La casa de los Jauregui

En una de las cuñas publicitarias que circulan por las redes sociales, Urko Olozabal, el actor que encarna a Sabas Jauregui, afirma, como reclamo, que la película es un western, como si tal etiqueta genérica tuviese una connotación positiva. Y si aceptamos tal adscripción, la película se insertaría dentro del apartado de westerns estáticos, al modo de La Ilíada, en contraposición a aquellos westerns itinerantes, emuladores del nomadismo de La Odisea.
También aceptamos el carácter positivo de la película, porque es una buena película, en la corriente por la que navegó la preterida Los domingos (Alauda Ruiz de Azúa, 2025). Ambas se incardinan en el subgénero de películas de la España multilingüe; productos elaborados en la periferia y en lenguas diferentes al castellano-español centralista.
En fin, para algo deben de haber servido las diferentes normalizaciones lingüísticas emprendidas desde los años ochenta del siglo pasado en las autonomías-nacionalidades históricas con lengua propia.
Tanto Los domingos como estas Las ciegas hormigas son cine vasco, especialmente esta última, pues el euskera es la lengua que se utiliza durante casi el 75 % del metraje. Y si la lengua ofrece una cosmovisión particular del entorno, esta cinta es la ratificación de dicho aserto. Porque lo que aquí se canaliza a través de las imágenes es la cosmovisión que sobre sí mismo ha erigido el pueblo vasco en su apartado más nacionalista e independentista: un pueblo formado por gentes honradas, trabajadoras, taciturnas, parcas de gestos y de palabras, fieles a la palabra dada, duros, resistentes, graníticos, rudos e, incluso, ásperos.
Y si son así, es porque el territorio que habitan también lo es, una geografía abrupta, hosca y apartada que los ha preservado, a lo largo de los siglos, de invasiones y de tener que hacer mudanzas en sus costumbres. Un tamiz antropológico, un aroma a fuego de aldea y de caserío (esa irreductible aldea gala como remedo irónico) impregna toda la acción. Un retrato no solo del país, sino también del paisaje y del paisanaje.
El estatismo, la ubicuidad constitutiva antes mencionada, hacen acto de presencia desde el arranque, con ese plano cenital de unos escarpados acantilados y de una costa agreste, embestida inclementemente por las furiosas aguas de un embravecido mar Cantábrico. Esa fragancia de primitivismo nos emparenta con lo irlandés, con ese paisaje inhóspito y paupérrimo que tantas veces el cine ha reflejado. Ese hermanamiento vasco-irlandés ha gozado de gran predicamento no sólo etnográfico, sino político, durante el último siglo, con las funestas y violentas consecuencias por todos sabidas (y padecidas).
El protagonismo de la narración recae sobre un clan familiar: los Jauregui, quienes habitan un caserío de cuya explotación agropecuaria sobreviven malamente. Una familia cuya férula sostiene una mujer, la madre, cuya fortaleza de carácter arrambla incluso con su aguerrido y resistente marido, el Sabas citado. Cinco hijos más la abuela constituyen este núcleo familiar, cuya fortaleza reside, en último término, en la unidad frente a la hostilidad externa, tanto la telúrica como la humana.
Una noche infernal, con una tormenta pavorosa, será el detonante de toda la funesta acción. En medio de un diluvio, con el mar encrespado, un buque de carga encalla en las costas. Sus bodegas están repletas de carbón, del carbón que alimenta los Altos Hornos de Vizcaya, una de las siderurgias más importantes de Europa en la década de los años 30 del siglo XX, época en la que se sitúa el argumento.
Lo nuevo, la industrialización expansiva y rampante aparece como una amenaza velada para la continuidad perenne de ese modo de vida asociado al solar primigenio, casi genesíaco. Ramiro Pinilla, autor en cuyo libro se basa el guion, trató el tema recurrentemente en su obra literaria, recogiendo el testigo de Baroja, al que añadió una conciencia de clase que don Pío nunca hubiese admitido.
Y esa conciencia la película la recoge, la plasma y la exhibe orgullosamente, haciendo ostentación de su postura de izquierdas, sin que ello sea óbice para el desarrollo autónomo y coherente del guion, pues la ideología es una consecuencia de lo narrado y no una premisa impuesta. No es una película de tesis, aunque la tiene. Los personajes son humanos y contradictorios, nunca caracterizados con un simple brochazo. Son complejos en su aparente sencillez y simplicidad. No se distribuyen maniqueamente, sino que todos tienen su razón de ser y de actuar. Incluso cuando se equivocan sus errores responden a su condición humana.

No son comparsas de los hilos de un director resabiado que pretenda ilustrarnos con su didactismo y su pedagogía pedante (para eso ya están los javis y los sorogoyen de turno), sino personas de carne y hueso con quienes compartimos sus desdichas, su dolor, su tragedia. También su alegría y su esperanza.
Para retratarlos ampliamente, se conjugan los planos generales con los primeros planos; los planos exteriores con el resplandor íntimo que brota del fuego del hogar y que proporciona la calidez necesaria para sobrevivir, para vivir. Este es el macguffin: la energía, ese carbón industrial que es necesario ya para cocinar, ya para calentarse, ya para alumbrarse… y cuyo saqueo, expolio, provoca el conflicto, genera la tragedia.
Esa noche intempestiva y ese barco varado propician que de su vientre se desparrame la fuerza calorífica que los lugareños necesitan. A su explotación y recogida se precipitan todos los vecinos, con todos sus medios a su alcance, en una competencia feroz e indiscriminada. Este furor propiciará la desgracia: uno de los hijos de Sabas, Fermín, el cual padece cierta discapacidad por problemas en el parto, será engullido por ese atroz acantilado y morirá. Un descuido en el alumbramiento del sendero; una señalización equivocada por parte de su tío, el alcohólico Pedro, ocasionan su precipitación. Una víctima, un chivo expiatorio que no detendrá el objetivo primordial: avituallarse de carbón.
Para evitar ser detectados por los carabineros (policía de aduanas, fiscal), Sabas impone retrasar el entierro de Fermín, a lo que la madre se niega, amparada en una tradición atávica, en una liturgia y en un ritual inmemoriales. El padre hace valer su criterio y su autoridad, ante el rencor sobrevenido y contenido a duras penas de la esposa, de la inconsolable madre. Para más inri, la sagacidad del teniente García, el oficial de carabineros, consigue requisar todo el carbón de los vecinos de los Jauregui. Sólo la mayor sagacidad de Sabas retiene el suyo frente a las pesquisas policiales.
Los vecinos sospechan de un trato ominoso entre Sabas y la policía, de una traición, de una corrupción. Exigen a Sabas que comparta su botín. Este se niega. La horda se encara con el supuesto Judas. El linchamiento es abortado por el teniente García, avisado por Isma, el benjamín de los Jauregui.

