Kick Ass 2: Con un par (2)

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Sobre héroes y villanos 

kick-ass-2-1¿Qué decir sobre la secuela de una de las películas más reflexivas y a la vez amenas que se recuerdan en el pasado lustro? ¿Que mantiene el espíritu de la original? ¿Que se presenta como más fiel al cómic de lo que fue su predecesora?

La verdad, es difícil responder afirmativamente a cada una de esas cuestiones, sobre todo si tenemos en cuenta que gran parte de lo que debiera considerarse “el espíritu” de la predecesora venía insuflado por la redentora mano de anterior director, Matthew Vaughn, uno de los jóvenes realizadores con mayor talento del panorama norteamericano, del que se esperan (o esperaban, antes de que decidiera introducirse en el muy elitista y castrador club de las franquicias de superhéroes oficiales) grandes aportaciones a una industria esclerotizada y acongojada por la sumisión a los grandes presupuestos de Hollywood.

En este sentido, la deserción de Vaughn de la dirección del proyecto podría haber sido un acto de coherencia intelectual: si después de haber dirigido el paradigma de la deconstrucción del superhéroe norteamericano se puso a loar la saga de los mutantes, resulta paradójico que continúe mordiendo con otra película crítica la mano que le da de comer, a saber: una legión de fans irredentos que creen en la liberación mediante el mesías enmascarado, encarnación de la venganza, más que de la justicia.

Pero siendo un poco más realistas, no cabría descartar intenciones menos nobles: si la primera Kick Ass fue un fracaso de público… ¿por qué iba a arriesgar su incipiente carrera con los grandes estudios redundando en un fiasco comercial? Esta explicación parece cobrar más relevancia en cuanto reparamos en que Vaughn no va a renunciar a adaptar a Frank Millar, el autor del cómic original de Kick Ass, en la película The secret service prevista para dentro de un año, lo que sugiere que al menos no se muestra desafecto con sus fuentes originales.

Sea como fuere, nos encontramos con la continuación de un proyecto frustrado, cuyo sustento argumental —el cómic— es una pieza de culto ultraviolenta y transgresora no apta para todos los públicos; un material delicado, vamos.

Sin embargo, a pesar de ser un producto difícilmente sostenible en lo económico, cuenta con el beneficio de estar protagonizada por alguno de los rostros más populares  del actual panorama cinematográfico: la emergente Chloë Grace Moretz y el veterano (e irreconocible) Jim Carrey, lo que quiere decir que no sólo de la cuenta de beneficios vive el hombre y que hay estrellas dispuestas a partirse la cara por el cine independiente.

Esto quizá sea debido a que la saga Kick Ass posee un atractivo propio, muy vinculado al malditismo y la irreverencia; hoy día no es poco, viendo la carencia de alma de muchos proyectos aparente llamados a constituirse en clásicos, que se pliegan a la escaleta y el guión prefabricados con objeto de no perder un sólo cliente entre el público cada vez menos exigente. Kick Ass 2 se muestra entonces como fiel a sí misma en el sentido de no dejar margen para la complacencia ni para la esperanza, aunque cabe preguntarse, como hacíamos al principio, si esas virtudes le son propias o resultan importadas del cómic.

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Si acudimos a las fuentes para establecer odiosas comparaciones, nos daremos cuenta de que no sólo toda la película está allí, sino de que incluso hay una mayor profundidad hermenéutica en ellas. Independientemente de la discusión sobre el alcance de lo omitido o tergiversado en la versión cinematográfica —asunto que bien puede hacerse extensible a la película de Vaughn— lo cierto es que tanto en el apartado técnico como el dramático esta segunda entrega ha perdido calidad. Quizá ambos aspectos se retroalimenten: la habilidad de Vaughn consistiría en ser capaz de hojaldrar las diversas capas interpretativas merced al pulso narrativo y la tensión dramática, y ambas parecen haber sido sustituidas en la película de Jeff Wadlow por una acción desmesurada que apabullando al espectador, no le deje pensar en las posibles carencias creativas y en las desleídas densidades argumentales. 

El problema es que esta segunda entrega no parece haber asumido los compromisos de la primera: la violencia es consustancial a la sociedad, y aún lo es más en la sociedad estadounidense, que glorifica a los vengadores. En ese sentido la violencia es más ética que estética y no puede convertirse en simple artefacto visual: eso es lo que hace la televisión para desmitificarla.

Wadlow parece haber malinterpretado esta premisa, o al menos parece haberla vaciado de contenido: lo que en la primera entrega eran aparentes humillaciones cotidianas, pero con un substrato dañino y potencialmente psicótico, se convierten aquí en inocentes bromas sobre las hormonas adolescentes y las limitaciones intelectuales de los compañeros de pandilla. En la primera, la violencia era una consecuencia realista causada por la inocente y bienintencionada aventura heroica; en la secuela, espiral catártica, recurso de continuidad, chascarrillo visual.

Ello no es óbice para recalcar que sigue siendo un producto tremendamente provocador y visualmente muy poderoso, que invita a ciertas reflexiones  desde el humor negro y la crítica a la sociedad hiperconectada e infantilizada: lo importante es ser alguien y salir en Youtube, tanto da si eres el héroe o el malvado; nuestras acciones no tienen consecuencias si no las tuiteamos.   

El Kick Ass 2 de Wadlow aún mantiene parte de su irreverente encanto y, si algo debe agradecerse a la saga, es la capacidad para desintoxicarnos de tanto bienhechor enmascarado, aunque sea mediante el recurso al purgativo.

Quizá una cucharada de aceite de hígado no nos siente tan mal como un refresco de cola, después de todo. 

Escribe Ángel Vallejo

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