Las delicias del jardín (4)

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Colomo en esencia

«Las películas del mañana se parecerán a quien las haya rodado».
(François Truffaut)

A punto de convertirse en octogenario, Fernando Colomo ha realizado Las delicias del jardín, un filme que puede considerarse una síntesis creativa, original, de toda su trayectoria, y que en su vitalidad, humanismo y gracia nos devuelve a aquel magnífico Colomo de la segunda mitad de los 70 y la década de los 80.

El largometraje, con la notable ascendencia de Allen y Truffaut, supone un soplo de aire fresco, primaveral, lúdico, en el comienzo del otoño, y aunque mantiene las huellas de los citados maestros, Colomo rueda en Madrid, en su Madrid, y la problemática que padece el protagonista, Fermín, un veterano pintor abstracto, interpretado por el propio Colomo, carece de la trascendencia filosófica y existencialista de las películas de Truffaut y Allen.

Agobiado por las deudas, viviendo en un garaje que asimismo le sirve como estudio de pintura, solitario, dubitativo, Fermín decide adentrarse en un proyecto pictórico que ponga fin a sus penurias económicas.

Para completar su versión de El jardín de las delicias (1500-1505), del Bosco, Fermín buscará la ayuda de su hijo Pablo, a su vez pintor figurativo, encarnado por el propio hijo del cineasta, Pablo Colomo —de nuevo vida y arte, arte y vida, Allen, Truffaut—, y en esa relación entre el padre y el hijo, en esas secuencias donde el progenitor y el vástago ponen en común sus miedos y sus esperanzas, sus alegrías y sus tristezas, sus múltiples dudas y escasas certezas, radica buena parte del encanto de la película.

Entre ambos existe una extraordinaria complicidad, como si la relación real de los dos se hubiese trasladado a la pantalla. Si Las delicias del jardín consigue ser una brillante comedia es, sobre todo, porque hace reír, y verdaderamente nos reímos mucho durante el visionado (llevaba tiempo sin divertirme tanto en una sala de cine).

Y no es la risa por la risa, porque el humor no ahoga los temas esenciales del filme: el paso del tiempo, el cruce entre generaciones, la crítica artística, la búsqueda amorosa, el valor de la amistad. Al contrario, la dimensión humorística, como hiciera Wilder, fortalece el tratamiento dinámico y humanista de estas temáticas.

En el fondo, la tentativa de versionar la obra maestra de El Bosco es el pretexto para que Fermín y Pablo se conozcan mejor, pese a sus diferencias generacionales e idiosincráticas. Además de las formidables secuencias que comparten —prodigiosa la alucinógena visita al Museo del Prado—, Colomo emplea muy bien el montaje paralelo para reflejar las semejanzas de padre e hijo en sus torpes aventuras sentimentales.

El padre, separado. El hijo, desengañado por una ruptura. Ambos persiguen nuevas ilusiones que les devuelvan la alegría del pasado. La pretensión de naturalidad, de captar la vida en sus numerosos matices, se consigue, junto con los hilarantes diálogos, con la grabación por medio de teléfonos móviles. Esas imágenes inestables, rápidas, constatan la inestabilidad, la rapidez de sus vidas, tan parecidas y tan diferentes a las vidas de todos nosotros.

Siendo Colomo padre y Colomo hijo los verdaderos pilares de la película, debemos subrayar las notabilísimas interpretaciones de Carmen Machi y Antonio Resines. La primera, que da vida a Pepa, ex mujer de Fermín y marchante de su obra, nos regala momentos muy jocosos. Resines, por su parte, se mete en la piel del mejor amigo de Fermín, aquejado de problemas acústicos, y entre los dos nos ofrecen secuencias divertidísimas.

La tentativa de versionar la obra maestra de El Bosco es el pretexto para que Fermín y Pablo se conozcan mejor

Recordemos que en la vida real Colomo y Resines son amiguísimos, y que el intérprete cántabro ha sido fundamental en la filmografía del director madrileño. Otro puntal del largometraje lo hallamos en la música, a cargo de Fernando Furones, que firma una excelente partitura de jazz, en la línea de las piezas que suenan en los filmes de Allen, y la propia naturaleza jazzística de las composiciones incrementa el ritmo raudo, sorpresivo de Las delicias del jardín.

En un nuevo intento de llevar el arte a la vida, en la estela de la Nouvelle Vague, los propios músicos aparecen en dos ocasiones tocando los instrumentos de cuerda en la zona del paseo del Pintor Rosales, por donde Fermín camina hacia la cafetería donde ha quedado con Antonio.

En el filme de Colomo suenan otras creaciones diegéticas como No puedo vivir sin ti, de Los Ronaldos; o el aria O mio babbino caro, de Gianni Schicchi, de Puccini. Que en el largometraje se mezclen distintos estilos musicales, como la ópera, el pop-rock o el jazz da cuenta del enfoque libérrimo, desenfadado, del trabajo de Colomo, como también queda reflejado en la variedad conversacional del filme, donde se habla del socialismo y el liberalismo, de Pollock y Picasso, de antiguos y recientes amores, de drogas y nuevas tecnologías, toda una mezcolanza de temas, sonidos, enfoques y tratamientos que tanto nos recuerdan a las comedias de los 80 del mismo Colomo, de Trueba y de Cuerda.

El magistral cuadro de El Bosco también recogió hace más de cinco siglos la simbiosis de asuntos y tramas vitales, del placer al dolor, de la dicha al desencanto, de la sonrisa a las lágrimas. Fernando Colomo ha sintetizado en Las delicias del jardín —fijémonos en el ingenio del quiasmático título— algunas de sus claves cinematográficas en medio siglo de cine, y alejado de cualquier moralismo y pretenciosidad, nos brinda una comedia de altura que nos reconcilia con la vida.

«Todo arte es releer el arte».
(Rafael Chirbes)

Escribe Javier Herreros Martínez | Fotos Vértice 360