El castellano como lengua extranjera, foránea, frente al vasco omnímodo, hace acto de presencia con la aparición del funcionario estatal, al que se le otorga un rol honrado, digno, sin convertirlo en un espantajo ni en un villano irredento. Al contrario, es un hombre razonable, ecuánime, justo. Pero es la ley y a ella se debe ceñir. Porque todos tenemos amos, y el teniente también los tiene. Nunca usará la violencia. Siempre trabajará con la observación y la perspicacia, en un juego del gato y el ratón con Sabas que este nunca podrá ganar.
Nerea, la hija pequeña, no tiene más afán que salvar la camada de gatitos, condenados a ser sacrificados por la matriarca, impasible ante los ruegos de su hija. En una poética secuencia, Josefa, la madre herida, aprovechará dicho sacrifico para dar rienda suelta a todo el dolor que se le acumula en su alma por la muerte de su hijo Fermín. Un grito desgarrador pero callado, un silencio diegético, será el marco en el que explotará toda la angustia represada. La madre gatuna ha perecido en la sentina, en el sumidero en donde se han escondido los sacos de carbón.
Otro hijo de la familia, Bruno, ha desertado del servicio militar, plantándose en el caserío desde Burgos en medio de la infame noche tormentosa. Una joven, un amor fou un encoñamiento, es la causa de su deserción. Con el carbón robado, pretende conseguir los favores de esta, aun a costa de robárselo a su propia familia. La negativa de la muchacha precipitará su desgracia y posterior captura por la Guardia Civil, cuya actuación se sitúa dentro de los parámetros legales, sin hacer abuso de su autoridad, por mucho que nuestro imaginario, sobre todo el de los vascos, rebusque en el pasado situaciones análogas con desenlaces totalmente opuestos.
Será precisamente durante el entierro de Fermín, en el trayecto de la comitiva hacia el cementerio, cuando el teniente García se percate de la treta de Sabas para ocultar el carbón, y descubra el escondrijo. Tantos esfuerzos, tantas penalidades, tanto dolor y muerte para amasar unos sacos de carbón con los que poder vivir con más holgura, para nada. Bueno, sí, para denunciar entre líneas, entre fotogramas, las similitudes existentes entre ambas épocas, la actual y la de entonces, y para mostrarnos la dignidad con la que una familia se enfrenta a la adversidad sin perder nunca el norte, sin convertirse en unos canallas, sin corromperse.
Como en el lejano Oeste, la tierra vasca también es un territorio hostil cuya explotación se cobra un alto precio. El mantenimiento contra viento y marea de esa idiosincrasia propia, atávica, ancestral; el esfuerzo por conservar ese modus vivendi frente a los envites de la modernidad es la bandera que en última estancia se iza por encima de todos los peligros y acechanzas arrostrados.

Sin manipulaciones ni dobleces; sin giros de guion; sin una postura ni visión maniqueas y simplistas y reduccionistas. Equilibrando lo externo y material con lo íntimo y espiritual. Huyendo del sentimentalismo, pero apoyándose en la emoción tersa, contenida.
Una película comprometida: en primer lugar, consigo misma, con su propia dinámica interna. En segundo lugar, con la sociedad vasca y con la gente trabajadora, con el proletariado en general.
La penúltima secuencia, en la que Sabas y su pequeño Isma acuden al retén de los carabineros en cuyos almacenes se acumula el carbón incautado, presto a ser devuelto a sus propietarios de nuevo, formando dicho material unos montículos, unas acumulaciones de capital orgánico, toda una metáfora visual de apropiacionismo capitalista; dicha secuencia sella y ratifica la dignidad de los personajes, cuando se descalzan y de sus botas extraen unos pocos gramos más de carbón que depositan sobre la mesa del sorprendido y, tal vez, avergonzado, humillado, teniente.
Un plano general de la playa y de los acantilados iniciales, ahora a plena luz del día y con la claridad del sol, muestra el amor recíproco entre padre e hijo, conjurados a pescar una quimera, una fábula milenaria y fantástica, cuyo relato engarza y vincula una generación tras otra, mediante ese inaprensible Negro, una anguila mítica. Desde las iniciales secuencias nocturnas y fantasmales, escenificadas con los mimbres de una películas de terror en la que se intuye que lo funesto está a punto de materializarse, hasta este reposado, lírico final.
Una conclusión esperanzadora y reparadora del dolor al que hemos asistido, mientras una familia trabajadora resistía en su caserío el asedio de una modernidad que los acecha y de la que posiblemente no puedan zafarse en un futuro próximo, tan próximo que ya está aquí.
Escribe Juan Ramón Gabriel | Fotos Buenavista Cine