Una oleada de luz y los rascacielos de Taipéi

La primera visión de Taipéi en la ópera prima en solitario de la directora Shih-Ching Tsou es una oleada de luz y rascacielos vista a través de un caleidoscopio infantil, una señal perfecta para la estructura de la película.
Del mismo modo, en la cinta, personajes y situaciones se fragmentarán y recombinarán en simetrías siempre cambiantes, el eje de la simpatía y el resentimiento girará una y otra vez mientras varias generaciones de mujeres de la misma familia taiwanesa atraviesan un par de meses turbulentos.
Rodada con cuatro iPhone, la obra es un retrato seguro y hermoso de la difícil maternidad y la dolorosa condición de hija, pero quizás sea más cautivadora por su visión caleidoscópica de la ciudad natal de la directora, donde los personajes parecen rebotar, pero Taipéi es brillo y es resplandor.
Tras una ausencia gradual de varios años, Shu-Fen (Janet Tsai) regresa a la ciudad con sus dos hijas: la huraña y ágil I-Ann (Shih-Yuan Ma), estudiante universitaria, y la encantadora y curiosa niña I-Jing (Nina Ye), un pequeño espíritu en permanente movimiento.
I-Jing está fascinada con su nuevo hogar, sobre todo con el llamativo y vibrante mercado nocturno que se convertirá en su patio de juegos cuando su madre, agotada por las preocupaciones, instale un puesto de fideos en uno de los locales vacíos.
La adolescente I-Ann, entretenida con su teléfono, se queja de que su nuevo apartamento «parece mucho más pequeño que en la foto»; pero se lamenta casi de todo, o sea, está insoportable. Hay que aguantarla y sólo parece amainar cuando se hace cargo de su pequeña hermanita.
La trama se pone en marcha desde el principio: Shu-Fen, siempre con problemas económicos, se verá más que apurada, pues ha tenido que pagar el costoso funeral de su exmarido, del cual estaba separada. En tanto, atrae las atenciones amorosas de un ingenuo bonachón que tiene un puesto de baratijas al lado.
Sin mostrar mucho interés ni fe en el futuro del restaurante de fideos, I-Ann consigue un trabajo como «vendedora de nuez de betel», algo típicamente taiwanés en el que chicas lindas se visten de forma provocativa para vender el suave estimulante en puestos con luces chillonas.
Tiene un romance con su jefe, mientras que la niña I-Jing se dedica a merodear por el mercado nocturno, un paraíso para los estafadores, y en una de esas adopta una mascota, un suricato.
Más allá del círculo familiar inmediato, existe otro conflicto: la madre de Shu-Fen, vanidosa y moralista, está involucrada en una red de tráfico de personas. Mientras, su marido, le suelta a bocajarro a la pequeña I-Jing que ser zurda es una maldición, ya que la mano izquierda «pertenece al diablo» (de ahí el título).
En una observación perspicaz sobre cómo las palabras de un adulto a veces pueden afectar a un niño, I-Jing absorbe esta superstición popular de forma acrítica, como hacen los niños con los pareceres de los adultos, sin cuestionarla y comienza a robar baratijas llamativas de los puestos del mercado cercano, utilizando siempre su diabólica mano izquierda.

La trama se desarrolla en múltiples planos, y se requiere una dirección muy diestra para mantener cada hilo argumental tan dinámico y atractivo como lo vamos viendo. Tsou alterna entre las distintas perspectivas con la gracia de un malabarista, mostrando una profunda compasión por sus personajes (excepto por la abuela, retratada con dureza), incluso cuando ellos no sienten compasión el uno por el otro.
Solo una escena final algo forzada, roza el melodrama, cuando un enfrentamiento bajo los efectos del alcohol, un susto por un posible embarazo y el sexismo latente en la sociedad taiwanesa estallan abruptamente en una revelación llena de resentimiento durante una gran serie de enfrentamientos socialmente embarazosos.
En todo momento el pulso de la película late con firmeza gracias a su deslumbrante fotografía realizada con iPhone, obra de Ko-Chin Chen y Tzu-Hao Kao. La lente panorámica se abre cada vez más, como si intentara devorar las vistas nocturnas de la ciudad iluminada por neón en grandes bocanadas.
Es una historia en sí misma, una bulliciosa metrópolis de decadencia y esperanza, y a veces, simplemente la cámara recorre a toda velocidad en scooter las calles de Taipéi, intensamente iluminadas contra un cielo oscuro, lo que se siente como genial actividad cinematográfica desenfrenada.

Tsou, quien colabora frecuentemente con Sean Baker (en esta ocasión es directora, coguionista y productora), produjo su innovadora película filmada con iPhone, Tangerine. Las deslumbrantes imágenes de esta cinta demuestran hasta qué punto ha evolucionado esa tecnología.
Hay una escena de montaje rápido, la niña corre de vuelta al puesto de fideos a través del mercado mientras suena música percusiva, rebosante de miedo y emoción por su nuevo pasatiempo ilícito de hurtar pequeños objetos.
Ejemplo de inmersión sensorial, el montaje entrecortado imita la descarga de adrenalina de la novata ladrona que recorre sus venas infantiles. Estas imágenes junto con escenas de patinetes y las tomas deslumbrantes de la vida callejera de Taipéi, hacen muy especial a esta entrañable película.
De vez en cuando, por un instante fugaz y conmovedor, la imagen fragmentaria y caleidoscópica se resuelve en una simple expresión de amor recuperado por el primer lugar al que llamaste hogar.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Avalon