Cabe preguntarse cuáles son los motivos que impelen a un actor de reconocida fama y de éxito a arriesgar su proyección mediática y su imagen de triunfador intercambiando su función en el rodaje de una película, abandonando su rol actoral de exhibición frente a la cámara para ocupar la posición inversa, situándose tras de la misma.
A bote pronto, dejando de lado ejemplos clásicos como John Wayne o Charles Laughton, podemos recurrir a las incursiones en el mundo de la dirección de dos estrellas como Robert Redford o Mel Gibson. En su caso, ambos decidieron pilotar proyectos en los que poder controlar y exponer su visión del mundo, ergo del cine, cada uno de ellos desde un espectro ideológico opuesto.
Redford expone su visión de americano liberal, aprendida a la sombra de sus interpretaciones para Sydney Pollack, mientras que Gibson hace gala de su peculiar interpretación de la religión, de su cosmovisión, en unos filmes que intentan recategorizar un pensamiento duro, fuerte, conservador, de la existencia humana.
En el caso que nos ocupa, Angelina Jolie, parte femenina integrante de ese tándem de éxito, glamour y belleza que ha sido ingeniosamente bautizado como brangelina, pareja que copa el ranking de las astronómicas retribuciones que perciben las estrellas de Hollywood; actriz que durante casi una década ha sido uno de los iconos eróticos más deseados por sus proporcionadas dotes actorales, cuya briosa mostración de su poderío interpretativo quedo manifiestamente retratada en la alfombra roja durante la última ceremonia de entrega de los Oscar, marcando estilo pernilargo; actriz que ha hecho una carrera paralela con su vida privada, empeñada y ufana de mostrar sus cualidades de madre por excelencia, dedicándose a adoptar a toda una ristra de huerfanitos amén de intentar mejorar la raza con los hijos biológicos junto a su pareja Brad Pitt; embajadora de la primigenia ONG, la ONU, en la estela de la malograda Audrey Hepburn…
Angelina Jolie, decíamos, ha querido poner su granito de arena, su contribución personal, a la denuncia de una injusticia para ella solapada a lo largo de los años, a saber, la explotación sexual de las mujeres musulmanas durante la guerra europea que supuso la desintegración de la antigua Yugoslavia; el uso sistemático de la violación de las mismas como mecanismo estructural y de exterminio de la raza musulmana. Este afán de airear una atrocidad silenciada, este impulso vindicativo de justicia retrospectiva son los motores que propulsan el proyecto joliniano.
La inocencia cuando no ignorancia, el reduccionismo maniqueo del punto de vista del que se parte, esa altanería moral que va innatamente asociada a determinadas actitudes liberales norteamericanas (y de otros pagos), cuya soberbia y autosatisfacción lastran el objeto de denuncia, la injusticia retratada en aras del narcisismo del denunciador, son la causa ideológica y ética de que todo el discurso que nos endilga la directora suene falso, tan falso como la nieve artificial por la que se desenvuelven las humilladas y humillantes pisadas de los personajes: un manto blanco sobre el que no dejan huella, pues ni es manto ni es blanco.
Carente de la fuerza y autenticidad necesarias, de la sinceridad y humildad requeridas, el granito de arena de la novel directora se convierte en un estéril desierto de arena narrativo. Las dos horas de la proyección se podrían condensar en quince minutos, pues en este breve lapso de tiempo se condensa el relato de lo que se supone quiere contar. El resto es un constante y repetitivo eterno retorno sin ningún tipo de gradación, de coherencia y de cohesión.

Los meses pasan, cuando no los años, porque lo anuncian los títulos sobrepuestos sobre la pantalla, pues el estatismo en la construcción de los personajes, en se dramatismo, es constante: aquello no avanza ni por saber morir, la misma escena no resuelta, la misma forzada e impostada tensión, se van repitiendo una y otra vez, provocando el cansancio, el aburrimiento y la vergüenza ajena. Por allí pululan los personajes sin ton ni son; se regodea el guión en situaciones de las que no extrae absolutamente nada, machacándolas una y otra vez.
Un ejemplo. Ajla, la protagonista musulmana femenina, mantiene el mismo vestuario durante casi un año de encierro, destacando el amarillo de su chaleco por su colorido, incólume al paso del tiempo. Así pues, para forzar que el artefacto que tiene entre manos la productora, guionista y directora se mueva, no le queda más remedio que, literalmente, provocar estallidos en la pantalla: explosiones de bombas, cuyo ruido ensordecedor despierta al espectador y obliga a algún fundido en negro que pone fin a una situación envarada en la nada; y vuelta a empezar, a los diez o quince minutos otro estallido, otra bomba, como si estuviéramos a merced de un motor de explosión renqueante y vetusto.
