Bella y sorprendente película iraquí

Esta es la primera película iraquí en competir en Cannes y está dirigida por el realizador iraquí Hasan Hadi. No se estrenó en la competición principal del festival, sino en la sección Quincena de los Realizadores, que se celebra en paralelo, donde destacó como uno de los descubrimientos más interesantes de este año, incluso antes de ganar el Premio del Público de su sección y la prestigiosa Cámara de Oro en la ceremonia de clausura.
En noviembre de 2025, se anunció que Irak presentaba esta obra como su candidata oficial al Premio de la Academia a la Mejor Película Internacional.
Quiere decir esto que el filme es talentoso y ha tenido un distribuidor adecuado para convertirse en la primera película iraquí nominada al Óscar. Lo cual es llamativo viniendo de un país que apenas tiene salas de cine ni tradición cinematográfica.
Hadi escribe y dirige El pastel del presidente ambientado en el Irak de los años noventa bajo el régimen de Hussein, mientras se aferraba al poder durante un brutal período de sanciones económicas y bombardeos aéreos que provocaron escasez de alimentos y medicinas.
Hadi, entre otras cosas, fue becario del Sundance Lab 2022 y recibió el premio Sundance/NHK 2022, la beca SFFILM Rainin y la beca del Instituto de Cine de Doha por su ópera prima. Sin duda tiene un futuro prometedor.
Un poco de Historia
Aquellos años noventa fueron una época dura para el partido Baaz Árabe Socialista y el gobierno de Sadam, definido por su desastrosa invasión a Kuwait en 1990, el conflicto internacional de la Guerra del Golfo y una severa crisis humanitaria y económica provocada por sanciones internacionales.
En ese período se desarrolla la hermosa y tragicómica historia de Hadi, basada en sus propios recuerdos de infancia. La cinta arroja luz sobre una realidad más extraña que la ficción, sobre cómo era la vida bajo el gobierno del dictador Hussein.
Durante su tiránico régimen, cada año, los niños hacían una elección en las aulas del país para elegir quién debía cocinar un pastel de cumpleaños en honor al autócrata. A menudo, esta operación implicaba trabajar duro para costear, o incluso encontrar con dificultad, los ingredientes necesarios. Una familia a la que se le encomendó la tarea fracasó y fue arrastrada por las calles «como perros».
El director de fotografía Tudor Vladimir Panduru alza su cámara sobre marismas de una belleza desconcertante, donde la gente común busca comida en tiempos de escasez. Los padres de Lamia han fallecido (seguramente en la larga guerra contra Irán), por lo que es criada por su abuela, a quien llama Bibi (Waheed Thabet Khreibat).
En esta tierra donde los niños van a la escuela en canoa y los maestros son leales al Estado, como soldados, esta película se configura como un cuento de hadas contemporáneo, pero directo y poco alegórico.
El cuento… real
La historia de una niña de nueve años que sale elegida en su clase y se ve en la tesitura de reunir los ingredientes para el pastel de cumpleaños del presidente: harina, azúcar, huevos, levadura y otros que, o bien no había, o eran exageradamente caros.
Efectivamente, para Lamia (Banin Ahmad Nayef), que vive con su abuela Bibi en los tranquilos pantanos mesopotámicos de Irak, ser seleccionada supone un cambio radical en su vida, sobre todo teniendo en cuenta que su familia no puede permitirse gastos adicionales.

Lamia y su abuela —junto con su querido gallo Hindi— se dirigen a la ciudad en busca de los ingredientes, pero no tarda la niña en darse cuenta de que su abuela ha hecho el viaje con otras intenciones, así que, presa del pánico, sale corriendo a buscar los ingredientes por su cuenta.
La acompaña su mejor amigo y compañero, Saeed (Sajad Mohamad Qasem), a quien le han encargado en la Escuela recolectar fruta fresca para la celebración del cumpleaños.
Esta cinta es realmente una joya y un auténtico descubrimiento. Llamativo. Personalmente, aunque conocedor de la realidad de Irak, solo recuerdo, del cine iraquí, la desgarradora y profunda Las tortugas también vuelan (2004), de Bahman Ghobadi.
En este caso, la historia se centra en una pequeña que vive en la Mesopotamia con su abuela Bibi, una mujer independiente que, entre otras, le ha enseñado a Lamia cómo evitar ser elegida en la escuela. Sin embargo, la niña termina siendo la nominada y, por supuesto, no puede rechazar el honor.
A cuestas con su gallo Hindi, su mascota y compañero fiel, junto con la abuela emprenden el viaje a la gran ciudad, donde Lamia espera visitar el parque de atracciones. La sorpresa, sin embargo, es que Bibi, que es ya una mujer mayor, con dificultades de salud y de locomoción, se ve incapaz de mantener a su nieta. Es por lo que aprovecha el viaje para dejar a Lamia a unos familiares.
La huida
Pero cuando la niña se entera de cuál es el plan de la abuela, huye y emprende una aventura que cambiará su vida, y también la de su gallo talismán. En su huida, Lamia se reencuentra con Saeed, que está robando carteras en un parque temático con su padre, mientras Bibi corre frenéticamente por una ciudad que, de alguna manera, conoce bastante bien, grita a la policía y los viandantes para que tomen en serio el caso de la su nieta desaparecida.
Enloquecida y angustiada, la abuela denuncia la pérdida de la niña, no sin las dificultades de unos agentes de policía indolentes y sin ganas de trabajar. Lamia está ahora siendo perseguida por las autoridades y sus únicos parientes lejanos, aunque la niña está acompañada y ayudada por Saeed.
Con valentía logra eludir a sus perseguidores, conseguir el material para el pastel y llegar al parque de diversiones, todo eso con Hindi a cuestas. Mucho sucede en el camino, tanto penalidades como fortunas, mientras la película de Hadi nos lleva a una aventura que ni Lamia ni los espectadores olvidarán fácilmente.
Además, las personas con las que se encuentran los protagonistas son, por turnos, amables, crueles, intrigantes y oportunistas, pero los niños —y su gallo— abordan cada interacción con una inocencia que, con cada encuentro, se asemeja más a la integridad y la fortaleza interior.

