De nuevo, un giro sorprendente

Con cierto retraso respecto a su estreno en cines, recuperamos el análisis de la segunda parte de La huérfana, aquel atractivo filme de Jaume Collet-Serra cuyo giro final dejó estupefactos a muchos espectadores.
La huérfana, más allá de su sorpresa final (de las pocas sorpresas reales en la última década), era una muestra más del trabajo en Estados Unidos de un brillante artesano como Collet-Serra, sobre todo en sus colaboraciones con Liam Neeson (Sin identidad, Sin escalas, Una noche para sobrevivir y El pasajero), aunque este cronista prefiere Infierno azul, probablemente el mejor título sobre la amenaza de un escualo desde que Spielberg nos inyectó el temor al baño con el primer Tiburón (1975).
Retrasado su estreno en alguna ocasión y con cambio de título (de La huérfana 2: El origen a La huérfana: Primer asesinato), los síntomas apuntaban a que esta nueva entrega no cumplía las expectativas de la primera e iría directa al streaming (lo que hace unas décadas se llamaba «directo a vídeo»).
Algo lógico si tenemos en cuenta que, a pesar de ser una precuela (es decir, la acción transcurre antes que el filme seminal), la sorpresa ya no existe: el giro final de la primera es irrepetible.
O sea, ya sabemos cuál es el secreto de esta huerfanita… y, tratándose de un título de terror, podemos imaginar fácilmente a qué se dedica. Van a tener que hilar fino los autores si quieren volver a sorprender al espectador.
Vista La huérfana: Primer asesinato (no cabe el spoiler: el título lo deja claro) todos los temores se cumplen punto por punto. Salvo uno…
No estamos ante un filme despreciable: pese a la presunta ausencia de sorpresas, aguanta el tipo gracias a una cuidada puesta en escena, a un guion que no pierde el tiempo con intentos de «innovar» en el comportamiento de la protagonista y a unos intérpretes que cumplen con solvencia.
Durante la primera media hora, la película se mueve entre el intento de crear una trama seria, con sus momentos de tensión y sin fisuras en la historia… aunque sorpresas, desde luego no las hay.
Así las cosas, el primer tercio de la película resulta hasta cierto punto previsible: nuestra huérfana se mueve en un orfanato del Este de Europa hasta que finalmente planea escapar y hacerse pasar por una niña desaparecida hace cuatro años, para lo que se viste y se corta el pelo de forma muy similar a los carteles donde se pide ayuda para localizar a la desaparecida.
Sorteados los trámites burocráticos, la familia recupera a «su hija», aunque los espectadores sabemos que en realidad es «nuestra huerfanita». Todos felices a casa. ¿Felices…?
Hasta aquí, una secuela poco prometedora, más bien rutinaria.
Eso sí, el hermano mayor de la niña desaparecida apunta cierto distanciamiento respecto a la pequeña. Algo por otro lado normal en todas las familias. Aunque… ¿hay algo más?
Y llega el sorprendente «giro» en la trama. No podemos desvelarlo, lógicamente. Digamos simplemente que es un punto de giro a la altura de La huérfana original.
Si la huerfanita no es desde luego la hija amable que todos esperaban, tampoco algunos miembros de su nueva familia son precisamente modélicos. También guardan sus secretos.
Por momentos, asistimos a una reedición de La guerra de los Rose: ¿recordáis a Danny De Vito y Kathleen Turner resolviendo con contundencia sus pequeños problemas familiares?