La puesta en escena recurre al imaginario de las películas de los campos de concentración nazis. Ahora, los musulmanes ocupan el lugar de los judíos, mientras que los serbios son los nuevos alemanes. Todos los judíos-musulmanes son buenos; no todos los serbios-alemanes son malos: Danijel, el protagonista, duda de la moralidad de sus acciones, pero el sometimiento a su padre, general serbio, a toda la tradición épica de sus ancestros, lo arrastrará al asesinato y la espiral de violencia.
El pobre actor no sabe qué hacer con su papel: unas veces es generoso y cariñoso con su amante-esclava sexual; otras, tiene que mostrar una cólera sobrevenida que resulta ridícula. La dialéctica amo-esclava, la tensión que el supuesto amor que se dispensan ambos personajes debería reflejar la pantalla, se desaprovecha, cayendo en un círculo vicioso absurdo y, en ocasiones, sin sentido por su incoherencia. Este imaginario concentracionario propicia la representación de las manidas escenas de irracional violencia: ejecuciones aleatorias; disparos a bocajarro en la sien; mil y una sevicias.

La directora se recrea en las violaciones, al fin y al cabo la denuncia de las mismas es la base de su filme. Siempre serán sodomizaciones, algunas filmadas desde una falsa pudicia a ras del suelo, viéndose las botas del violador y las bragas de la violada. Estas elipsis se vuelven explicitas en ocasiones y de tan repetidas pierden toda su capacidad de sugerencia.
El pelotón de soldados serbios es retratado como unos borrachos, salvajes, despiadados…, aunque uno de ellos será padre de familia y piensa en el futuro que legará a su vástago. Así, con píldoras y apuntes esporádicos, se nos informa del avispero de los Balcanes, de su pasado, causa de las desgracias del presente, de los heroicos en otros tiempos serbios y ahora despreciables, de las atrocidades cometidas durante la segunda guerra mundial y cuyas no restañadas heridas han vuelto a infectar el presente. Un discurso de wikipedia para una película que no le queda a la zaga.
Como no podía ser menos, también queda en entredicho la actuación del resto de Europa, de la comunidad internacional, frente a las flagrantes violaciones de los derechos humanos que se estaban cometiendo a cuarenta minutos de avión de Italia; la inoperancia de la ONU; la tardía intervención de la OTAN, instada por el gobierno Clinton. Todo un rosario de tópicos, de titulares periodísticos epidérmicos, sin ninguna profundidad o luz que aportar ante la tragedia que estalló en Europa, ante el silencio que se urdió sobre las causas de la misma, ante los espurios intereses de las potencias europeas, ante las consecuencias que tuvo en un futuro el apoyo americano a los musulmanes, lo interesado de dicho apoyo, etc., etc.
Lo mejor de la película se agota en el poético título. Mucha sangre sí que hay; miel, bastante poca. Tendrá que esperar Angelina Jolie otra ocasión para reivindicar su capacidad de autora, su prestigio intelectual. ¡Qué pesados estos actores guapos, millonarios y famosos por querer ser admirados también por sus cualidades artísticas intrínsecas! Que disfruten de lo que tienen y, si no, que se suban a un escenario en un teatro de pueblo.
Bueno, Angelina también puede esperar la llamada de Pedro, nuestro Almodóvar. Que espere.
Escribe Juan Ramón Gabriel
| Título | En tierra de sangre y miel |
| Título original | In the land of blood and honey |
| Director | Angelina Jolie |
| País y año | Estados Unidos, 2011 |
| Duración | 127 minutos |
| Guión | Angelina Jolie |
| Fotografía | Dean Semler |
| Música | Gabriel Yared |
| Distribución | Aurum |
| Intérpretes | Zana Marjanovic (Ajla), Goran Kostic (Danijel), Rade Serbedzija (Nebojsa), Vanesa Glodjo (Lejla), Boris Ler (Tarik), Alma Terzic (Hana), Jelena Jovanova (Esma), Fedja Stukan (Petar), Nikola Djuricko (Darko), Aleksandar Djurica (Marko). |
| Fecha estreno | 02/03/2012 |
| Página web | http://www.aurumproducciones.com |