La guerra y otros
Pero la aventura, los azares e inconvenientes, en última instancia no borran la realidad de que estamos en un país en guerra y bajo los severos apremios del presidente americano George H. W. Bush, como represalia las a las locas veleidades expansionistas iraquíes.
Aunque se trata de una película pequeña, centrada en un modesto caso humano, adquiere una relevancia adicional pues muestra la vida bajo una autocracia donde el líder espera lealtad absoluta, incluso en lo que respecta a sus pasteles de cumpleaños.
Un Saddan Hussein omnipresente, su foto en todas partes, un sujeto cegado de poder y autocomplacencia, un ser digno de estudio, como otros de su ralea, con un partido Baas que fue casi una religión.
Reparto (infantil, sobre todo)
Lamia, precoz, ingeniosa y perspicaz, cobra vida gracias a la interpretación de Banin Ahmad Nayef; la joven actriz sostiene la película con su espíritu tenaz y cada vez más desesperado. A través de su historia, la película presenta una sombría ironía cómica sobre vivir bajo un régimen despótico.
Por momentos se desea que la representación de ese sistema sea correcta o históricamente precisa. Sin embargo, la película de Hadi se mantiene en un delicado equilibrio de inusuales cambios de tono.
La carrera contrarreloj de Lamia a través de la vida urbana, resultado de haber recibido el «honor» de hornear el pastel de Saddam, sería divertida si no fuera tan trágicamente real.
Nayef, encargada de aparecer en pantalla casi toda la película, es como actriz infantil un verdadero descubrimiento que cautiva de principio a fin. Es el alma de la historia. El niño Sajad Mohamad también está extraordinario y abierto a la atenta cámara, al igual que el reparto de los demás papeles, incluyendo la veterana Waheed Thabet Khreibat como la abuela.

Lecturas ideológicas y calidad técnica
La evolución de la historia tiene una emotividad importante, realzada por los ritmos fluidos y las rápidas y abiertas florituras de los instrumentos de cuerda tradicionales en la banda sonora, así como por la decisión de Hadi de filmar en exteriores en Irak; ya sea capturando antiguos humedales o calles de la ciudad, o el hecho de mantener un enfoque íntimo en los jóvenes intérpretes, dando vida a las texturas vibrantes y bulliciosas del entorno.
Para ser una ópera prima, esta película está bastante lograda en todos los aspectos. A pesar de algunas escenas oscuras con fuertes implicaciones —como la de un carnicero que al principio parece amigable, pero que resulta ser un pedófilo—, la obra tiene un toque casi jocoso.
Esto puede ser admirable, aunque solo sea porque Hadi se esfuerza por evitar caer en la trampa del oportunismo que podría haber derivado en un cliché.
La cosa es que resulta difícil definir cuál es el propósito de todo esto, si no es complacer al occidental de buena conciencia que prefiere culpar de la inestabilidad de Oriente Medio a un tirano en particular, antes que a la evidente complicidad de las potencias occidentales.
Hadi deja entrever la constante presencia estadounidense en la región, sobre todo en los impactantes momentos finales de la película. El problema de la representación de Hadi de la historia reciente es que parece olvidar las culpas colectivas que han hecho que Irak nunca se haya recuperado.
Sin este conocimiento, este pastel del presidente bien puede ser un retrato disfrutable del heroísmo y la resiliencia juveniles. Aunque al final, la película deviene en pastel insípido e incluso amargo.
Sin ánimo de revelar detalles, solo puedo decir que las imágenes finales de la película son epatantes, pueden dar hasta miedo y se quedan en la retina durante días.
Escribe Enrique Fernández Lópiz | Fotos Atalante