Increíble pero cierto (3)

Published on:

Guía para un inconformismo vital

Comedia negra que juega con las obsesiones humanas propias del tiempo presente. Las tiñe de un halo de seriedad a partir de la presentación que pretende sugerir un falso documental rápidamente advertido por lo inverosímil de sus formulaciones.

Duplex amarra con fuerza las riendas del planteamiento a los efectos de expresar la seriedad del problema. Benoit Magimel será el portador de acotados momentos donde campea el ridículo moderado por la opinión de Alain en su función de paraguas previsor de cualquier posible tormenta moral. Lo que sucede es absurdo, pero serio; involucra a la cultura humana del presente, por tanto, es perfectamente aceptable.

Si se cuela el papelón, a todos nos reclama como parte de una sociedad involucrada en la producción de lo acontecido; los deseos de Marie y Gérard son atinentes a una buena parte de las mayorías humanas contemporáneas.

Una pareja de clase media alta compra una vivienda con particularidades extrañas: una escalera permite en su descenso rejuvenecer 3 días. Otra se regodea tras el implante de un pene electrónico. Ambos sucesos desatan intensas ideas de perfección basadas en la expectativa social y los avances tecnológicos.

Quentin Duplex dibuja dos situaciones conectadas en el común denominador del deseo por la «excelencia»; es la revelación de exigencias afiliadas a una época donde lo valioso se concentra en las potencialidades de la juventud y, más allá, en la tecnología como respaldo hacia la esperanza en el poder de la virilidad electrónica.

En medio de todo esto, Alain Chabat encarna la sobriedad y la paciencia de quien a todos intenta comprender, un tránsito que despliega el natural desgaste de un marido respetuoso y complaciente en crisis por extensión; y es que las ideas fijas ajenas suelen erosionar los vínculos cercanos; Marie será la esposa ilusionada en la obsesión por ser modelo, oportunidad inexplicable de volver a alcanzar la juventud.

Gérard es el nuevo poder del siglo XXI, la tecnología al servicio del hombre modelo; claro está, Duplex lo utiliza, se ríe, lo ridiculiza en la tragedia de desperfectos que paralizan la vida del hombre «perfecto», símbolo decadente del adinerado macho engreído que hace gala de su electrónica superioridad.

Son los planteos del filme, en realidad, nada nuevo bajo el sol; la gracia de los episodios se asocia en el vínculo de dos parejas que todo lo aceptan, porque estamos en pleno siglo XXI, sí, el de los avances tecnológicos y la tolerancia a todo lo que provenga del cambio a la inteligencia artificial, aunque no sea expuesta en el filme. Los aparatos funcionan a control remoto, el humano aún importa.

El caso de Marie es diferente, ella intenta explotar los beneficios de una naturaleza azarosa, un don divino descendido de los poderes milagrosos de una escalera que se hunde en la virtualidad de un sótano tan inexistente como la explicación del asombroso fenómeno. Poco a poco, la obsesión irá invadiendo todos los momentos de su vida. Su marido se mantendrá en una posición que advierte el desequilibrio sin poder sostener su espacio de realidad, la patología irrumpe para envolver al matrimonio en un estado que solo puede asegurar el retorno desde las peores consecuencias.

Lo «increíble pero cierto» es el producto de tentaciones desencadenadas por circunstancias que trascienden a los personajes, ya sea el inexplicable milagro o el desarrollo tecnológico. No es lo que sucede, sino sus consecuencias; rige aún la voluntad humana, aunque obnubilada por errores de cálculo que avivan las ansias en la neutralización de la decadencia.

Así que la risa no despunta en la carcajada fácil del episodio ridículo, sino que cabalga en la sonrisa esbozada y mezclada con la tragedia. Lo que vemos puede ser muy real, muy cercano a nuestra experiencia cotidiana, conforma la naturaleza del mundo actual, sus vectores de conducción hacia modos de vida donde estas temáticas, si bien pueden no presentarse explícitamente, siempre encuentran un espacio para navegar en el interior de cada uno. Y es justo donde el filme busca impactar, desde una sencillez engañosa que afinca en la familiaridad del espectador.

Duplex juega con encuadres espaciosos donde los personajes experimentan una libertad de movimiento ficticia; los resultados, expresos en paralelo, dan cuenta de experiencias interiores que conducen al abismo. Las condiciones presentes ejecutan circunstancias que apelan al conflicto permanente como la llama que, en el intento de sofocación, rebasa las posibilidades del conductor, el accidente es inevitable.

