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Hormonas mágicas
Escribe Ángel Vallejo
Lo primero que debiera llamar la atención de la séptima entrega de las aventuras del joven mago británico es el título: ¿A santo de qué han de imponerse los melindres de lo políticamente correcto despojando del mismo las referencias al mestizaje, tan presente dentro de la saga? Y lo que es más curioso… ¿Por qué sólo en ciertos países como España? Ni siquiera los más puristas, como los estadounidenses, se han planteado retocar el epíteto, siendo conscientes de la pérdida de significado que ello implicaba. Pero aquí parece que haciendo buena la nefanda tradición de imponer títulos absurdos, suene mejor la palabra "misterio" (inexistente en el original) que "mestizo". Quizá sean cosas de la mala conciencia de algunos, que pretenden que la pureza de sangre es una nobleza y la mezcolanza una pérdida cualitativa.
En fin, solventado el asunto del título, el crítico debe hacer profesión de fe y confesar que pertenece a aquellos heterodoxos que no quieren mezclar churras con merinas: es decir, una cosa es el asunto de los libros de la Rowling y otra muy distinta la franquicia fílmica basada en aquellos. Dejo a los fundamentalistas la tarea de despellejar lo afortunado de la adaptación al formato visual de la fuente literaria, y me centraré en el análisis de lo fílmico, que en este caso presenta varios frentes interesantes.
Harry Potter y el misterio del príncipe es, como se ha dicho más de una vez en distintos ámbitos, una suerte de preludio de la traca final, una película de transición en la que se procura tratar la evolución humana de los personajes principales en torno a ese difícil tránsito que va de la niñez a la primera adolescencia.
Todo ello sin menoscabo de introducir algunas subtramas que no tienen nada de menores: se retrata (acaso en negativo) la postura definitiva de algunos personajes, se agudizan los enfrentamientos entre viejos enemigos, se dan a conocer los orígenes del malvado Voldemort y finalmente se asesta un golpe de efecto temible cuyas consecuencias dejan abierta la trama para la batalla final. No es poco, por tanto, lo que los seguidores de la saga van a descubrir en este colosal producto que se deja ver por más de dos horas y media con cierto interés.
El problema es que la habilidad del director para presentar lo majestuoso de la vida en Hogwarts y en los (eso sí) magníficos ambientes londinenses victorianos, neblinosos, tétricos y encantadores, peca a veces de grandilocuente: dada la sensación que tiene de que allí se está contando algo importante, muchas veces la cadencia del filme se torna angustiosamente pausada. El realizador parece olvidar que no estamos ante una película de arte y ensayo, sino ante un entretenimiento para adolescentes quizá con un punto de nivel cultural por encima de la media, pero adolescentes al fin y al cabo. No puede entenderse qué necesidad hay de prolongar el metraje de una película si ello se debe a que a veces hay que ralentizar la acción de la misma. Apresure el paso y reduzca veinte minutos (no más) su obra: muchos se lo agradecerían.
Con respecto al contrapunto lúdico, es obvio que un internado de tales características habría de tratar el problema de la eclosión hormonal de sus internados: el amor, el desamor y los celos campan por sus respetos a lo largo de toda la película, aunque hay que apuntar en el haber del director el no resultar demasiado empalagoso (si acaso el repelente personaje de la novia de Ron tiene la virtud de mostrar lo excesivo de algunos enfoques de los que precisamente el director quiere huir).
En ese sentido, no podemos dejar de hacer notar las sutiles críticas que al uso indiscriminado de la magia se hacen en la película (tema del dopaje deportivo incluido), que resultan a nuestro entender adecuadas y necesarias desde un punto de vista casi pedagógico: el poder mágico es como el científico, tiene consecuencias reales en ocasiones indeseables, toda vez que sus postulados parezcan salvíficos. La inocencia de ciertos conjuros queda transformada ahora en un asunto problemático, y en lo que respecta a las artes de defensa, se postula la necesidad de un control efectivo sobre las mismas, dado lo peligroso de sus efectos incluso sobre los potenciales enemigos.
Harry Potter y el misterio del príncipe es indudablemente una de las realizaciones más maduras de la saga: deja al enemigo exterior a las puertas, y al interior desatado. Plantea problemas de lealtad, legitimidad y obediencia, pero aún no nos ofrece respuestas. Habla del sacrificio pero no de la recompensa.
En ese sentido, es una película que cumple con su cometido: satisfará a los productores, que han conseguido que se mantenga y aumente la tensión previa a la coda final, satisfará a los espectadores no fundamentalistas (recuerden, aquellos que distinguen entre obra literaria y adaptación cinematográfica) y a los que buscan una evasión momentánea en un mundo mágico pero realista, sin tener la sensación de haber perdido el tiempo y el dinero ante un producto que no adolece de dignidad y al que sólo cabe reprocharle un exceso de metraje y un pequeño salto de montaje que apenas repercute en el resultado final, bastante aceptable.
