Una forma silenciosa de rebeldía

La revolución islámica de 1979 cercenó los sueños de millones de mujeres en Irán. Leer Lolita en Teherán (2024), de Eran Riklis, no profundiza en si la revolución era o no necesaria, y en qué términos, sino en sus consecuencias para las generaciones más jóvenes y para las mujeres, en particular, que sufrieron una amputación brutal de sus derechos y libertades y vieron alterada su vida de forma radical.
Basada en la obra homónima de Azar Nafisi, profesora, crítica literaria y escritora iraní, la película cuenta la experiencia personal como docente y mujer de la propia autora durante los años vividos en Teherán entre 1979 y 1997.
El 16 de enero de 1979 el sha Reza Pahlevi había abandonado Irán y quince días después, el 1 de febrero, volvía el ayatolá Jomeini del exilio para liderar la revolución e implantar, después de eliminar a todos sus adversarios, la república islámica de Irán.
Fue un período histórico de cambios tan crudos y abruptos en todos los ámbitos que, para cierto sector de la élite cultural, disidente del régimen, solo era posible soportar buscando refugio en la música, el cine, el teatro, el arte… y, en este caso concreto, en la literatura.
Cansada de las imposiciones y el acoso académico constante, Azar Nafisi junto a un grupo de siete jóvenes valientes se atrevieron a desafiar al régimen leyendo libros prohibidos como forma silenciosa de rebeldía y de reivindicación feminista contra la invisibilidad y la persecución/represión de las mujeres.
Premio del Público y Premio Especial del Jurado en el Roma Film Fest 2024, otorgado a todo el reparto de la película.
Autora y director
Azar Nafisi nació en Teherán en 1948 en una familia acomodada de intelectuales (catorce generaciones de hombres sabios y mujeres universitarias) que «menospreciaban la política con una cierta condescendencia rebelde», según palabras de la propia autora.
Cuando tenía 13 años, Azar fue enviada a estudiar en Inglaterra y más tarde a Estados Unidos donde vivió hasta su regreso a Irán en 1979. Entremedias solo había vuelto a su país cuando su padre, alcalde de Teherán (1961-1963), fue encarcelado durante el reinado del sha por una denuncia de tipo financiero.
A los diecisiete años se había casado por primera vez con un tipo celoso y arribista del que se divorció pronto. Volvió a casarse en el otoño de 1977 con Bijan Naderi, un ingeniero leal y apasionado al que conoció en un mitin estudiantil revolucionario que gritaba consignas contra los intereses norteamericanos en Irán.
Azar volvió a Irán en 1979 para enseñar literatura inglesa en la Universidad de Teherán y después en otras universidades (Allamed, Alzahra…), pero el clima de opresión y coacción constante del régimen islámico contra las mujeres (como la imposición del velo, que tanto le costó acatar) y las intromisiones en su tarea docente la hicieron abandonar la enseñanza e iniciar un seminario clandestino en 1995, con siete de sus exalumnas preferidas, para comentar novelas prohibidas por el régimen. Se autoexilió definitivamente a Estados Unidos en 1997. Desde 2008 también tiene la nacionalidad norteamericana.
Eran Rilkis (Jerusalén, 1954) es un cineasta israelí conocido por abordar la realidad social de las culturas de Oriente Medio. Creció en Estados Unidos, Canadá y Brasil. Apasionado por el cine desde los trece años, cuando cumplió veintiuno fue a estudiar cine a la escuela de Tel Aviv y más tarde a la National Film School de Beaconsfield, en Inglaterra donde se licenció en 1982. Actualmente vive en Tel Aviv.
Su película más conocida es Los limoneros (2008), la historia de una viuda palestina que protege sus árboles de su poderoso vecino israelí, que consiguió varios premios internacionales. Es autor también de La novia siria (2004), El viaje del director de recursos humanos (2010), Mis hijos (2014), Shelter (2017), La trampa de la araña (2019), etc. Hasta un total de 14 largometrajes, incluido el actual, además de varios cortos, series y documentales.