El fanatismo egocéntrico, hacia un virtual éxito personal, transforma la existencia en obsesión.

Más allá de ventajas artificiales o fenómenos inexplicables, se despliega lo que se es: Gérard vivirá en permanente conflicto con sus mujeres, Marie tendrá que lidiar con la sobreexigencia en viaje directo hacia la locura. Todo tiene su precio.

Sea por la tecnología o el misterio, la naturaleza no resiste la transformación sin secuelas; se contrapone, en el final del pescador con su perro, como la paz de la aceptación en comunión con lo propio, lo humano como equilibrio pasivo que contiene. Alain cumplirá este rol en la aceptación de las realidades de la vida y de los demás.

El fanatismo egocéntrico, hacia un virtual éxito personal, transforma la existencia en obsesión, sueños de perfección falsificados en eventuales respuestas que destruyen los ideales sumidos en contextos donde lo hipotético no tiene cabida. Es la vida como escenario de deseos insumisos que despiertan en medio de condiciones propiciadoras al asalto, descuido de conciencia imbuida en fantasías contrastantes con lo permitido.

Una especie de Ley del Talión que invade la profanación de lo consagrado en límites que alertan las posibilidades humanas de futuro. La vida no es un vale todo, opera en consecuencias que castigan la ambición del ser «perfecto». La paradoja está en el revés, lo inmanejable en la ausencia de preparación propia, lo que se cuela en la ventaja de una evolución disociada de prescripciones vitales desconocidas.

Gerard disputará, en su intención, la grandiosidad caduca en la propia debilidad; sus relaciones amorosas se desarticulan una tras otra en medio de la fascinación por su pene electrónico. Entretanto, Marie sucumbirá a la violación de reglas implícitas reguladoras de lo desconocido, transgresión que desnuda su patológica fijación a estándares de valor no exentos de riesgo social.

Gerard y Marie transitan por la vorágine de su obsesión, mientras la realidad los supera y controla sin que lo noten.

La podredumbre de lo interior es la manzana «rejuvenecida» y en mal estado. Dicotomía que refuerza la obsesión en el descuido por la evidencia. Las hormigas tampoco acuden en función de alerta, la conciencia de Marie está obnubilada, solazada en sueños de eterna juventud, no hay prueba alguna que resista. Vida anímica capturada por prejuicios sociales, guía incontrastable para el pseudoéxito.

Gerard y Marie transitan por la vorágine de su obsesión, mientras la realidad los supera y controla sin que lo noten; aunque se entremezclen, sus intenciones son asociadas, nunca contrapuestas, avanzan en una misma dirección desde lógicas distintas: lo tecnológico y lo milagroso; certezas y enigmas del siglo XXI. La naturaleza les pondrá límite, la osadía se diluye en el misterio. Hojas y ramas se abrirán para cerrarse en visión distorsionada. La cámara hablará con propiedad, el sentido de la vida no se deja ver, solo aporta la paz necesaria a quien la estime aprovechar.

Puesta en escena espaciosa en un intento de liberar la movilidad hacia amplias zonas que escamotean el sentido de las cosas, la naturaleza se presenta en un desenlace donde la cámara desenfoca en profundidad de campo hacia un lugar que se estrecha en la confusión de lo inaccesible. Las prisas por «evolucionar» y complacer la avidez de un colectivo exigente se estrellan frente a lo inescrutable, el paisaje no avanza, solo muestra su generalidad disfrutable en la paz de un descanso que no cuestiona hechos, sino que conforta en su apacible remanso, la pesca ofrece oportunidad, Alain la aprovecha.

En síntesis, una película modesta, pero vigente, con un tema tocado al pasar en el intento de sacudón a valoraciones de riesgo que juegan al límite. Lo «increíble pero cierto» es cómo la especie humana se obnubila en la grandiosidad de estereotipos representativos de una sociedad machista, donde el poder radica en penes poderosos y juventudes eternas; señales que desacreditan las virtudes del tránsito por la vida.

Valores caducos, decadencia expresa medible en años de edad y capacidades ausentes multiplicadas en el interior de deseos de superación para la preponderancia.

Escribe Álvaro Gonda