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Retrato de una dama
Escribe Fernando Ramírez
El respetable que se haya molestado en la lectura del cartel publicitario de esta película habrá podido comprobar como su sentencia promocional reza los paralelismos entre la duquesa atribulada que protagoniza esta historia y una tal lady Diana. Admitiremos que, cierto es, el recorrido andado por Georgiana Spencer, la rotunda protagonista del filme hoy aquí presente, guarda cierto parecido con el vivido por la que fue la princesa del pueblo del siglo XX, Diana Spencer. La princesa de Gales es descendiente genealógica de la duquesa protagonista. O al menos, así lo asegura la biografía de Amanda Foreman en la que se basa el filme, ganadora del premio Whitebread a la mejor biografía en 1997, que se mantuvo en la lista de éxitos de ventas durante meses. Ahora vuelve a estar convenientemente publicitada en los medios por establecer dicha relación de parentesco entre ambas damas.
La productora Gaby Tana quedó tan fascinada por el personaje de Georgiana Spencer que decidió comprar los derechos para adaptar a la gran pantalla una historia "inspiradora y extraordinaria", según sus propias palabras. Decidió encargarle el proyecto a Saul Dibb, quien ya había realizado un largometraje anterior, Bullet boy, que fue carne de circuitos minoritarios y de festivales de segunda fila.
Dibb permanece como un perfecto desconocido en España. Ahora se estrena entre nosotros con una historia de bajas pasiones en la Inglaterra de finales del siglo XVIII. Decidió aceptar el proyecto por tener entre manos una historia "novedosa y diferente", puesto que él se declara antipático ante los dramas de época. La relación de parentesco establecida por la que fue la reina de corazones de nuestro tiempo añadía, en efecto, la carnaza requerida para la dirección de un producto con supuesta cierta entidad.
Más allá de las ramificaciones sensacionalistas que este dato nos pueda aportar, y allá cada cual con las conclusiones que se saquen de las consanguinidades reales de la aristocracia inglesa, el resultado fílmico es tan pulcro que consigue esterilizar toda palpitación posible, pese a que el material sobre el que se curte la acción tenga un indudable interés.
Georgiana Spencer se convirtió a los 17 años en duquesa de Devonshire y señora de Chatsworth House. El poder de su marido le reportó la notoriedad y la atención del público de alta cuna. Admirada por quienes la rodeaban, su excelso vestuario y su afición al juego y a la bebida no impidieron que se situara como una importante figura del partido Whig, haciendo campaña para captar el voto en las elecciones de 1784. Su poder de convocatoria ante el pueblo llano la convirtieron en toda una celebridad pública. Su éxito social se vio empañado, no obstante, por su vida personal. El duque de Devonshire fue completamente inmune a los encantos de su mujer, decantándose por su mejor amiga, Lady Elizabeth Foster, quien se hizo un hueco entre el matrimonio y la casa ducal. La imposibilidad de ofrecer a su marido un primogénito heredero desató la rumorología británica sobre la figura de la duquesa, quien tuvo que mantener una relación triangular durante muchos años.
Siendo una cinta sobre una joven que, mediante un matrimonio (des)afortunado, consiguió la ascensión social y tuvo que sufrir las penurias, severidades e hipocresías de la época, conecta en cierto modo con otra biografía cinematográfica, Maria Antonieta. En efecto, ambas féminas fueron aduladas por cuantos la rodeaban, adictas a las mejores indumentarias y al vino, ignoradas por sus respectivos cónyuges, y mantuvieron una relación (o más de una) extramatrimonial. Aunque el filme de Sofia Coppola resultaba infinitamente más interesante que la hoy planteada por su inversión de formas y el riesgo de su propuesta.
Academicismo extremo
. Su apuesta se sustenta en una exquisita dirección artística, unos magníficos ropajes, y una excelente partitura de Rachel Portman, habitual compositora de filmes de esta índole, que traduce a la perfección milimétrica tanto la alegría de vivir como la desdicha del corazón de la joven duquesa. En este sentido, la tendencia decorativista y el horror vacui convergen en una ambientación obsesiva que se preocupa de la recreación minuciosamente cuidada de la época georgiana. No en vano obtuvo el Oscar al mejor vestuario en la pasada edición.
Pero sus méritos técnicos funcionan en detrimento absoluto del melodrama. Su historia se ve lastrada por una narración farragosa. Sus personajes desfilan imbuidos en una posición acartonada. Los actores escarcean en un vacuo juego interpretativo. El dramatismo cae constantemente en la insuficiencia y en la banalidad. La emotividad se pierde en la reconstrucción de un tiempo pretérito. Y la falta de implicación de Dibb se traduce en una debilidad que aleja al patio de butacas de la empatía.
La duquesa insiste en demostrar que es un producto bellamente concebido pero también se empeña en manifestarse como un hueco ejercicio de estilo sin la habilidad de arrastrar al espectador en esa espiral destructiva de sentimientos que se pretende en sus inicios. Tampoco las intrigas palaciegas ni los dimes y diretes de la alta sociedad poseen suficiente enjundia como para lograr alzar el vuelo de este rígido aparato, donde además, el reparto anda perdido, con un evidente desinterés.
Después de convertirse en la musa del director Joe Wright en otros dos filmes -también de época, podríamos decir-, ambos de mayor envergadura a todos los níveles, Keira Knightley soporta aquí como puede el peso de tan soporífero biopic. Se encuentra secundada, por suerte, por la siempre inefable Charlotte Rampling, que aporta el toque veterano que tan bien resiste en cualquier obra. Ralph Fiennes, por el contrario, no logra cambiar su rostro durante las dos horas de metraje.
Queda claro, pues, que la maestría de otros cineastas, menesteres en la reverberación clasicista del llamado cine de época, no la encontramos en Saul Dibb -pensemos en James Ivory, o el nombrado Wright sin ir más lejos-. Una superlativa, cartesiana puesta en escena no siempre se corresponde con una sensibilidad compositiva adecuada. La historia se ve absorbida por la rutina expositiva y la conclusión se pierde en el estoicismo del camino.