En 2009 Rilkis leyó el libro de Hafisi y sintió que podría ser una gran película, pero no fue hasta 2016 cuando contactó con la autora para hacerle la propuesta que ella aceptó. Se eligió a Marjorie David para adaptar el texto y a la actriz iraní Golshifteh Farahani para interpretar a la protagonista. Después de un largo período buscando financiación, a mediados de 2022, el proyecto salió adelante con la implicación, entre otras, de la productora italiana Minerva Pictures a quienes apasionó el proyecto desde el principio.
Eso tuvo mucho que ver con que el rodaje se realizara en Roma. El reto de recrear la Teherán de los años ochenta y noventa no fue fácil (localizaciones, vestuario, extras…), según el director, pero quedó satisfecho con el resultado. Eligió también rodar en farsi, a pesar de no conocerlo y de no ser un idioma fácil, para dar más autenticidad a la propuesta.
La película está pensada para un público global. Cuenta una historia de opresión y represión, que podría ocurrir en cualquier parte del planeta. En este caso centrada en un grupo de mujeres de los años ochenta y noventa durante la revolución islámica, con el fundamentalismo religioso como telón de fondo, pero podría ser la historia que se vive hoy en diversas partes del mundo donde los derechos de las mujeres se pisotean.

Las chicas de Azar
El argumento se articula en torno a la experiencia docente secreta que Azar emprende en el salón de su casa en Teherán, donde cada jueves por la mañana, durante dos años (1995-97), se dedica a leer libros de Nabokov, Fitzgerald, James y Austen, entre otros, junto a siete chicas de distinta clase, condición y formación. Elegidas, según la autora, por su mezcla de fragilidad y coraje, solitarias en cierta medida, sin afiliación política a ningún grupo o secta en particular, todas con gran interés, inteligencia y un amor infinito por la literatura.
La mezcla le salió bien a Azar, que siempre temió alguna traición, porque a pesar de sus diferencias religiosas e ideológicas la sororidad se impuso como forma de supervivencia en aquel mundo hostil. Crearon una hermandad literario-afectiva secreta, cómplice y transformadora para todas ellas, donde la ficción de las novelas que leían se imbricaba con su propia realidad.
La película no las retrata a todas, apenas conocemos por su nombre de dos de ellas, Sanaz y Nassrín. Pero más dibujadas están Azín, «la salvaje», con sus pendientes dorados y sus uñas pintadas de rojo; Manna, la poetisa, tímida y reservada; Mahshid, «la señora» que lleva velo por convicción, pero acaba perdiéndolo; Mitra, la pintora, tranquila y discreta; y Yassi, la más joven y la que más pájaros tiene en la cabeza.
Aquel salón era comparable a la «habitación propia» de Virginia Wolf, una especie de «país de las maravillas» donde se sentían libres para mostrarse y expresarse sin temor a ser insultadas, censuradas o detenidas. La lectura las transportaba a un mundo de ternura, inteligencia y belleza.
El aire de libertad se respiraba desde que entraban en aquel recinto «mágico» despojándose de sus velos y mantos impuestos y dejaban al descubierto su pelo, su ropa de color, su maquillaje… su cuerpo. Pero también sus sentimientos, sus miedos… y su sonrisa. A algunas les costó mucho dejar sus «corsés» de todo tipo atrás, pero al final lo lograron.
Si la película logra o no transparentar la intensidad con que vivieron esa experiencia es otra cosa. No siempre es lo suficientemente creativa para entender su asfixia, más allá de lo puramente explícito (maltrato policial, revueltas universitarias, encarcelamientos…), excepto en la secuencia donde Mitra dibuja una mujer encogida, encerrada en una espiral que la absorbe y la cámara se detiene en ella, lo suficiente, para transmitir su angustia existencial.

