Juan y Eva (3)

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El amor y el odio 

juan_y_eva-0Paula de Luque construye una trama —basada en la novela homónima de Jorge Coscia— dividida en tres partes: el amor, el odio y la revolución, que privilegia —poniendo en primer plano— la relación amorosa entre Juan Perón (Osmar Nuñez) y Eva Duarte (Julieta Díaz), que arranca en enero de 1944 y termina consolidándose con la movilización del 17 de octubre de 1945.

Se toman algunos hechos cruciales en la historia argentina —tales como el terremoto que sacudió San Juan en el 44, la irrupción de Braden (Alfredo Casero) en la escena política argentina liderando la corriente opositora, o la ya mítica movilización del 17 de octubre del 45— para construir un relato visual basado mayormente en la elipsis y en el fuera de campo como recursos para alcanzar una mirada no totalizadora que respeta la complejidad de los hechos narrados y, a la vez, que valoriza lo ficticio e imaginario en parte, aunque sin desplazar del todo cierta pretensión de reconstrucción histórica.

El desafío que toma el filme es el de haberse liberado de la necesidad omnímoda de imponer un sentido único que ahogaría la contradicción, el sinsentido y la paradoja, bastan las escenas que muestran a una Eva celosa, posesiva o puteadora, y un Perón si bien consistente en lo político, en aquel entonces estaba a cargo del Ministerio de Trabajo y Acción Social, emocionalmente se mostraba inestable, o bien, lábil, contradicciones que felizmente gravitan en el universo del filme.

Esa mujer

Lo interesante de la Eva construida por Paula de Luque es que propone una mirada diferente de las distintas facetas del mito —ya vistas y entrevistas hasta el hartazgo— como una forma de acercamiento y de identificación con el personaje de leyenda.

Nos muestra a una Eva en ciernes, como si su propia vida, en ese entonces como actriz radiofónica interpretando los actos heroicos de relevantes personajes femeninos, fuera un work in progress, un aprendizaje que luego, años más tarde, aplicaría en su vida política. Y uno de los recursos utilizados por la directora para lograrlo es el fuera de campo. Es decir, que todo lo que no está en ese rectángulo debe ser construido por nosotros los espectadores a través de lo que sí vemos.

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Primeros planos del rostro de una Eva joven y apasionada. Intensísima. Visceral. Y en esos primeros planos llegamos a atisbar no sólo la pasión que Eva ya sentía por Perón, la misma pasión que luego se trasladaría al pueblo, sino la avidez por una guía, un ansia insaciable de conocimiento: hay un plano extraordinario de una Eva en bambalinas, curiosamente sorprendida por la elocuencia de una oradora sagaz, la agente de prensa de Perón, Blanca Luz Brum (María Ucedo) frente a una nutrida audiencia, escena especular que preanuncia el nacimiento de una Eva militante, carismática y bien plantada frente a una multitud.

También percibimos el temor que siente Eva por el rechazo y hasta el odio que genera no sólo en la oposición sino en el mismo entorno de Perón, bastaría recordar la escena en la que Eva escucha las recomendaciones que el General Ávalos (Fernán Mirás) le da a Perón para deshacerse de ella, y terminar con esa relación indebida. Y aquí vemos un primer plano de una Eva asustada, temerosa y profundamente insegura. Inseguridad y desvalimiento por su condición de hija ilegítima y por el repudio sufrido, también, por la ilegítima relación que la unió, en un principio, a Perón, vendrían a revertirse y conformar una Eva combativa, contestataria, irreconciliable con cualquier tipo de concesión.

Y en ese caldo de cultivo, en esa sustancia en ebullición que era el escenario político de entonces, que muy acertadamente jamás toma el rol protagónico en la historia, Eva resurge del pantano de su impotencia y a las puteadas se le planta a un abogado para solicitar un habeas corpus para su general encarcelado. Perón descubre que no sería Perón si no contara con Eva, y Eva, por su parte, llega a la misma conclusión.

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La revolución

El filme despojado de conceptos reduccionistas de verdad y realidad, elude con sagacidad el previsible encuentro con el hecho infame o heroico según el lado del que estén los protagonistas, y prefiere o más bien elige demorarse en el detalle de una mirada o en el gesto de un momento aparentemente banal o intrascendente, y sin embargo cargado de significancia en el entramado de la historia.

En el momento más climático del filme, Eva, angustiada e impotente, mientras Perón está detenido en la isla Martín García, fuma y espera sentada sobre la cama. Es entonces cuando invita con un cigarrillo a la mucama a sentarse a fumar junto a ella. Esta escena, de algún modo preanuncia la entrada protagónica de una clase social hasta aquel entonces relegada al margen de la vida política y de las grandes decisiones que se tomaban en el país, la misma clase social que dará su paso definitivo en la plaza del 17 de octubre.

Este gesto o acto impensado en cualquier ciudadano por otra parte bienpensante de aquellos años —invitar a fumar a la mucama— puede ser tan importante como un discurso de arenga como el que Perón dirigió desde la radio a los trabajadores para conseguir una movilización multitudinaria.

Cuando la narración se torna evocativa, sugerente y ambigua se vuelve más interesante y poderosa justamente por lo que provoca en la mente del espectador, que eso no dicho, o no escuchado, recordemos la escena en el Luna Park en la que Eva le susurra algo al oído a Juan, y que nunca sabremos qué, se vuelva tan expresivo como aquello que nunca se termina de decir ni de mostrar.

Escribe Gabriela Mársico

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