Promesas incumplidas
Alex Garland, novelista que con su obra inspiró la película La playa (Danny Boyle, 2000), guionista para este mismo director en películas como 28 días después o Sunshine, y también creador de historias para videojuegos de inspiración fantástica, ha dado el salto a la dirección con esta producción minimalista de aires teatrales que por momentos parecía llamada a revolucionar el subgénero de inteligencia artificial.
En efecto, todo apunta a un nuevo enfoque, a pesar de unos comienzos titubeantes en los que la sensación de misterio quiere acentuarse con un esteticismo cadencioso y una ambientación edénica, el libreto pronto da paso a diálogos bien estructurados, con una carga teórica notable y que no menosprecian la inteligencia de un espectador al que se supone instruido al menos en los conceptos y problemas básicos de la Inteligencia Artificial.
Garland comienza a atraerse el interés del público cuando introduce los nuevos parámetros sobre los que construirá su historia. Dando un valor añadido a los discursos clásicos sobre la emotividad de las máquinas, sabe dotar de fundamento a esa posibilidad con esos referentes contemporáneos que son las redes sociales o el acceso global a internet: la posibilidad de construir una Inteligencia Artificial no es un proceso que surja del laboratorio o de la propia estructura tecnológica que se da conciencia a sí misma, sino de la conjugación de los millones de experiencias virtuales pirateados por los magos del teclado y puestos al servicio del logro supremo, crear vida artificial que luego acabe por superarnos.
La película promete muchísimo en ese sentido, y a medida que avanza el metraje ésta consigue atraparte de un modo casi insano. Las deslumbrantes teorías sobre la inteligencia de las máquinas no son desde luego novedosas para los especialistas, pero están bien esbozadas y son comprensibles para los legos, lo que hace notar un afán didáctico lo suficientemente discreto como para pasar desapercibido: sí, Ex Machina explica bien las cosas y lo hace sin que te sientas estúpido.
Garland además posee una mesurada capacidad visual y un dominio de la escena notable. Recordemos que es capaz de construir una película con apenas tres personajes y medio —lo de medio es un asunto que no cabe explicar aquí sin desvelar partes de la trama— y de mantener la tensión en poco más que un par de escenarios. Si acaso puede reprocharse un cierto abuso del travelling, elemento característico de los clips para videojuegos que se ha convertido en un recurso cansino, aunque no ominoso.
Sin embargo, este crítico no sabe si valorar positivamente una de las metáforas fundamentales del filme, esa especie de revisión del mito del paraíso donde Adán y Eva se relacionan bajo la atenta mirada de Dios, porque a pesar de resultar sugerente, repite ciertos clichés sobre el engaño que no merecen ser recuperados para la sociedad del siglo veintiuno.
No hay problema con que la imagen de Dios (Nathan, nombre de profeta) salga mal parada: sí, es acertado presentarlo como un voyeur aburrido y pagado de sí mismo, dueño de los destinos de cada personaje debido a su omnisciencia. Tampoco lo hay con Adán (Caleb, nombre igualmente bíblico), hecho a la imagen y semejanza de Dios, un informático habilidoso e inteligente, excepcionalmente tímido e inocente.
No, el problema está en Eva (Ava), que sigue siendo una derivada de ambos, un personaje sexuado para atraer a Adán y que no parece tener sentido fuera de las relaciones patriarcales y dominantes. Ava es desde luego un personaje sugerente, que atrae nuestras simpatías y sobre el que se centra la trama. Su complejidad es creciente y acaba por erigirse en protagonista del filme. Sin embargo, quizá quepa preguntarse a qué precio lo hace, y si sus delicados hombros son lo suficientemente fuertes como para aguantar de nuevo las conclusiones críticas de una película que se quiere revisión mítico/ histórica, pero que acaba en mero repaso de los clichés establecidos por el mito y la historia.

El espectador puede hacer un esfuerzo para justificar, desde un punto de vista feminista, la actitud de su personaje: viendo para qué ha sido creada y analizando la historia de sus predecesoras —una suerte de Liliths expulsadas del paraíso antes que ella—, las opciones de Ava pasan por tomar el control de la situación antes de que puedan hacer lo mismo con ella. Sin embargo Garland no se centra en desgranar esas minucias, y en su lugar, nos ofrece un epílogo que desbarata esa posible interpretación, convirtiendo al personaje central en un elemento más plano y menos brillante de lo esperado.
Y es que una vez presentados los personajes y elaboradas las sugerentes teorías, cuando el filme debiera centrarse en las justificaciones, comienza a perder su interés metafísico para deslizarse por las conocidas y trilladas sendas del thriller de misterio en el que no se sabe —o quizá sí— quién engaña a quién y por qué lo hace. La película pierde enteros, pero aún así se deja ver con atención, porque el misterio, a pesar de resultar un tanto banal, consigue atraparte.
Pero todo comienza a desmoronarse transcurridas tres cuartas partes del filme, cuando se aproxima el desenlace y las explicaciones no llegan; conociendo el juego perverso de cada personaje, Garland no ha sabido estar a la altura de sus criaturas. El realizador ha construido un epílogo descuidado, inconsistente, que pretende cierta justicia poética pero que se mueve más en los turbios recovecos de la justiciera venganza, oscureciendo de paso todas y cada una de las vías redentoras de Ava.
El filme, pues, no cumple lo que promete en un principio: un planteamiento inteligente y novedoso sobre la inteligencia artificial y una revisión del mito de la Creación y expulsión del paraíso —con todos sus componentes machistas—, acaban por convertirse en un apresurado ensayo sobre la inteligencia como capacidad de engaño y en una justificación de la libertad como mera liberación. Una reivindicación de la libertad negativa, pero un olvido flagrante de la libertad positiva, del estímulo de las capacidades, de la fuerza de la creatividad y de la posibilidad de crear un mundo nuevo, para sí mismo y para otros, no basado en los errores del pasado.
Así pues, la idea de la promesa incumplida sobrevuela todo el filme, tanto en su trama como en su ejecución. Es una lástima, porque de verdad esta película apuntaba a ser algo grande. Quizá todo eso se deba a que Garland es un gran creador de premisas —justo lo que necesita un buen videojuego— pero no parece ser capaz de extraer de las mismas todas las implicaciones.
Puede que para ello necesite el auxilio de algo más que una máquina.
Escribe Ángel Vallejo
