El mito se actualiza

El mundo del antiguo Egipto siempre ha causado fascinación en el intelecto de gran parte de la sociedad de todas las épocas. El universo cinematográfico no podía ser menos y ha sabido trasladar ese fervor a la gran pantalla con maestría.
Producciones sobre la civilización de los faraones han llegado a la cartelera con mayor o menor fortuna, pero son aquellas que han tratado el tema desde una vertiente terrorífica las que más han marcado a los espectadores.
La original, y la que inició el camino a seguir, fue la mítica versión de La momia (1932), interpretada por el legendario Boris Karloff. El film, estrenado bajo el sello de Universal Pictures, es considerado un referente y una obra fundamental para entender el mito de las momias como arquetipo de terror en la cultura mundial.
Después de este primer lanzamiento —el ya citado «inicio del mito»— vendrían diferentes entregas y versiones con acogidas dispares entre crítica y audiencia: desde las secuelas de la propia Universal, pasando por la magnífica visión protagonizada por Christopher Lee, la taquillera trilogía de Brendan Fraser o el intento de resurgimiento frustrado a cargo del carismático Tom Cruise.
¿Qué hace diferente esta versión?
La acción en esta entrega se inicia en el desierto egipcio —y, hasta aquí, toda coincidencia con producciones anteriores sobre momias—, porque esta versión de Lee Cronin, director de Posesión infernal: El despertar (2023), es una auténtica obra de terror perturbadora y visceral. Resulta más cercana a El exorcista (1973) que a sus predecesoras, en las que primaban la aventura y la acción.
La historia pone el foco en la familia de la joven Katie, quien desaparece durante un viaje a Egipto. Los padres, desolados, deben regresar a Estados Unidos tras una búsqueda infructuosa. Ocho años más tarde, reciben una llamada en la que la policía egipcia les comunica que su hija ha aparecido con vida dentro de un sarcófago de 3.000 años de antigüedad. Lo que debería haber sido un reencuentro lleno de felicidad se convierte en una inquietante pesadilla a medida que los suyos van descubriendo que lo que ha «vuelto» no es Katie, sino un ente maligno y aterrador.
Cronin dota a «su momia» de un espanto mucho más tangible, lo que confiere a la cinta ese aire incómodo. Traslada la acción, la angustia y la opresión a un ambiente cerrado y, en teoría seguro, como es el hogar familiar.
A pesar de ser un filme de terror, la película de forma metafórica ahonda en situaciones muy sensibles que pueden darse en ciertos núcleos familiares, como el drama que muchos hogares experimentan en casos de jóvenes rebeldes, ambientes disfuncionales o graves enfermedades que lastran las relaciones parentales por el estrés continuo que generan.
Ese recurso ya se nos mostró en la magnífica adaptación de El hombre invisible (2020), dirigidaporLeigh Whannell, donde, partiendo también de un monstruo clásico, se construye un relato sobre el maltrato y abuso dentro del núcleo doméstico.Esta idea es explotada de manera notable en La momia, donde toda la familia sufre de alguna manera el mal que aqueja a la protagonista.
El apartado técnico y la dirección son extraordinarios. No por tratarse de una propuesta de terror —género muy defenestrado históricamente— deja de ser meritorio en esta película. Lee Cronin otorga a la cinta una dirección magistral, potenciando a cada uno de los personajes, que aportan su personalidad ante el conflicto que les atormenta, desde los niños hasta figuras más secundarias como la agente egipcia.
Cabe destacar el trabajo actoral de Laia Costa como madre de la niña poseída, aportando ese contrapunto de compasión maternal incondicional ante cualquier vicisitud familiar, y, cómo no, absolutamente brillante resulta Natalie Grace, quien da vida a Katie, cuya interpretación se ha llegado a comparar con la de Linda Blair, la famosa niña de El exorcista.
El acompañamiento de una excelente fotografía, con una gama cromática oscura y fría, — como si estuviéramos constantemente inmersos en una neblina de arena—, unido a una banda sonora que genera una atmósfera inquietante y asfixiante, combinado todo con las grandes actuaciones anteriormente mencionadas, eleva esta propuesta de terror a futuro ícono del género.

La sombra de Sam Raimi es alargada
Es de sobra conocida la influencia de Sam Raimi en el cine de Lee Cronin. De hecho, el maestro del terror eligió a Cronin para dirigir una secuela de su franquicia Posesión infernal (1981), titulada Posesión infernal: El despertar (2023). El «aventajado alumno» no deja pasar la oportunidad de rendir homenaje a su mentor en esta cinta: la atmósfera asfixiante, la fotografía oscura y los efectos especiales con movimientos agresivos de cámara, junto a algunas escenas que son prácticamente calcadas de la cinta original, nos recuerdan constantemente su impronta.
El body horror, sello inconfundible de Raimi, es explotado en varias ocasiones por Cronin. La escena del escorpión o la «pedicura» de la momia son solo algunos ejemplos de los muchos que encontramos en esta adaptación; algunos de ellos se convertirán con los años en hitos del género. También es muy característico el recurso argumental de pequeñas pinceladas cómicas que, aunque extrañas en cintas de terror, son propias del estilo del autor, y aquí en La momia, no faltan y son muy reconocibles, funcionando como «válvulas de escape» tras escenas de alta intensidad gore.
A pesar de las similitudes comentadas con otras películas, La momia de Lee Cronin tiene también su personalidad propia. Hay que reconocerle el enfoque radicalmente distinto que aporta al mito: la combinación con el género de posesiones la enriquece en matices, fusionando el monstruo ancestral con un terror más moderno.
El punto flaco que muchas veces descuidan los directores en este tipo de género es el cierre inconcluso de los acontecimientos; esta cinta, sin embargo, lo logra satisfactoriamente. Una escena final con un uso brillante de una tormenta de arena —que evoca y nos recuerda que el mal provenía del desierto— junto a la posterior catarsis redentora de la familia, otorga al filme un desenlace redondo.

Detalles curiosos
El director ha confesado que la duración original de la película se acercaba a las cuatro horas, por lo que fue necesario un arduo trabajo de montaje en postproducción para dejarla en su metraje final —casi la mitad—, algo que en algunos cambios de escena se percibe, dando la sensación de que «algo» se ha perdido.
Es tal la influencia y los guiños de esta película a la franquicia Posesión infernal que incluso la protagonista de la secuela El despertar, Lily Sullivan, aparece en un cameo sorpresa, aunque está irreconocible.
La aportación española a la cinta es notable: desde la actriz coprotagonista, ganadora del Goya por Cinco lobitos (2022), Laia Costa, hasta los escenarios de rodaje que, simulando las arenas de Egipto, en realidad se grabaron casi todos en Almería.
Un recurso utilizado en otras producciones es mantener aislado, incluso a los propios compañeros de elenco, al actor o actriz caracterizado como «monstruo», el objetivo es provocar una fuerte impresión a la hora de grabar las escenas entre ellos y que esa impresión quede reflejada en el metraje; en esta ocasión el director mantuvo oculta a la actriz infantil Natalie Grace antes de filmar con el resto del reparto. Como anécdota, cuenta Laia Costa en alguna entrevista que fue tan impactante ver a la niña caracterizada que rompió a llorar en medio del set.
Escribe José María Morán | Fotos Warner Bros.