Desmontando a la familia

Jim Jarmusch acudió al festival de Venecia a demostrarle al mundo que volvía a su cine más característico ya que en los últimos años se había prodigado —y mucho— con el género documental.
También era la excusa perfecta para resarcirse de su anterior producto, Los muertos no mueren, que no obtuvo el reconocimiento esperado. La jugada le salió redonda: Jarmusch cumplió su misión y se llevó el premio gordo, el León de Oro del certamen.
Dicho sea de paso, parece que en los últimos años Venecia se ha empeñado en premiar más la trayectoria del realizador de prestigio de turno que la propia producción presentada. Ahí tenemos a Yorgos Lanthimos, Pedro Almodóvar o el que nos hoy ocupa, Jarmusch, que han sido los más recientes ganadores del reconocimiento máximo del festival, aunque ninguna de sus obras ganadoras pueda considerarse la cumbre artística de dichos cineastas.
Su nuevo trabajo, Father Mother Sister Brother, juega a crear una cinta de episodios, género que ya había conreado en varias de sus obras y que le ha dado, por lo general, buenos resultados en la conjugación de argumentos y personajes. En esta ocasión, nos atrevemos a afirmar que esta cinta se mira y se inspira en ciertos momentos en otra película de episodios que probablemente nadie recuerde.
Se trata de Flirt (1995), de Hal Hartley, en la que la misma situación y narrativa se repetía tres veces con variaciones circunstanciales del destino y del personaje. Si bien la propuesta de Jarmusch baraja un poco más sus elementos de base, es cierto que ambas guardan no pocas similitudes.
Los episodios
El primer episodio que nos propone Jarmusch es el de Father. En este, el father es un estupendo Tom Waits que recibe la visita de sus dos hijos, de edades similares. Se puede percibir que la reunión de hermanos se produce muy de tanto en cuanto, esencialmente para hacerle una visita casi obligada al padre al que ninguno de los dos quiere ver muy a menudo. Comprueban cómo está, le intentan ayudar, y cada uno vuelve a su vida después de esa visita.
La sorpresa de este episodio viene con algunas peculiaridades del padre, porque diríamos que en este primer jalón la atención narrativa se centra especialmente en su figura.
En el segundo episodio, Mother, la atención pasa a focalizarse más en las dos hermanas protagonistas. También éstas irán a visitar a su madre, en una visita también obligada de médico, y ambas le cuentan a su madre, más o menos, cómo les va la vida.
La madre resulta ser una señora elegante y refinada; la hija mayor se presenta como pulcra, reservada y recta; mientras que su hermana más joven lleva el pelo rosa, se percibe como una muchacha caótica, mentirosa y embaucadora. Por supuesto, después de la visita cada una vuelve a su vida sin importarles demasiado lo que le sucede a las demás.
Finalmente, el tercer episodio es Sister Brother presenta el reverso de los dos primeros. Porque lo que vemos es a dos hermanos que han perdido a sus padres y, precisamente por eso, deciden reunirse. Se dedican a rememorar el pasado, a celebrar lo que han perdido, a pasear por las calles sin un rumbo fijo y a estar juntos durante esta reunión que han decidido provocar ellos mismos.
En esta ocasión, no es una visita obligada como en los dos episodios anteriores sino todo lo contrario. Es la ausencia de unos padres lo que hace que mantengan un vínculo esencial.

La palabra y el silencio
Como decíamos más arriba, podemos considerar que Jarmusch ha seguido la misma estructura y pretensiones del filme de Hartley. Porque cada episodio aporta una nueva lectura, una capa que se añade imperceptiblemente a lo que ya hemos interiorizado. Incluso, en ambas películas, cada episodio ocurre en ciudades diferentes del mundo.
Pero mientras Hartley se mostraba más narrativo, y desde luego, más estético, aquí tenemos el toque Jarmusch. Ese toque que lleva construyendo desde el principio de su carrera y del que se ha vuelto mano experta.
Ese toque es filmar el vacío de las vidas retratadas, saber plasmar el escepticismo como nadie y ser capaz de grabar aquello invisible que a la vez nos invade por dentro y nos destroza. Aquí no tenemos dramatismo, ni siquiera hay tensión, ni un grito, tampoco hay una sonrisa, ni una emoción. Tenemos a unos personajes, congelados en apariencia, que viven porque no les queda otra y aguantan sus miserias desde el silencio. Siempre desde la quietud, nunca desde la palabra o el gesto.
Cada episodio hace entender más a los dos restantes, y cada episodio también revela nuevas contradicciones en el comportamiento humano. Porque lo que logra el realizador es la transparencia de un perfil psicológico concreto que llena cada plano y que se complementa con el resto de los personajes e historias. Dicho de otro modo, lo que tenemos delante no deja de ser una proeza de escritura de guion y de saber filmar el detalle nimio que está ahí, aunque esté oculto.
Jarmusch sigue con su estilo estático: planos fijos y encuadres mudos que revelan el nihilismo de la existencia de estos personajes, y de las nuestras también si cabe. La repetición es otro modo de hacer visible lo invisible y de construir este cine minúsculo que tan bien sabe hacer el cineasta. Y por supuesto, para este cometido como ya viene siendo habitual en él, reúne un plantel de actores envidiable, aunque nos falte Tilda Swinton en esta ocasión.
Una vez más, tenemos el microcosmos Jarmusch, uno que merece la pena observar con pleno detenimiento.
Más información sobre el cine de Jim Jarmusch:
Paterson
Noche en la Tierra
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Escribe Ferran Ramírez | Fotos Avalon