Entramos en la parte central con una guerra abierta dentro del clan familiar. Sin duda, los momentos más interesantes de esta secuela. Una guerra sintética, que no ocupa demasiado metraje, pero que cambia los esquemas preestablecidos por el espectador. Y la tensión funciona con eficacia. Son los mejores momentos de la función.
No se alarga mucho este clima de suspense, esta discusión «intrafamiliar». Apenas varias escenas. Inolvidables, eso sí. Los amantes de lo políticamente correcto mejor que se abstengan de ver la película. No les va a entusiasmar.
Y pocos minutos después, sin apenas tiempo para asumir que lo de «la familia unida jamás será vencida» es solo una leyenda urbana… llega el desenlace.
Quizá es demasiado precipitado. Apenas tenemos tiempo para reencuadrar en su nuevo papel a los protagonistas. Mejor. La reflexión excesiva no ayuda a la película. Si uno llega «al fondo» quizá el «agujero» de guion arruine la función.
Sin desvelar más de lo preciso, digamos que el desenlace afecta a todos los miembros de la nueva familia: padre, madre, hijo mayor e hija menor. Cada uno guarda sus secretos… y más de uno acaba llevándose ese secreto a la tumba. Literalmente.
Resta interés a la película la precipitada resolución del clímax, rodado con una falta de tensión que subraya una vez más la diferencia entre un hábil artesano como Jaume Collet-Serra y el director William Brent-Bell, del que no conocíamos casi nada hasta hoy, aunque es un habitual en el cine de terror, como avalan Sobreviviendo (2006), El niño (2016) y Oscura separación (2021).
Si finalizara directamente con el clímax, la película dejaría un regusto discreto: vale, traspasa lo políticamente correcto, sorprende con los secretos familiares, pero no tiene un final redondo.

Aunque, afortunadamente, aún quedan dos momentos que merecen la pena y elevan el cierre de la función.
Por un lado, la imagen de la huérfana moviéndose por un pasillo rodeada de llamas, una escena que habría firmado encantado el primer Brian De Palma, aquel que rodó Carrie. La huérfana que sobrevive a la destrucción de ese hogar es una imagen transgresora, no exenta de un simbolismo evidente: sale del infierno. Literalmente. ¿Recordáis el susto final de Carrie, con la mano que sale de las cenizas tras arder la casa, mientras leemos en un cartel «Carrie White yace en el infierno»? Ya lo decíamos, De Palma estaría encantado con este final… aunque no esperéis una copia de aquel susto. No hay plagio.
Por otro lado, sí hay plagio en el otro gran momento, en la última imagen del filme: un plano único que nos acerca al rostro de la protagonista para finalizar con una sonrisa al espectador. Un travelling magnífico que solo tiene un problema: ya lo había filmado en 1960 un tal Hitchcock en el final de su extraordinaria Psicosis. No es original, pero está bien filmado.
Puestos a destacar, aún podemos encontrar dos atractivas ideas que merece la pena subrayar.
Primera, la profesión del padre: un pintor que muestra unos cuadros agradables a la luz del día, pero que al iluminarlos con luz negra ofrecen una imagen bien distinta. Las dos caras del mismo personaje, uno de los temas sobre los que navega el filme. Un apunte sobre la dualidad de los personajes que, afortunadamente, no está subrayado con «brocha gorda».
Y segunda, precisamente una doble imagen también se muestra en el momento en que la familia se reencuentra con «su hija»: vemos las dos caras de Esther, la huérfana, una real y otra reflejada en el piano que está tocando. También ella tiene dos caras. No hacen falta más explicaciones.

Y, para finalizar, a nivel interpretativo también tenemos dos personajes que merece la pena destacar.
La madre: Julia Stiles da un giro a su habitual papel de niña mona y bien. Y está muy convincente en su rol de madre que haría cualquier cosa por ayudar a sus hijos, que a fin de cuentas son sangre de su sangre. Insistimos… cualquier cosa.
La hija: del reparto nos quedamos también con Isabelle Fuhrman, la niña que rodó con doce años la original La huérfana… y que ahora repite con 23 años y casi el mismo aspecto infantil y angelical. Todo un desafío resuelto con elegancia y sin técnicas digitales. Pero aquí demuestra haber crecido como actriz. Inquietante.
Revisando los créditos, este cronista tiene la sensación de que estos hallazgos razonablemente originales probablemente se deban la productora responsable de las dos partes: algo de sensatez debe aportar la presencia de Dark Castle Entertainment a un género cada vez más repetitivo y fotocopiado. ¿Recordáis los inicios de esta marca especializada en cine de terror clásico? Robert Zemeckis y Joel Silver fueron sus creadores. Entre sus primeras producciones se encuentran La casa de cera y La huérfana, los dos primeros éxitos de Jaume Collet-Serra.
Se agradece cierta frescura y originalidad, además de un tratamiento «clásico» del cine de terror, alejado de efectismos y digitalizaciones innecesarias.
Escribe Mr. Kaplan | Fotos Diamond Films