misma película, escena por escena, diálogos y plano por plano, no habría sido motivo en forma tan intensa de lanzamiento mundial, suponiendo además (con muchos interrogantes) un prometedor éxito superlativo.

Pues, claro, viniendo de la bonita y gran actriz Johansson, este cuento cuyo libreto escribe la norteamericana Tory Kamen, ha sido estrenado nada más y nada menos que en Cannes.

La historia

Eleanor (June Squibb), de 94 años, ha vivido muchos años con una amiga Bessie (Rita Zohar), ambas judías que cumplen todos los rituales. Bessie ha padecido los campos de exterminio nazis.

Tras la muerte de la amiga, Eleanor se va a vivir con su hija (Jessica Hecht), a Nueva York. Una vez allí se anota en una comunidad judía a la que asisten otras señoras del barrio, algunas de ellas supervivientes del Holocausto.

Es en ese punto que Eleanor empieza a hablar de este penoso capítulo de la Historia, mientras recuerda las experiencias de su amiga, pero haciendo suyas tales experiencias. Por erllos, según asegura, todas las noches hay algo que vuelve y que nunca se olvida.

La cuestión sustancial es que la superviviente no es Eleanor, y ese es precisamente el quid del asunto. Viuda por dos veces, la enérgica mujer no da señales de bajar el ritmo ni aún tras la muerte de Bessie, su gran amiga de siempre, pero su vida, casi de repente, sin Bessie, pierde el rumbo. Ahora, Eleanor se convierte en fiel altavoz reproductor de las pesadillas de Bessie con los nazis.

El asunto es que Eleanor y Bessie, al compartir más de veinte años juntas en Florida, entrelazaron viudedades en una intensa compañía, puede incluso pensarse que de tipo platónico, pues Eleanor, que no callaba nunca, no tiene reparos en expresar y luego perseguir sus deseos con Bessie. Tan unidas estaban, que los traumas de la infancia de Bessie, nacida en Polonia, pesaron igual sobre su compañera del alma y de piso, quien los hace suyos.

Cuando Eleanor va a vivir codo con codo con su hija y su nieto, por falta de otro sitio donde ir, es portadora y lleva consigo todas esas historias de campos de concentración que Bessie contaba, la pobre, estremecida con el dolor del recuerdo.

Quiere la cosa que estos relatos le resulten a Eleanor particularmente útiles en un grupo de apoyo para supervivientes que también funciona como un círculo social ya establecido. Ella aparece, así, como una superviviente más.

La ópera prima de la actriz es una película discreta, que fuerza la emoción a partir de discursos edulcorados

La hiperpresencia de Eleanor-Squibb

Estamos en estas cuando Eleanor conoce a Nina (Erin Kellyman), una estudiante de periodismo de la Universidad de Nueva York que también sufre un duelo reciente por la muerte de su madre, a la vez que busca un reportaje de interés humano para publicar. Las dos congenian enseguida, aunque solo fuera para invitar a Eleanor al shabat judío.

Quiero en este punto recordar que Squibb ha hecho papeles secundarios muy variados y TV. Pero la recuerdo particularmente cuando interpretó a la esposa de Warren Schmidt (Jack Nicholson) en la película de Alexander Payne, A propósito de Schmidt (2002); y a la esposa de Woody Grant (Bruce Dern) en Nebraska (20213), también de Payne, sensacionales películas.

Pues bien, Johansson cede el protagonismo a su estrella nonagenaria de 96 años, con escasas medidas o indicaciones formales distintivas, salvo mantener a la Squibb relajada y lista para soltarse a todo trapo. Y esta es la tarea de June toda la película, haciendo picadillo a cuantos se cruzan en su camino y desplegando su encanto en otros tantos. Pero este acto de generosidad de Johansson priva a la película de matices y de una mayor riqueza y diversidad emocional, que habría asomado mejor con una Squibb más contenida y moderada.

La hiperpresencia de Eleanor, que lleva el peso de la película, no ayuda en favor de cambios de tono hacia la culpa o la incertidumbre, lo cual suele sintonizar en cualquier inmersión sobre la vida judeo-americana; tampoco el guion profundiza en la psicología de otros personajes pues Squibb se lo lleva todo.

De modo que cada subtexto temático se expresa en voz alta, y luego se subraya con una brillante y presente partitura pianística que apenas deja un resquicio al juego de la dramatización y de la interpretación.

