Juan Carlos Fresnadillo inició una prometedora carrera con su corto Esposados (1996) —que fue nominado al Oscar— y con el inquietante largo Intacto (2001), que coescribió junto a Andrés M. Koppel. A ellas le siguió su primera incursión en la industria anglófona con 28 semanas después (2007), consiguiendo dotar de una sólida y personal visión a la secuela de un filme mediocre (28 días después, del sobrevalorado Danny Boyle) y confirmando su dominio de la técnica y el pulso narrativo.
Sin embargo, tras un largo período de silencio cinematográfico, la falta de actividad parece haber hecho mella en su acreditada capacidad para mantener la tensión y la fuerza expresiva de sus imágenes.
Intruders no es un filme que carezca de ciertas virtudes: ha pretendido racionalizar los aspectos más controvertidamente fantásticos de toda película de terror que se precie moviéndose en una ambigüedad calculada, pero sin renunciar a la mística de la venganza sobrenatural. Posee además una arquitectura estratificada que permite varias lecturas y que gana con la rememoración de algunos pasajes, lo que la dota de una complejidad suficiente como para no pasar por el típico producto adolescente sin más pretensión que la del susto fácil.
Sin embargo, aunque que la promoción la venda así, no puede considerarse una película de terror, no se sabe bien si en la medida en que su indefinición estilística es consciente o fruto de una inadecuada planificación y uso de los recursos de los que dispone.
Lo cierto es que no asusta, aunque parece pretenderlo, y el hecho de que el monstruo se solace en su aspecto siniestro y en sus apariciones fantasmales, mención aparte de que muchos de los lugares comunes sobre los que discurre el guión estén inspirados en los clásicos del terror (como El exorcista de 1973 o Pesadilla en Elm street de 1984), parece confirmar este extremo.

Nos encontraríamos así en el segundo supuesto, lo que a todas luces debería hacerse constar en el debe de una película que no acaba de despegar y que no mantiene la tensión cada vez que aparece el fantasma, entre otras cosas porque su modus operandi resulta de lo más predecible y hasta inocuo. Hubiera resultado un verdadero fiasco de no ser porque a lo fantasmagórico se añade un substrato psicológico más del estilo de Hitchcock en Recuerda (1945) que disipa toda sospecha de fantasía sobrenatural y reconduce la película por sendas dramáticas de falsos culpables y misterios terrenos, no menos peligrosos que los de ultratumba.
El problema es que Fresnadillo no acierta a conjugar esa doble y resbaladiza naturaleza: aunque las explicaciones son suficientes (y hasta cierto punto reiterativas), uno tiene la sensación no ya de que hayan estado jugando con el durante casi hora y media, sino que lo sustancial de ese juego resultaba un tanto cansino: se ha preterido tanto la introducción del nudo dramático, se ha dilatado tanto el esclarecimiento de la naturaleza del monstruo, que cuando llega el desenlace todo suena apresurado y tramposo: uno tiene la sensación de que la historia era muy simple y que la han querido embrollar con efectos especiales y trucos de prestidigitador para que todo tenga la apariencia de ser más complejo de lo que realmente es.
Así, después de todo la ambigüedad era calculada, y la indefinición era consciente; el problema es que los resultados no han sido del todo satisfactorios.
No obstante, debemos hacer notar que la factura es notable, que Fresnadillo sigue conservando, aunque un tanto oxidado, gran parte de su pulso y que la dirección de actores es desde luego uno de sus fuertes.

Si por algo merece recordarse esta película es por el estupendo trabajo de sus intérpretes (aunque el mejor de todos ellos apenas aparezca un minuto en pantalla, el gran Héctor Alterio, en un remedo escéptico y cansado del Max Von Sydow de El exorcista) y por querer introducir un poco de seso en una (aparente) película de terror adolescente con monstruo encapuchado.
Antes hablé de rememoración: la película gana algunos puntos cuando se reconstruye su historia y se deshace el misterio, no enteramente aclarado en el filme. Ello supone que Fresnadillo no infravalora la inteligencia del espectador, pero también que pide su colaboración para acabar de concretar aquello que no ha conseguido plasmar en su filme. Quizá, con los tiempos que corren, eso sea pedir demasiado.
Escribe Ángel Vallejo