![]() |
|
Mucha chicha y algo de limoná
Escribe Ángel Vallejo
El esperado segundo largo de Daniel Sánchez Arévalo irrumpe en nuestras salas con la rotundidad que puede darle no sólo su chocante nombre, sino su precedente éxito como director y su más que previsible triunfo en la cartelera.
Todo esto no es de extrañar, puesto que la temática del filme, bastante bien sugerida con el tagline con que se presenta (todos llevamos un gordo dentro), parece agitar la curiosidad y el morbo del común de los mortales en una sociedad tan acogotada por la dictadura de la estética y la delgadez casi enfermiza. Ayudan además, por supuesto, el innegable talento del director y el trabajo de unos actores que han decidido acompañar a Sánchez Arévalo en su aventura echándose unos kilos de más, asunto que no parece menor y que sin duda viene de perlas para alimentar el morbo que antes he dicho parece convertirse en gran animador de su visionado.
Gordos aparece entonces y desde el primer momento, como un canto al exceso y sus consecuencias, pero no exclusivamente orientado a los mártires del sobrepeso; si acaso el título y la temática efectistas son tan sólo un reclamo para el común de los farisaicos espectadores que creyéndose libres de toda inconsciente obediencia, pueden encontrar en la pantalla algunas de sus más íntimas adicciones: la religión, el sexo, el poder, el egoísmo, con sus correspondientes antagonistas: el pecado, la posesión, la avaricia, la culpa.
La película compone entonces una suerte de sudoku estratificado, en el que la complejidad y la ocasional banalidad de las relaciones humanas se quiere sugerir bajo el síntoma de una apariencia estética desagradable que todo lo oculta; el tratamiento no podría ser otro que la terapia psicoanalítica que acabara mostrando el verdadero motivo por el cual tapamos nuestras vergüenzas bajo kilos de grasa, y en esa tesitura parecía obligado a recurrir a la figura del terapeuta, el nodo que acaba aglutinando el conjunto de relaciones humanas y que a su vez termina por implicarse en las mismas de modo que retroalimenta la red.
Una estructura tan compleja merece un tratamiento formal delicado y una profundidad emocional consecuente, pero no puede sustraerse al tratamiento humorístico si no quiere resultar indigesta. El resultado es más que loable en su aspecto técnico, con un guión y un montaje muy trabajados, aunque las pretensiones emotivas son tan altas que no podemos dejar de pensar que quizá Sánchez Arévalo ha querido abarcar una cintura demasiado amplia con unos brazos raquíticos.
Es por eso que Gordos funciona mejor cuando se quiere comedia que cuando discurre por las sendas del drama. Hay momentos en los que la cinta alcanza cotas desmesuradas: el tándem Antonio De la Torre / Pilar Castro funciona magníficamente, del mismo modo que lo hace el de Raúl Arévalo y Leticia Herrero. Pero no podemos obviar que ambas componen las parejas más caricaturescas del filme (de hecho, el celebrado personaje del magnífico De la Torre parece sobreactuado a conciencia), y sin embargo hay composiciones que no acaban de producir el efecto deseado: la pareja del terapeuta (Roberto Enríquez) y Verónica Sánchez apenas encuentra justificación más allá del mero contrapunto argumental, y la historia de la devoradora de hombres casados incluso llega a desaparecer del grueso del metraje del filme como haciendo ver su relativa importancia.
Tenemos así una película que en ocasiones se muestra grandiosa y en ocasiones anémica, que no carece de talento para mostrar conclusiones profundas, pero que quizá lo hace mejor cuando no quiere hacerlo.
Y es que, curiosamente, la historia que de verdad conmueve sin apenas quererlo es la de los gordos auténticos, la de la adolescente que no parece ocultar nada bajo su oronda apariencia y que no es más que una víctima del sentimiento de culpa de sus progenitores. Ella sí se enfrenta a una situación no deseada, y lo peor es que no tiene en sus manos la posibilidad de solucionar sus problemas. Como para querer confirmar nuestra tesis, su odisea aparece inconclusa en la coda, siendo el único personaje verdaderamente maltratado a lo largo del filme. Acaso esto no sea un defecto… el recorrido final deja a las claras que no hay soluciones sencillas, no hay píldoras mágicas que solucionen nuestros problemas sin esfuerzo, y lo que es más importante… a pesar de todo, ellos mismos no tienen por qué tener solución.
Sánchez Arévalo ha compuesto un filme estimable, de una altura técnica consistente, con un montaje más que notable, casi sobresaliente, y de una profundidad innegable más allá de su apariencia efectista. Queda pendiente que acabe temperando sus excesos dramáticos, o que acaso los dote de mayor profundidad emotiva, que se aleje de las lágrimas de cocodrilo y que se permita con ellos mayores alegrías… sabemos que esto último sabe hacerlo muy bien.