Obra y adaptación
Reading Lolita in Tehran: A memory in books, es una bibliomemoria, definida por Joan Didion como, «una subespecie literaria que mezcla la crítica y la biografía con el tono íntimo y confesional de la autobiografía». Gracias a ella, Azar Nafisi alcanzó el reconocimiento internacional. Fue publicada en 2003 y ha sido traducida a 32 idiomas, entre ellos el español. Estuvo 117 semanas en la lista de superventas del New York Times, además de obtener numerosos premios literarios.
Es una obra densa e intensa, narrativamente fluida que mezcla datos, recuerdos, tramas vividas y literarias, hechos históricos y confesiones personales, sentimientos propios y ajenos, reflexiones, personas reales (con nombres ficticios para no delatarlas) y personajes ficticios (con nombres reales). Una vorágine bien articulada que hace su lectura especialmente atractiva.
«Los hechos que se narran en este libro son verídicos en la medida en que los recuerdos pueden ser fidedignos» advierte la autora en una nota preliminar, antes de adentrarse en ellos con los vaivenes caprichosos de la memoria.
Nafisi recorre sus recuerdos adelante y atrás en el tiempo, ordenados según determinadas lecturas literarias, temáticas y acontecimientos, no necesariamente cronológicos que ordena en cuatro partes (subdivididas a su vez en capítulos) y un epílogo.
1. Lolita. 2. Gatsby. 3. James y 4. Austen. Títulos lacónicos y contundentes. Cada parte relacionada con una obra literaria o un autor, una temática y un período histórico.
En la primera, parte la autora viaja a sus recuerdos de 1995 cuando crea su seminario secreto y elige Lolita como la primera obra para leer. En la segunda, retrocede a 1979-80, su regreso a Irán y su primera etapa universitaria, cuando Gatsby traspasa la ficción y se convierte en peligro público para los fanáticos. La tercera nos lleva hasta 1988 con lo que supuso el final de la guerra Irán-Irak que había comenzado en 1980, el repunte de la represión interna y la enseñanza de la novela jamesiana, para volver en la cuarta a su última etapa en Irán en 1997 con la lectura de Austen como antídoto contra la infelicidad.
En el epílogo la autora pinta un Irán algo más colorido, desde la distancia. Cinco años después de su partida, el 24 de junio de 1977, viviendo en Estados Unidos, Azar echa de menos su patria («Salí de Irán, pero Irán no salió de mí»), a la familia, amigos y alumnas que dejó allí. Algunas emigraron como ella a Europa o América y otras se quedaron, pero todas viven libres, para siempre, en las páginas de su libro.Un libro, como los que ella comentaba en sus clases, que también está prohibido en Irán.
¿Por qué Lolita y no otra obra para incluir en el título? Porque es la primera obra que Azar elige para leer en su seminario secreto y la que da nombre a la primera parte del libro.
La autora nos responde ya en la primera página: porque es «la obra de ficción que más sintonizaba con nuestra vida en la República Islámica de Irán». Y dos páginas más adelante: «Esta es la historia de Lolita en Teherán, de cómo Lolita dio un color diferente a Teherán y de cómo Teherán ayudó a redefinir la novela de Nabokov, convirtiéndola en esta Lolita, nuestra Lolita».
Marjorie David ha construido un guion ágil y sintético teniendo en cuenta la complejidad de un texto descriptivo e introspectivo a la vez que salta en el tiempo de recuerdos a pensamientos o hechos, de situaciones reales a las pesadillas que sufren las protagonistas, del argumento y análisis de los libros que leen a las confidencias personales…
Ha sido fiel a la estructura original con alguna salvedad y ha conseguido hilvanar con un mismo pespunte muchos hilos dispersos, sin enredarse, y extraer lo más llamativo a nivel argumental con escenas como el juicio, el baile, el interrogatorio, el suicidio, etc. para crear efecto. Incluso se incluyen frases literales de la novela, pero falta el subtexto, la tensión latente que hacía insoportable aquel clima.