Johansson cede el protagonismo a su estrella nonagenaria de 96 años, con escasas medidas o indicaciones formales distintivas

Impostura o necesidad de compartir

La curiosa necesidad de mostrar y contar encuentra su expresión literal cuando la película presenta a Roger (Chiwetel Ejiofor), el padre de Nina, un presentador de noticias neoyorquino de color cuyo único objetivo en la trama es una intervención televisiva en hora punta y de gran audiencia, culminante, que resume los diversos hilos del guion y luego los transmite por las ondas como quien hace un sumario didáctico de cuanto hay latente en la historia.

O sea, lo que hay es una realidad tan evidente como tramposa, la de una mujer que recuerda al conocido Enric Marco, el hombre que utilizó la organización Amical de Mauthausen para inventarse el personaje de víctima y que Javier Cercas llevó al papel en su obra El impostor (2014), llevada al cine con el título Marco (2024), de A. Arregui y J. Garaño.

Pero cuando parece que Johansson nos quisiera hablar de la mentira que se ha instalado en el corazón de su protagonista e incluso de la sociedad, la película deriva hacia otros caminos. Scarlett, actriz convertida en cineasta, acaba hablándonos sobre de qué modo podemos llegar a somatizar el dolor de los otros y cómo la pérdida de la persona que ha sido el centro de una determinada relación provoca tristeza, dolor y la desorientación en su pareja.

Película discreta

La ópera prima de la actriz es una película discreta, que fuerza la emoción a partir de discursos edulcorados. La protagoniza, June Squibb, que llena con su presencia la pantalla, lo que quiere es conectarse con quienes le rodean y hacer traslación emocional del dolor de su amiga y, de paso, hacer catarsis o algo así. En fin, una especie de sermón emocional que pretende ser o aparecer más impactante de lo que realmente es.

Película, en suma, que no consigue tejer una historia ciertamente convincente, aunque resulta interesante examinar cada hilo y cada nota del cuento.

June Squibb disfruta claramente la oportunidad que se le brinda de soltarse, especialmente mientras se prepara para su Bat Mitzvah judía o ceremonia que marca la mayoría de edad religiosa y convierte a la señora en «hija del mandamiento», por lo cual será responsable de cumplir los preceptos (mitzvot) de la Torá.

Me parece que esta cinta es una curiosidad, sobre todo por estar dirigida por Scarlett Johansson

Sesgo judaico y sentimientos

Por cierto, el primer marido de Squibb fue el actor Edward Sostek, del que se divorciaría prontamente; pero para su nuevo matrimonio se convirtió al judaísmo en la década de 1950, casándose en segundas nupcias con el profesor de teatro Charles Kakatsakis (1929–1999), del que es viuda, con quien tuvo a su hijo Harry Kakatsakis, director de cine. También me parece un dato importante saber que Scarlett profesa también el judaísmo, es de ascendencia judía por parte de su madre, quien proviene de una familia de Europa del Este.

Y el texto mismo da puntual cuenta de los recuerdos del Holocausto, a menudo narrado por sobrevivientes de la vida real. A sus 40 años, Johansson forma parte de una generación marcada por vínculos familiares directos con los sobrevivientes.

La obra pone oídos y reconoce el drama y la tragedia ocurrida en la II Gran Guerra. Cuando acaba la película, no sabemos mucho sobre el sentido que para la directora tiene el resultado. A lo sumo, puede que entre algunos espectadores aflore alguna lagrimilla. Tal vez eso sea del gusto de Scarlett.

Por cerrar

Me parece que esta cinta es una curiosidad, sobre todo por estar dirigida por Scarlett Johansson. Es una obra de medianía, con sus elementos de interés, con su trasfondo dramático y la actriz Squibb que a sus 96 años no habría podido encontrar otra oportunidad para cerrar su larga y meritoria carrera.

Johansson ha calificado su experiencia como un sueño cumplido y un proyecto que la motivó por su conmovedor guion sobre el duelo y la identidad judía, algo cercano, según declaró, a su propia experiencia, y que planea seguir dirigiendo historias complejas. Por supuesto elogió a su elenco, especialmente a June Squibb, siendo que su dirección se volcó en su sensibilidad y cualidad actoral.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Sony Pictures Classics