Epic: El mundo secreto (2)

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Magia y color para un relato con moraleja 

epic-el-mundo-secreto-1Ya lo dice el refrán: Muchas manos en un plato hacen mucho garabato. Y es que esta Epic: El mundo secreto, que ahora nos ocupa, cuenta con una excesiva cantidad de guionistas (ni más ni menos que cinco, entre los que destaca la presencia de Matt Ember y Daniel Shere), y cuando tanta personas tienen injerencia en un mismo tema, el resultado final suele no ser muy positivo.

Si bien nos hallamos ante un increíble ejercicio de belleza visual que dejará boquiabierto a más de uno por su virtuosismo técnico e imaginación empleadas, es una pena que el desarrollo de la trama tenga tantos altibajos y que su referente original, el cuento infantil titulado Los hombres hoja, escrito por el autor norteamericano William Joyce (quien por cierto también ha trabajado en el libreto final del film), siga estando muy por encima de su reciente adaptación cinematográfica.

Con un claro ímpetu y mensaje ecologista (aunque un poco light, todo sea dicho), moneda común de la mayoría de producciones animadas del último lustro, aunque muy alejada de la magnificencia de las obras maestras que tienen como referente el respeto por la naturaleza filmadas por Hayao Miyazaki (con La princesa Mononoke y El viaje de Chihiro como principales referentes), se nos explica cómo en lo profundo del bosque, ocultos a la mirada de los humanos debido a su minúsculo tamaño, se enfrentan las fuerzas del Bien y del Mal. Los primeros (llamados hombres hoja) quieren preservar la armonía entre la naturaleza y los seres vivos, mientras que los segundos (unos oscuros seres denominados Boggans), intentan por los medios más ruines dar al traste con el equilibrio ecológico.

Espectadora de excepción de tan singular batalla será una adolescente, M. K, quien por arte de magia será transportada a ese microscópico mundo, donde variados personajes se le irán presentando, entre ellos el líder de los guardianes del bosque (Ronin); una babosa y un caracol (Mub y Grub, referentes cómicos que nunca pueden faltar en un film animado para atraer la atención de los más pequeños de la casa); la Reina (Tara, el personaje que protagoniza la escena más lúgubre del film); un joven rebelde del que caerá perdidamente enamorada (Nod) y el desagradable villano de turno (Mandrake).

Como siempre solemos aconsejar en estos casos, recomendamos encarecidamente (si es posible, claro) el visionado de la película en su versión original, ya que en esta ocasión han prestado sus voces actores y actrices tan conocidos como Colin Farrell (Última llamada, Escondidos en Brujas); Amanda Seyfried (Los miserables, Sin rastro) o Christoph Waltz (Django desencadenado, Malditos bastardos) e incluso cantantes estelares como Beyoncé Knowles (quien ya había hecho sus pinitos en el cine en cintas como Austin Powers en Miembro de oro o Dreamgirls, y de que ahora mismo hay en cartel El gran Gatsby), y quien por cierto ya ha comentado su intención de volver a participar en la que sería próxima secuela del film, aunque por ahora el proyecto parece bastante estancado, a la espera de ver los resultados obtenidos en taquilla.

En cuanto al apartado técnico se refiere, nos hallamos ante el último trabajo del estudio Blue Sky Studios, que alcanzó reconocida fama dentro del mundillo de las productoras de animación cuando irrumpieron en el mercado con la longeva y parece que eterna saga de La edad de hielo (The Ice Age), de la que ya se han estrenado la friolera de cuatro entregas. La que abrió el fuego contó con la dirección de Chris Wedge, quien también firmó para la misma productora en 2005 la estimable Robots.

Ocho años después se vuelve a poner tras la cámara para obsequiarnos con este trabajo de factura y detallismo encomiable que además ha contado para su banda sonora con la estimable participación del celebérrimo compositor Danny Elfman, aunque no se trate precisamente de uno de sus scores más inspirados del autor de partituras tan deliciosas como las compuestas para muchos de los films dirigidos por Tim Burton, con una música que en algunas escenas peca de estridente e incluso de un tanto chirriosa.

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Lo cierto es que en el debe de la propuesta lo más remarcable es esa falta de cohesión interna que se traduce en un ritmo afectado y una acusada falta de sustento dramático para los personajes. Su línea argumental bebe de demasiadas fuentes conocidas (Arriety y el mundo de los diminutos del realizador japonés Hiromasa Yonebayashi y Arthur y los Minimoys del francés Luc Besson entre ellas), y aunque hay que reconocer que la animación en 3D ofrecida es tan deslumbrante como apabullante, y los paisajes y las texturas, lucen tan realistas como coloridas, todo suena a demasiado conocido y repetido.

Se empieza a echar en falta alguna muestra de ruptura u originalidad en un campo como el de la animación en el que, por fortuna, sigue funcionando a pleno rendimiento en una época en la que el resto de géneros intenta por todos los medios reinventarse en plena crisis. Esto puede llevar a ciertos síntomas acomodaticios que se traduzcan en poco riesgo a la hora de experimentar en la gran pantalla.

Desde luego el nivel de perfección estética es bárbaro, pero las historias que acompañan a tan bellas imágenes deberían estar a la altura, cosa que hasta ahora tan sólo las producciones de Pixar se pueden vanagloriar de haber conseguido. El resto, parece ir chupando rueda y se conforman con conseguir buenos réditos económicos, que tal y como está el patio, parece que ya les está bien.

De todas maneras, entre hermosas imágenes de esos edenes naturales sazonados con los temas musicales que suenan de fondo de Snow Patrol o la misma Beyoncé Knowles, Epic: El mundo secreto termina cumpliendo con lo que promete. No será una de las tantas joyas de animación que hemos tenido la suerte de disfrutar en los últimos años, pero si un digno producto destinado al consumo familiar.

Escribe Francisco Nieto

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