Estructura y contenido
La película no comienza a bocajarro por la primera parte, como la novela, sino que incluye un prólogo que sitúa la acción en el contexto revolucionario que encuentra Azar cuando vuelve a Irán. Ruido de fondo y fotos en blanco y negro de tumultos mientras aparecen los títulos. Sobreimpresionado en la pantalla: «1979 Teherán».
La imagen se torna en color con Azar y Bijan, su marido, en el aeropuerto empapelado con carteles de Jomeini. El sello que estampan en su pasaporte (Gobierno provisional islámico de Irán) nos sitúa en el momento político que vive el país; y la actitud del aduanero, por como trata a Azar y a sus libros, en el menosprecio hacia las mujeres y la cultura.
A partir de esa introducción, la estructura narrativa es la misma que la de la novela: cuatro partes y un epílogo. Cada parte adquiere el nombre de una novela concreta asociada a una fecha histórica: 1. El Gran Gatsby 1980. 2.Lolita 1995. 3. Daisy Miller 1988. 4. Orgullo y Prejuicio 1996. Hay un intercambio entre las dos primeras, obviando la importancia de comenzar por Lolita como hubiera sido lo acertado dado el interés de la autora en justificarlo. Algo que el espectador que ha leído la novela, también se pregunta.
1º parte: El Gran Gatsby
1980. Azar acude a la Facultad de Ciencias y Humanidades de Teherán. Enseña literatura en lengua inglesa. Sus alumnos son jóvenes estudiantes de distintas facciones revolucionarias: marxistas, islámicos radicales, monárquicos, y otros más moderados que conviven enfrentados en un clima de agitación constante.
Los chicos se sientan separados de las chicas. Son más fundamentalistas que ellas. En el aula leen y analizan obras de Twain y Fitzgerald, como El Gran Gatsby, que empiezan a no ser bien vistas. Los más fanáticos la consideran una obra inspirada por Satanás y a Gatsby un depravado que incita al adulterio. Creen que debería prohibirse.
Someten la novela a una especie de juicio en que alumnos y profesora defienden sus roles con vehemencia, en una de las mejores secuencias de la película, poniendo al descubierto el miedo/odio a la cultura.
2º parte: Lolita
1995. Comienza en el seminario de Azar con sus siete alumnas elegidas. Leer Lolita en aquellos momentos era un acto subversivo. Su devastador argumento con ese protagonista manipulador y repugnante que somete a su víctima inocente e intenta justificarse ante el lector es sin duda el más explícito. Y las chicas se preguntan ¿Somos nosotras Lolita? Sí, dice Sanaz, porque nos controlan hombres viejos y asquerosos.
Sanaz adquiere relevancia en la película porque es detenida, encarcelada, torturada y obligada a confesar un crimen que no ha cometido para obtener la libertad. Se odia por eso, y se siente culpable por no haber sido capaz de resistir, de rebelarse.
Cada una de las chicas es rehén de una figura masculina: un marido maltratador, un hermano controlador, un padre protector, un jefe… a los que tienen que mentir para asistir al seminario. Y en un orden superior a un régimen totalitario que las anula.
3ª parte: Daisy Miller
1988. Azar en la universidad de Allamed estudia esta obra de James y su personaje suscita entre sus alumnos masculinos más fanáticos, rechazo y repudio. Daisy desconcierta y eso incomoda. Consideran que merece la muerte por ser una mala mujer. Muchas mujeres en esa época murieron asesinadas por desobedecer, por revelarse, por adúlteras… Por incómodas y desconcertantes.
Azar empieza a derrumbarse. Está destrozada porque un estudiante suyo se acaba de suicidar en la universidad, quemándose a lo bonzo, decepcionado con el régimen «Nos han mentido, nos han mentido», repite herido de muerte.
