Un barrio lleno de dignidad

«Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones».
(José Agustín Goytisolo)
Una tarde invernal, he tenido la suerte de ver en los Cines Renoir de Madrid el nuevo documental de José Luis Guerín: Historias del buen valle. A lo largo de sus dos horas de duración, uno percibe con nitidez que se encuentra ante una obra con un indudable latido cinematográfico, un filme hermoso, profundo, humanísimo.
Hace un cuarto de siglo, el cineasta catalán rodó su pieza cimera, En construcción (2001), centrada en las distintas problemáticas del barrio barcelonés del Raval. Ahora su mirada vuelve a fijarse en una zona histórica del extrarradio de la ciudad condal: el barrio de Vallbona.
Todo el largometraje es un cántico entusiasta a la dignidad de sus pobladores: los presentes, los antiguos, los del porvenir. En este barrio muy humilde, Guerín da voz a una polifonía muy variada de personas que, en diversas vicisitudes existenciales, expresan su alegría por pertenecer a un barrio auténtico, donde sus gentes mantienen aún lazos de amistad, fraternales, solidarios, que se han perdido en otras áreas de la urbe barcelonesa y, por extensión, en otros barrios de otras ciudades españolas.
La historia de Vallbona estructura el documental de Guerín y es, en buena medida, en un nivel metonímico, la historia de España. Un barrio que empezó siendo un arrabal, y que empezó a levantarse en la posguerra, al inicio de la dictadura franquista. Familias procedentes de Andalucía y Extremadura construían de madrugada precarias chabolas.
Trabajaban duramente pese a las adversas condiciones meteorológicas. Trabajaban para hacer un hogar antes de que la Guardia Civil o la Policía se personase en el barrio y echase por tierra el sueño de tener una casa y un futuro. Durante bastantes años, carecieron de agua y electricidad.
Guerín, con aliento unamuniano, intrahistórico, otorga el protagonismo de su obra a individuos que a lo largo de su existencia han vivido fuera del interés de los poderosos y de las distintas mejoras que alcanzaban a otros barrios de Barcelona. Por eso, son tan conmovedores los testimonios de los mayores, ya ancianos, que recuerdan un pasado de lucha y sacrificio en Vallbona, algo más que un barrio, acaso el resorte memorístico y espiritual de unos seres sencillos y verdaderos.
Guerín realiza un documental de memoria y de palpitante actualidad. Nos metemos en el corazón del barrio a través de sus vecinos. Vallbona, tan lejos y tan cerca de Barcelona. Separado de la ciudad por la carretera, las vías del tren, el río Besós. Hablan en Vallbona mujeres y hombres, niños y jóvenes y adultos y veteranos, nacidos en otras comunidades de España y otros lugares del mundo: portugueses, ucranianos, marroquíes, guineanos.
Todos son vecinos de Vallbona, y en esas prodigiosas secuencias corales de música y bailes en la terraza del bar, de chapoteos y risas en las aguas del río, se desprende una armonía, una afirmación humanista de la convivencia pacífica entre personas que proceden de distintos países.
En el tiempo actual, donde proliferan los discursos racistas, plagados de odio, de una inmensa cerrazón mental, Historias del buen valle pone el valor el humanismo de las gentes, el valor de ayudarse entre sí, de estar juntos.
Con el documental de Guerín reluce la expresión parónima de Benedetti: «próximo prójimo». Los prójimos del filme son compañeros del barrio y a los compañeros no se les falla, se les ayuda. Cada persona que aparece en el largometraje tiene una historia y todas las historias juntas forman la arquitectura sentimental de un barrio, Vallbona, que, si bien carece de grandes infraestructuras, sí alberga grandísimos corazones.
Además de la variadísima galería de testimonios, sobresale el estilo narrativo de Guerín, sin alardes ornamentales, pero con una clara poeticidad en la transición armónica entre escenas, los travelling para las secuencias colectivas, los primeros planos de indudable potencial fílmico.

Existe una ascendencia palpable de Erice, fundamentalmente del Erice de El sol del membrillo (1992), que se aprecia en los bellísimos planos del río y en los de los árboles y plantas movidos por la fuerza del viento, metáfora de una vida que no se detiene, tempus fugit y, en ese raudo transcurrir temporal, se inserta esta obra para dejar constancia de la dignidad y la fraternidad de un vecindario.
Otra referencia, ya desde el título, sería Qué verde era mi valle (1941), en la que John Ford contó la vida de una familia de mineros irlandeses que, en el fondo, era la historia de los recuerdos de la infancia de cualquier individuo, de cualquier tiempo y espacio: los inolvidables momentos de la infancia, las alegrías, las esperanzas y las tristezas, aquellos que amamos y que un día partieron a ignotas regiones del cosmos. Coordenadas similares al trabajo de Guerín.
La secuencia de las semillas de las margaritas posiblemente representa uno de los puntos más altos del documental, y conmueve por su genuina mezcolanza de sencillez y hermosura. Las distintas generaciones unidas por los hilos de la memoria. El futuro que se abre desde el conocimiento del pasado.
Historias del buen valle alberga, asimismo, una intrínseca conexión con El 47 (2024), la película de Marcel Barrena. Mientras que en aquella la primacía discursiva la ostentaba el conductor del autobús de Torre Baró, brillantemente interpretado por Eduard Fernández, en el filme de Guerín el centro hegemónico es el propio barrio de Vallbona, el conjunto de vecinos que dieron, dan y darán un sentido a esta zona histórica, resistente a los avatares del tiempo y a las injusticias de todo tipo.
«Es el amor que te tengo a ti».
(Junco)
Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Wanda Visión