Sobre la homosexualidad femenina en el islam

Lo peor que le puede pasar a una persona queer es que todos a su alrededor le digan que es gay antes de que ella misma lo haya aceptado. Especialmente durante la adolescencia, cuando apenas se tiene una idea clara de quién se es, y mucho menos de cuál es la sexualidad que se desvía de la heterosexualidad, ni sus consecuencias psicológicas y sociales.
La cineasta franco-tunecina-argelina Hafsia Herzi, actriz convertida en directora, dirige su cuarto largometraje y desvela este fenómeno, narrado con gran emotividad, aunque a veces con un ritmo medio lento.
La trama sigue a una futbolista musulmana, Fátima (sorprendente debutante Nadia Melliti) a lo largo de cinco estaciones (desde la primavera de un año hasta la del año siguiente), mientras experimenta el amor lésbico por primera vez, y cómo la sexualidad que poco a poco llega a afirmar y comprender, choca frontalmente con el dogma religioso del islam en el que fue criada.
En el centro tenemos un romance turbulento con la estudiante de medicina Ji-Na (magnífica Park Ji-min), la primera pareja femenina de Fátima. Es una relación primeriza que, al no prever las consecuencias ni las neurosis de la otra, no termina bien; aunque luego se rectifique.
Titulada en francés La Petite Dernière, hace referencia a que Fátima es la menor y la última en nacer de entre sus hermanos. Esta película de Herzi comienza con Fátima lavando sus brazos morenos y musculosos y preparándose para la llamada a la oración de las 5 de la mañana en el islam, con el hiyab completo.
Es una actividad que ha convertido en algo privado, ya que los demás aspectos de la vida diaria de Fátima se asemejan a cualquier muchacha de la vida occidental. A pesar de comenzar con la ablución, la joven está lejos de ser dogmática.
A sus diecisiete años, Fátima cursa su último año de bachillerato, preparándose para sus estudios universitarios en París. Participa en las típicas charlas escolares, fuma con sus compañeros y habla de sexo en el instituto al que asiste donde se lee el clásico victoriano de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray, nada menos.
Fátima lleva una vida bastante occidentalizada, incluso con su bulliciosa familia en casa, que ha adoptado las costumbres francesas sin perder las raíces de su herencia inmigrante argelina.
Resulta natural y refrescante que la familia de Fátima no sea especialmente dura, desconfiada ni estricta, aunque en una reveladora conversación al final de la película, la madre le previene de peligros diversos, incluidos los sexuales, en la calle. Pero la chica responde: «Yo les pegaré», poniendo de manifiesto una voluntad y una presencia física imponentes; incluso, parece delatar a algunos compañeros que podría ser lesbiana.
Fatima crea un vínculo con una figura maternal, quien le habla sobre el sexo anal y le abre la puerta a las posibilidades del mundo queer que la espera. Durante el verano, se siente atraída por Ji-Na, estudiante de medicina coreano-francesa, en un curso preparatorio.
Su encuentro, inicialmente explosivo, resulta ser desastroso, no el tipo de relación que sienta las bases para futuros encuentros. Tras una noche aparentemente encantadora juntas que no escatima los sonidos y sensaciones de un primer beso queer, Fatima sale de la habitación de Ji-Na y la encuentra confusa. Hay marihuana y benzodiacepinas, y Ji-Na le dice a Fatima que se vaya e insinúa alguna forma de trastorno mental incapacitante que había mantenido a raya hasta entonces.
Adaptando la novela autoficción The Last Onem de Fatima Daas, la película de Herzi se esfuerza por demostrar que el romance de Fatima con Ji-Na fue una aventura apasionada e inolvidable.

Cuando Ji-Na reaparece en uno de los capítulos posteriores de la película, suplicando la reconciliación y pidiendo volver, la cosa de nuevo se hace intensa, lo cual no resulta del todo creíble. Es una vuelta al amor lésbico intenso en un parque público, que también resulta chocante.
Hay una secuencia conmovedora que muestra a Fátima, en plena adolescencia universitaria, en la oficina de un imán, a quien le cuenta su problemática como si fuera de una amiga. El imán le recuerda que la homosexualidad es un pecado en el islam. Aunque quizás el sexo lésbico sea menos pecaminoso, ya que se trata solo de caricias y no de penetración, como los hombres. Curioso. Pero el clérigo se cierra en banda y ella no recibe la mínima comprensión.
La actuación reveladora de Melliti es sorprendentemente contenida, pero nunca emocionalmente inescrutable. La cámara de Jérémie Attard se detiene en el rostro de la actriz en momentos silenciosos donde se desliza entre lágrimas ante la amenaza inminente e imparable de que su propia represión (religiosa, autoimpuesta o de otro tipo) se desate.
La división de la película en cinco capítulos (el último, ambientado en otra primavera, es el más impactante y efectivo) puede generar una narrativa desequilibrada donde ciertos hitos de la transición a la adultez se enfatizan por encima de otros que merecen mayor atención.
Pero sin duda, Melliti y Herzi logran una alquimia singular entre actriz y directora al contar la historia de otra persona, una historia que, en cierto modo, también refleja la suya propia.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Filmin