4ª parte: Orgullo y prejuicio
1996. Austen era para ellas entretenimiento. «La república islámica nos ha devuelto a los tiempos de Jane Austen», dice Azín. En el seminario hablan de la prohibición de toda expresión pública de sentimientos privados, como el amor. Al igual que le ocurre a los protagonistas de Orgullo y prejuicio. Entre ellas organizan un baile a lo Austen para entender su lenguaje.
Cada una expresa sus experiencias y expectativas en este tema. Pocas saben lo que es el amor. Algunas están casadas. Pero matrimonio y amor no van siempre unidos. Azín está casada tres veces, pero su último marido la maltrata y quiere quitarle a su hija. Mahshid no quiere casarse.
Nassrim se lamenta de tener ya treinta y cinco años y no saber lo que es el amor. Su último novio era muy moderno, dice, porque leía a Derrida, y le gustaba el cine de Bergman y Kiarostami, pero no le gustaba cómo miraba a las mujeres. Ella cree que el baile es la mejor manera para ver si una pareja es compatible.
Leen, ríen, bailan, se desahogan…pero en público no pueden expresarse, mostrarse, amar… Todas desean marcharse de Irán. Tienen idealizado occidente. La propia Azar estalla acosada por las pesadillas, los nervios y la ansiedad: «Soy invisible. No existo, Me lo han arrebatado todo». Quiere salir de allí. No aguanta más.
Epílogo
El epílogo nos sitúa en Washington en 2003. Azar está en su estudio ante un montón de su reciente publicado libro. La cámara recorre la estancia y muestra lo que ve desde su ventana, que no son sus añorados montes de Alborz, sino bloques de pisos impersonales. No obstante, Azar sonríe.
El último plano nos muestra dos fotos de las chicas, una donde aparecen las siete con su profesora, todas vestidas de negro. En la segunda, están vestidas de vivos colores y ropa occidental. En la última no están todas porque algunas ya entonces habían salido ilegalmente de Irán. El principio y el fin del seminario. Un reflejo del poder transformador que aquella experiencia tuvo para ellas.
Azar hace que vida y ficción literaria se entremezclen, algo que en la película no siempre se consigue, de forma que el espectador se pregunta si hay una intención más allá de la estructural y cronológica en asociar cada título a la experiencia de vida de las protagonistas.

Temática
Existe una temática general que alude a temas transversales universales como la búsqueda de la identidad, la amistad o la lealtad. También la censura, y el tema de la culpa salpican toda la película. Pero si hay un tema central que está presente en todo momento es el miedo a la cultura occidental en todas sus manifestaciones. Ya desde la escena del aeropuerto cuando Azar llega a Irán, un militar hojea sus libros y los tira con desprecio. Después vendrá su prohibición oficial. El cine tampoco se salva, como cuando acuden a ver Sacrificio, de Tarkovski, en sueco, sin subtítulos y con cortes.
Pero existe una temática más concreta relacionada con cada parte y la obra que le da título.
La primera transpira el odio a la cultura americana («Muerte a América», es la pintada que ve Azar cada día en la fachada de la universidad), a su forma de vida y sus valores, representada por Gatsby. El libro y su protagonista trascienden la ficción y pueden llegar a considerarse un peligro social e ideológico. No importa la calidad de la novela, sino que la moralidad de sus personajes se adecue a los cánones del régimen.
En la segunda parte, la lectura de Lolita permite hacer una disección del poder, la manipulación y el sexo en el libro de Nabokov y extraponerlo a la realidad que viven las mujeres en ese momento. La culpa como consecuencia anuncia la deriva de la tercera parte hacia la decepción, el suicidio y el deseo de huir; para en la cuarta abordar el amor y el matrimonio, con Austen como telón de fondo, para resignificar ambos conceptos en el pensamiento y sentimiento de este grupo de mujeres.

