Hombres de acero (4)

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Solo ante el peligro

Hombres de acero (Wasterman en su versión original, que viene a significar «hombre de la basura», o, más coloquialmente, «un perdedor») es el impresionante debut cinematográfico de Cal McMau porque no puede describirse en absoluto como un drama carcelario convencional, sino más bien como un retrato crudo, estilísticamente consciente, brutalmente duro y temáticamente complejo que se sitúa sin esfuerzo entre las principales referencias británicas del género.

A primera vista, la premisa parece clásica. Taylor (David Jonsson) lleva trece años encarcelado por un delito de drogas y puede optar a la libertad condicional. Solo desea una cosa: reconstruir su vida y volver a ser un buen padre para su hijo, al que apenas conoce. Pero cuando el impredecible Dee (Tom Blyth) se convierte en su compañero de celda, ese frágil equilibrio se rompe. Lo que sigue no es una trayectoria moral lineal, sino un estudio sutil y a menudo inquietante del poder, la dependencia y la ambigüedad moral.

McMau se distingue de inmediato como un director con una visión particular. Su puesta en escena es precisa y deliberada, con una predilección por las cámaras de mano y las grabaciones con teléfonos móviles que otorgan a este impactante drama una intensidad casi documental. Esta estética no es un truco, sino una elección consciente que hace tangible la desintegración del orden y el control dentro de los muros de la prisión.

Al igual que ocurrió con el clásico a reivindicar Escoria (Scum, 1979), de Alan Clarke, en su momento, o con la más reciente Convicto (Starred Up, 2013), de David Mackenzie, el drama carcelario que nos ocupa se niega a ofrecer consuelo al espectador. La cámara se mantiene muy cerca de la piel, observa sin contemplaciones y convierte cada confrontación en una experiencia física.

El montaje también es digno de elogio. El ritmo es controlado y preciso, con una tensión creciente que se vuelve casi insoportable. En lugar de recurrir a giros argumentales, el director permite que sus escenas respiren. Las miradas, los silencios y los sutiles cambios de comportamiento tienen tanta importancia como la violencia explícita. Cuando esta finalmente se manifiesta, resulta aún más impactante, no como un espectáculo, sino como una erupción inevitable en un sistema al borde del colapso.

Dentro de ese sistema, David Jonsson —conocido por títulos como La larga marcha y Alien: Rómulus—, y Tom Blyth —protagonista entre otras de Incógnito y Los juegos del hambre: Balada de pájaros cantores y serpientes— ofrecen interpretaciones de una calidad excepcional; bien podrían calificarse de exquisitas clases magistrales de actuación.

Jonsson interpreta a Taylor como un hombre al borde de la autopreservación y la autodestrucción, en constante equilibrio entre la esperanza y la resignación. Su actuación es contenida pero intensa, con una vulnerabilidad física que nunca cae en el sentimentalismo.

Por otro lado, Blyth resulta absolutamente magnético como Dee: un personaje que combina sin esfuerzo encanto y amenaza. Encarna un nuevo tipo de antagonista: no el tirano brutal, sino el manipulador que utiliza el afecto como herramienta de poder. Juntos, crean una dinámica a la vez íntima y asfixiante, que confiere a la película su núcleo emocional.

Esa ambigüedad moral culmina en un final que se siente a la vez impredecible e inevitable

Lo que distingue aún más a Hombres de acero de películas temáticamente similares es su atención a la atmósfera y el sonido. El diseño sonoro es minimalista pero preciso: puertas metálicas, pasillos con eco y voces amortiguadas conforman una prisión auditiva en sí misma. La música es funcional y nunca intrusiva, apoyando la tensión psicológica sin imponerla. El silencio desempeña un papel tan importante como el sonido, dotando a la película de una intensidad casi claustrofóbica. Además, todo transcurre en celdas opresivas, con incursiones ocasionales en otros espacios carcelarios sofocantes.

Lo que le confiere a la película su particular fuerza es la inesperada ternura que se manifiesta en la relación entre Taylor y Dee. Su vínculo, a la vez destructivo y sincero, socava cualquier interpretación moral simplista. McMau obliga al espectador a reevaluar constantemente su posición: ¿quién manipula a quién? ¿Quién tiene el control? ¿Y aún se puede distinguir la supervivencia de la complicidad en este caso?

Esa ambigüedad moral culmina en un final que se siente a la vez impredecible e inevitable. Sin caer en el cinismo gratuito, se nos muestra lo delgada que es la línea entre la elección y la necesidad, entre la culpa y la supervivencia. Es precisamente esta complejidad la que eleva la película por encima del género.

Escribe Francisco Nieto | Fotos Alfa Pictures