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Entre Hitler y Stalin
Escribe Carlos Losada
No vamos a descubrir aquí al cineasta polaco Andrzej Wajda, nacido en 1926 (al que en España lo conocimos con los cine clubs de los sesenta y setenta). Aparte de ingenuo, sería innecesario pues desde Cenizas y diamantes (1958), la prensa mundial habla bien de él y casi toda se rindió a partir de Paisaje después de la batalla (1970), consiguiendo grandes éxitos con La tierra de la gran promesa (1974) y El hombre de hierro (1981). Además, por si había dudas, en 2000, recibió un Oscar honorífico por su carrera.
Si citamos las obras precedentes es porque la garra y la eficacia narrativa de Wajda iban unidas a un sentimiento de emoción y hasta cariño por sus personajes y las situaciones que les envolvían, o provocaban. En esta ocasión, Katyn (2008), la garra se muestra en contadas ocasiones, la eficacia se plasma en la sobriedad de la planificación, y la emoción y el cariño se diría que están casi ausentes, porque la frialdad narrativa es la tónica imperante.
En Wajda, la frialdad no es una novedad; diríamos que es su manera de expresarse, aunque sea a través de la emoción contenida. Lo que ocurre es que mientras contaba historias donde la realidad cotidiana estaba presente, a veces a través de la historia, la sensación de frialdad se escondía en sí misma, como si fuera solamente parte de la técnica, y no de una presencia o una sensación.
Ciñéndonos a Katyn, donde el pasado quiere hacerse presente, la emoción, el cariño y la fuerza de unos terribles, escalofriantes sucesos, deberían haber superado la técnica de presentarlos ante nosotros. Y no sucede así.
En 1940 las tropas soviéticas, en especial la policía secreta rusa -la tristemente famosa NKVD-, siguiendo órdenes de Stalin, masacran a cerca de 20.000 ciudadanos y militares polacos, llevados primero a campos de concentración y luego a los bosques de Katyn, donde los asesinan de un tiro en la nuca, con una eficacia demoledora. Así lo relata en su novela Post Mortem Andrzej Mularczyk, coguionista del filme con Wajda.
Esta historia da lugar a que las autoridades soviéticas, al controlar Polonia, finalizada la segunda Guerra Mundial, exhuman los cadáveres de la matanza echando la culpa de ella a los ejércitos nazis de Hitler. El engaño, su persistencia, se mantuvo hasta 1990, cuando los soviéticos admitieron que tamaño crimen los llevó a cabo su NKVD; dato que confirmó Boris Yeltsin unos años después.
Esta espeluznante historia es la que nos cuenta Wajda en Katyn, con impresionante aparato técnico, y cuidando en todo momento de que la recreación sea fidedigna y los personajes lo más creíbles posibles. Y aquí algo falla, como apuntábamos antes, porque las realidades pasadas deben ser narradas, contadas, expuestas, con un punto más de calidez, que va desde la emoción que los hechos destilan, a las motivaciones para tergiversar la historia, y siempre poniendo más intensidad en unas emociones que debieron abrumar a quienes las vivieron.
Y conste que las secuencias de los tiros en la nuca, o alguna referencia a los rebeldes contra la opresión comunista, están expuestas con imágenes que nos tocan la emoción, porque entendemos el sufrimiento de un pueblo que ha vivido tantos años entre Hitler y Stalin, como si no pudiesen librarse de ellos.
Al final, nos dice Wajda, sí se han librado; pero el poso que quedó, que aún persiste en algunos de sus dirigentes actuales, es tan doloroso y tan evidente que se necesita más educación y conciencia para superar el terror ideológico y moral que ambos desalmados provocaron -no solamente en Polonia, claro; aunque allí fue mucho más evidente y duradero-.
En resumen, que Wajda con Katyn ha puesto el dedo en la llaga sobre la hipocresía y la tergiversación de hechos e ideas que se dan, y se darán, en la historia, insinuando el dolor padecido y no mostrándose contundente -tal vez se fió de que algunas imágenes sí lo serían- en la historia humana de unos personajes que no acaban de ser nuestros.
Tal vez el excesivo metraje, y algunas disgregaciones del guión, no bien expuestas, ayudan a contemplar con más frialdad que emoción esta bien intencionada película.