El color
Algo que echará de menos el lector de la novela en lo que el espectador quizás no repare es en la importancia que da la autora al color. El color como elemento real y simbólico.
La revolución robó el color literal (en la ropa, el arte, la vida en general) a las mujeres, y las anuló bajo un manto negro (chador) que las hizo irrelevantes. Despojarse de él suponía una liberación y un empoderamiento que solo en la intimidad podían compartir.
La película no hace del cromatismo, sin embargo, un elemento significativo y debería, dada una vez más la intención de la autora, en manifestarlo «Aquella clase era el color de mis sueños». Su importancia no se revela, más allá de en un par de escenas. Una de ellas el ya referido último plano donde se muestran las fotografías de las chicas al comienzo y al final del seminario, con su vestimenta colorida como símbolo evidente de su transformación personal y cultural.
La otra ocasión en que el color adquiere relevancia es cuando Azar habla con su amigo el profesor (el mago, como ella le llama), sentada en un banco, añorando el tiempo pasado. La pantalla los aísla, en primer plano mientras conversan, de un fondo monocromo, que de repente nos transporta a un mundo de luz y color, con las tiendas y librerías iluminadas y llenas de gente. Las parejas caminan de la mano, abrazadas, los niños juegan en las calles y hay personas sentadas en los cafés, fumando, en libertad, sin velos, sin prohibiciones. De repente, la realidad los devuelve a la sociedad gris y oscura de calles vacías y comercios y librerías cerradas.
Es la única vez que se hace referencia al color como símbolo de pérdida, de muerte. Una constante, sin embargo, en la novela.
Esta secuencia enlaza con otra del final de la película con los mismos protagonistas, Azar y su profesor consejero. Un guiño, hacia la insinuación de la autora en el libro, sobre si la figura de su amigo es real o imaginaria. Azar se reúne con él para despedirse frente a la cordillera de Alborz y, cuando terminan de hablar, el último plano de la secuencia muestra a Azar de espaldas, sola ante el paisaje. Al espectador le queda la duda si es un personaje real o un alter ego masculino de ella misma. Que lo llame el mago, puede no ser casual.
Un toque fantástico, al poder de la imaginación en cualquier contexto y a la necesidad de ella, sobre todo, en los más adversos.

En fin
No era fácil adaptar la profundidad de la novela de Nafisi. Rilkis desaprovecha la oportunidad de retratar a cada una de las alumnas, mujeres con historias poderosas de las que no llegamos a saber casi sus nombres. El texto las individualiza y nos permite conocer su pasado y presente, su realidad, sueños, sentimientos y deseos. La película, en cambio, representa en dos o tres de ellas, una situación y problemática, que a todas afecta, sin profundizar en ninguna.
En cuanto a la profesora, su evolución hacia la desesperación que la conduce al abandono definitivo de su país carece de la tensión emocional que la hace estallar al final. Todo ello sin desmerecer la interpretación de su intérprete, que defiende con solvencia la mezcla de serenidad y fortaleza del personaje. Como el resto de actrices, todas ellas iraníes, en el exilio.
Una propuesta, en definitiva, bienintencionada pero convencional, poco imaginativa y comprometida. Cine más descriptivo que reivindicativo, de un feminismo obvio, pero tibio, con una puesta en escena poco creativa, que se apoya en clichés visuales y argumentales para crear situaciones efectistas con poca tensión dramática, y donde el montaje adquiere una importancia decisiva para cohesionar elementos dispares. No obstante, necesaria.
Hay que agradecer, que historias como ésta que ponen el foco en la represión de la cultura y de las mujeres, en particular, que ocurrieron hace tres o cuatro décadas se visibilicen porque fueron pasado y siguen siendo presente. No debemos olvidar que, en este mundo occidental, espejo y faro entonces y ahora, para muchas mujeres, no hay ninguna conquista definitiva y todo, para nuestra desgracia, puede ser reversible.
Escribe Leo Guzmán | Fotos Adso Films