Whisky con amor
Escribe Daniela T. Montoya
El director Adrián Biniez, argentino de nacimiento, pero uruguayo de adopción, se metió en el cine con un papelito en Whisky (Pablo Stoll, Juan Pablo Rebella, 2003). Continuó su incipiente carrera fílmica poniéndose tras la cámara. Su primer cortometraje, 8 horas (2005) causó furor en el cono sur. Le siguió el segundo corto Total disponibilidad (2008). Y, una vez finalizado su primer largometraje, Biniez ha tocado el cielo del reconocimiento. Porque con Gigante, presentada en Berlin y también partícipe en secciones paralelas en San Sebastián, ha conseguido el reconocimiento de público y crítica.
Película de planteamiento humilde, Gigante narra una historia de amor incipiente. En concreto, describe el proceso de enamoramiento en que cae el vigilante de seguridad Jara (Horacio Camandule). De aspecto rudo y grandullón, Jara queda prendado de una joven limpiadora del supermercado en el que ambos trabajan. Pero, en contradicción con su apariencia, Biniez, director y guionista del filme, saca a flote el lado más sensible de su protagonista Jara.
Éste, desde su posición de observador privilegiado, nos irá descubriendo el microcosmos que se desarrolla en ese espacio desconocido entre el muelle de descarga de mercancías, hasta la reposición de productos en los estantes. A través de él, nos introduciremos en las taquillas, la cantina y las preocupaciones de sus compañeros de trabajo. Pero, también con él, contemplaremos cómo trabajan arduamente en la sección de panadería, cómo se hacen novatadas en el almacén y hasta dónde encontrar algo de intimidad en un lugar tan público.
El referente ineludible: Whisky
Marcado por sus inicios, Biniez presenta un planteamiento visual muy similar al de la cinta uruguaya Whisky. Mediante la sucesión de planos contrapuestos, la narración avanza fundamentada en contrastes inesperados. Por ejemplo, nos muestra a las encargadas de la limpieza, saliendo desde el almacén como un comando invencible, cada una armada con su correspondiente fregona y cubo con ruedas, distribuyéndose ordenadamente por los pasillos del supermercado.
Asimismo, es recurrente la elusión tanto de la palabra como de la descripción completa de acciones. Porque, como ya aprendió de su breve experiencia con Stoll y Rebella, crea mayor expectación sugerir, que no concluir. De ahí la habitual inserción de primeros planos de Jara que funcionan como paréntesis, que dan tiempo al espectador a que imagine las opciones posibles con que puede continuar el relato. E, igual que le ocurre al vigilante, abre una vía a la sorpresa.
Sin embargo, Gigante es un filme bastante más alegre que Whisky. Además de ser una cinta con mayor luminosidad y colorido, el peso del romanticismo que Biniez inserta en su largometraje favorece un tono menos claustrofóbico que en Whisky. Ya que en Gigante, las parejas no son impostadas por necesidad. También hay carencias emocionales pero, a pesar de la aparente incompatibilidad inicial, la posible sintonía de las partes va en aumento a medida que avanza hacia el fin.
Verse, mirar y ser visto
Gigante se estructura desde la visión panóptica de Jara. Desde la mínima sala de vigilancia, tiene al alcance de su mando de control la observación de todos los rincones del supermercado en el que -y para el cual- trabaja. Allí, sentado ante los monitores, observamos cómo pasa las horas de su turno de noche. Y, a través de su mirada, vemos al resto de trabajadores.
Es muy oportuna la elección que realiza Biniez de un protagonista vigilante monitorizado. Ya que, desde su oficio de observación a distancia, abre dos vías de ataque a Gigante. Por un lado, la construcción en relieve de su protagonista y, por otra parte, el desarrollo ético de la trama.
La descripción psicológica del personaje contradice la imagen que recibimos de este gigantón a primera vista. Ya lo dice el lapidario epígrafe dispuesto por el departamento de personal sobre un espejo en el que Jara se mira antes de salir al espacio público abierto a los clientes: "Ésta es la imagen que tienen de ti". El reflejo que devuelve es un hombretón de ciento y pico quilos, grandote, uniformado para ofrecer seguridad y que porta tatuado en la piel simbología asociada a la subcultura heavy.
Pero esta imagen, de la que habitualmente se vincula a brutalidad, resulta ser parcial. Aún así, pesa en la conciencia del sujeto que, intimidado por su corpulencia, tiene pavor de asustar a la mujer que le ha robado la atención. Julia (Leonor Svarcas), una de las limpiadoras a las que observa desde los pequeños monitores en blanco y negro del sistema cerrado de vigilancia.
Pero Gigante no se limita a reinterpretar el cuento de la bestia enamorada de una joven bella. Biniez incorpora al cuento tradicional un contexto ético de solidez inusual en los tiempos que corren. Porque Jara, omnipresente vigilante, juega un papel moral en la trama.
Desde su puesto de control, y la capacidad que le proporciona el cargo para hacerse omnipresente en todo el supermercado, Jara pone en práctica su particular sentido de la justicia. La ley y el orden, desde su punto de vista, adquieren un nuevo sentido. Un sentido que tiene en cuenta la condición social de quien es consciente de que se hacen dobletes para llegar a fin de mes, o de quien sabe que las encargadas de la limpieza no ganan suficiente como para pagar la entrada en la discoteca.
Así, con sus acciones, completamos la perspectiva humana de un sujeto anodino que, progresivamente, adquiere confianza suficiente como para hacerse visible.
