La gran belleza (4)

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El bello y crudo reflejo de la sociedad actual

la-gran-belleza-1¿Qué es la belleza? Si quisiéramos definirla a través de las palabras sería difícil cuanto prodigioso, debido al hecho de que ninguna definición coincide con una realidad demostrada. Esto porque la belleza disfruta de la posibilidad estética de manifestarse a través de los sentidos, únicos captadores de este valor tan aclamado por artistas y poetas de todos los tiempos.

Sin embargo, el cine aprovecha del don intrínseco de su propia naturaleza para revelar la belleza en el sentido más antiguo de dilecto y catarsis, a través de obras maestras que a veces no resulta fácil describir.

Es el caso de La gran belleza, majestosa y frágil película del director italiano Paolo Sorrentino, que después del El Divo y This must be the place, vuelve al panorama internacional con esta perla del cine italiano.

Presentada al Festival de Cannes del 2013, ha sido designada como película italiana representante para los Oscar de este año, además de haber recibido numerosos premios en otros festivales a nivel mundial. No se trata de elogiar por premios recibidos o reconocimientos, sino más bien de presentar como se merece, una señora película.

Con un atento análisis del entorno social y estético, el director se concentra en la vida de un hombre, Jep Gambardella (Tony Servillo), protagonista absoluto del filme, al que desde el principio le cuesta reconocer su identidad, sus valores, sus principios. Toda su vida se desarrolla alrededor de la mundanidad, entendida como apertura al mundo y a la gente, disfrutando de las fiestas que en su trasfondo nostálgico Roma le ofrece, único desahogo e interés de su vida.

En un escuálido cuadro de personajes y frases hechas que acompañan sus discursos de viejos intelectuales decaídos, Jep parece buscar continuamente algo que le pertenece y que no encuentra en el estado presente de hombre artefacto y plasmado por una sociedad básicamente centrada en la apariencia.

Vive con el complejo de no haber podido volver a escribir otro libro, después del único que le habían publicado e intenta placar este malcontento con su actividad de periodista de crónica rosa y crítico teatral, ocupaciones que le permiten vivir de manera distinta y  sofisticada dentro de una bola de falsos amigos y falsos principios.

Sí, porque en esta atmosfera lujuriosa y pomposa, los personajes se empeñan en demostrar que sus vidas tienen un sentido, un sentido que buscan en los sentimientos, las emociones, los logros profesionales y amorosos, en la altura intelectual que todos parecen enorgullecerse de poseer. En realidad los personajes se fragmentan paso a paso, poco a poco, como cenizas en un fuego ardiente, hasta volverse polvo, porque esencialmente nada de lo que poseen es lo bastante consistente para quedarse vivo, para llegar a ser auténtico.

La búsqueda de la autenticidad de cada uno de ellos se plasma y se reconoce en la figura del protagonista, Jep, que desde la religión hasta la amistad, el amor y el trabajo, siempre se ha acercado sin una finalidad verdadera, sin un significado real, sino sólo para sentirse mejor, para decorar aún más su persona bella y con la justa actitud hacia la vida. Todos parecen haber logrado algo único, pero en realidad esa autenticidad no le pertenece a nadie, porque continuamente chocan contra su propia imagen de cristal: el miedo de descubrirse perdedores es algo que asusta y corroe.

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El espacio físico de los acontecimientos es Roma, ciudad de grandeza artística y humana, de un valor histórico sin igual, trasfondo escénico de su misma fragilidad, que se refleja en los hombres de esta historia, escuálidos emblemas de una rica burguesía hipócrita y perdedora. Terrazas y panoramas, fiestas y expresiones grotescas, caracteres que recuerdan La dolce vita, parecen homenajear al gran Fellini, de un cine sin tiempo y de cualquier espacio.

La eterna Roma, que así eternamente representa el espacio universal de la sociedad moderna europea que invade e irrumpe en los cascos antiguos de las viejas ciudades, envolviéndolas en puestas en escena de espectáculos a veces horripilantes, es el lugar de un momento presente pero no especificado. Todo recuerda a un Fellini que nos contaba en sus películas el eterno y el universal.

El espacio y el tiempo de siempre con sus personajes desilusionados y típicos, son hombres vacíos que con esfuerzos intentan hablar bien, hacer todo como si fuera perfecto, en un continuo intento de hacer las cosa bellas, en el sentido más estético del término. Son personajes decadentes que se mueven en un espacio-tiempo consumido por la falta de contenidos y de valores, que nadie ya sabe cuáles son y si siguen existiendo.

En principio el espectador se puede encontrar absolutamente perdido entre las divagaciones intelectuales, la música, las fiestas, las mujeres guapas y el ambiente pomposo. Justo cuando Jep se encuentra solo, cuando se separa del entorno que le rodea, allí es cuando entramos en su intimidad, en la parte más verdadera de su personalidad: gracias a un montaje que alterna imágenes presentes y pasadas, con flash-backs que se confunden entre sueño y realidad, con escenas desenfocadas por el paso del tiempo, descubrimos lo que Jep lleva dentro. Como todos los personajes que tienen algún remordimiento, él también tiene el suyo. Un melancólico recuerdo que le acercará a su interioridad, permitiéndole quizás de desbloquearse y de descubrir que esta belleza que tanto se propone de conseguir cotidianamente otra cosa no es que su íntima autenticidad.

Un estilo sofisticado y puro, una historia movida por los hilos de la estética en la espléndida forma de sus escenas, es un cuadro de la sociedad italiana actual, cutre y corrupta, pero siempre externamente impecable y perfecta. Y es esta gran belleza que el bel paese celebra, en realidad es un amaso de columnas deterioradas de una autenticidad desafortunadamente y tristemente perdida.

Escribe Serena Russo

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