Un faro ético dentro de la barbarie

«Mi Chile es un Chile imaginario en donde
yo soy un niño o un adolescente, a lo más tengo veinte
años. Y también es un Chile del fin de un sueño,
que al menos los nacidos en la década del
cincuenta soñamos y apostamos por él.
El momento en que ese sueño se acaba
tiene una fecha clara».
(Roberto Bolaño)
Valiosísimo el último filme del chileno Juan Pablo Sallato, Hangar rojo, que se adentra en cómo vivió el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 Jorge Silva, un militar chileno perteneciente a las Fuerzas Aéreas. Este capitán, un hombre ético, constitucionalista, ya había frenado en octubre de 1970 una intentona para asesinar a Salvador Allende, entonces presidente electo.
La película, densa pese a la brevedad del metraje, 81 minutos, logra llevarnos al conflicto existencial de Silva, cuyo humanismo y bondad, además de sus convicciones democráticas, se ponen a prueba en los primeros días después de la sublevación reaccionaria de Pinochet y otros altos cargos del ejército de Chile —con el apoyo de los poderosos estadounidenses—, que acaba con el gobierno socialista de la Unidad Popular —Allende moriría en La Moneda, defendiendo la democracia— e instaura una dictadura feroz y totalitaria.
Existen varios puntos en común de Hangar rojo con Missing (1982), de Costa-Gavras, como la ambientación histórica, el enfoque político, el dramatismo de la historia y la recreación de algunos espacios que se convirtieron en epicentros del terror, como el Estadio Nacional de Santiago.
Pero sin ocultar la conexión con la obra maestra de Costa-Gavras, acaso una de las mejores películas de la historia del cine, Hangar rojo adquiere una voz propia, personal, cimentada en dos bases: la prodigiosa interpretación de Nicolás Zárate y un estilo fílmico que refuerza la tensión emocional del protagonista y, por extensión, de la sociedad chilena en una encrucijada clave del siglo XX, que supuso la sustitución de un sistema de libertades, avanzado socialmente, por un totalitarismo sanguinario que hizo de la violencia y el exterminio sus principales señas de identidad.
Zárate está inmenso en su actuación: en diálogos, movimientos, gestualidad. Y, sobre todo, en el potencial de su mirada, donde a menudo se transmite su tristeza e indignación por lo que está ocurriendo, y en el valor de sus silencios. Aquí, resulta de nuevo irremediable el nexo con Jack Lemmon, de Missing. Aunque en el alcance de sus silencios y de sus miradas también apreciemos paralelismos con Al Pacino y De Niro.
Dentro de su dimensión ética, Jorge Silva nos recuerda a Atticus Finch, interpretado por Gregory Peck, en Matar un ruiseñor (1962), de Robert Mulligan, y a Ramson Stoddard, encarnado por James Stewart, en El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford. Los héroes solitarios ante un peligro creciente, demoníaco. Luces éticas, rayos de esperanza, frente a una oscuridad que impregna todos los ámbitos.
Por su parte, el estilo discursivo posee una calidad incontestable. En primer lugar, el acierto de usar el blanco y negro para enfatizar el carácter histórico del filme, el dramatismo de lo que se cuenta, el miedo, la desesperación y la muerte que rodean a Silva, a su mujer, a los jóvenes chilenos que creyeron en ese proyecto de futuro y progreso que encabezaba Allende.
Asimismo, los planos dorsales de Silva, con la cámara al hombro, revelan de manera excelente toda la incertidumbre del protagonista, su desasosiego, y profundizan en el punto de vista hegemónico de la obra: el del propio Silva. Si en Missing acompañábamos a Lemmon en la búsqueda de su hijo por las calles y los rincones de Santiago, en Hangar rojo seguimos al capitán Silva en sus peripecias por la Escuela de Aviación, convertida ahora en centro de tortura y aniquilación —metonimia del país chileno—, y en su trayecto al Estadio Nacional, patrullando un camión donde llevan a varios detenidos.

Dijo Albert Camus que el hombre rebelde es aquel dice no, y eso es lo que va a hacer Silva en el filme. Negarse. No cumplir la orden del coronel Jahn, un antagonista demasiado estereotipado. Al negarse al cumplimiento de lo ordenado, Silva pone en peligro su trayectoria laboral, su propia vida, pero a cambio intenta salvar las vidas de cuatro inocentes: dos estudiantes y dos sindicalistas.
En Hangar rojo encontramos dos personajes secundarios magníficos que actúan, al igual que Silva, como antítesis al odio y el exterminio generados a partir del 11 de septiembre de 1973. En primer lugar, la mujer del capitán, profesora de Historia en la universidad, espléndida en las escenas que aparece. Así cuenta a Silva cómo los militares asaltaron el centro educativo: «Entraron como salvajes. Golpearon a profesores y alumnos. Se llevaron a bastantes». En otra escena, le propondrá al capitán salir al exilio.
A su vez, el joven sargento Hernández aporta toda la inocencia y el entusiasmo de la juventud. Entre Hernández y Silva existe el respeto, la comprensión, el aprecio recíproco. Y quizá ambos protagonicen la escena cumbre del filme, de marcado simbolismo, cuando Silva rememora su experiencia paracaidista y asocia el paracaidismo a la libertad.
Los títulos finales nos indican que Jorge Silva fue detenido y torturado en diversas prisiones chilenas. Compartió estas experiencias carcelarias con otros militares chilenos progresistas, como Alberto Bachelet, que falleció en la cárcel, y que fue el padre de Michelle Bachellet, que llegaría a ser presidenta socialista en dos legislaturas —la democracia retornó a Chile en 1990—, ya en el siglo XXI. Silva y su mujer se exiliarían en Londres hacia 1977. Este capitán íntegro y bondadoso ya no volvió a Chile. Falleció en Inglaterra en agosto de 2024.
«Se perdieron en el espacio de las estrellas…».
(Víctor Jara)
Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Festival films