Loli Tormenta (2)

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Un testamento luminoso y poético de Villaronga

loli-tormenta-0Indagando para escribir esta crítica, me entero de que la madre de Agustí Villaronga murió un año antes que él, con la mente perdida. Resulta misterioso, no doloroso, sí gozoso, que, en homenaje a esa madre, su hijo, que se fue al poco tiempo también y muy enfermo, pudiera crear una película tan juguetona, traviesa, luminosa y al mismo posicionada del lado de esos a quienes el mundo y el sistema quieren cortar sus alas, también la luz, engañarles con la cláusula-suelo de la hipoteca o meterse con su color de piel.

A propósito, Mario, el coguionista de esta película y compañero de Villaronga los últimos años, cuenta que el cineasta murió por el cine. «Yo no quería que hiciera la peli. Porque si rodaba significaba que tenía que dejar la quimioterapia. Los médicos le hicieron firmar un papel de que no se hacían responsables de esa locura», contó Torrecillas. «Dejó la quimio y se puso a rodar la película. (…) Una película que hizo en cinco incomprensibles y diabólicas semanas de rodaje que le iban a estrujar la poca vida que apenas podían soportar sus piernecitas de alambre. Él sabía que iba a ser lo último, pero era un cineasta puro de los que mueren con cámara puesta».

En suma, Villaronga no murió de forma repentina de un infarto o similar, falleció con el tiempo suficiente para saber qué era lo que hacía y por quién o por quiénes lo hacía. Esta obra es, por lo tanto, un testamento fílmico, la última oportunidad de decir todo aquello que nunca más podrá decirse. Y al mérito técnico y artístico de la obra, hay que sumar este extremo, que no es poco.

Podrá a alguno sorprender que esta película póstuma de Agustí, fallecido meses antes de su estreno, sea una obra que se aparta sustancialmente de lo más granado de su filmografía, compuesta por historias oscuras que en ocasiones se acercaban al cine de terror (por ejemplo, su ópera prima Tras el cristal, 1986). Esta vez ha adoptado un tono familiar (a lo Mercero), que, no obstante, hace una crítica social muy conseguida y por momentos brillante.

Se le pueden objetar falencias por la reiteración de secuencias que también, por momentos, se alargan de forma innecesaria. Cabe pensar que como Villaronga falleció antes de concluirla, lo que se ha editado es el material que dejó el filmado en bruto, sin que participara en el montaje, esto hay que decirlo también.

Puede pensarse sin lugar a duda que lo último que un artista hace siempre será singular. Pues bien, esta última película que ha dirigido Agustí, cuando sabía que era la última, es sin duda muy especial: «Una comedia, por primera vez», dijo. Pero más que comedia es lo que solemos llamar tragicomedia, o «dramedia». No se sufre. No es certificar la enfermedad. Es una gozada, una obra que es más que lo que meramente vemos en pantalla. Sin duda puede asegurase que tras la película hay mucho más.

Lola, Loli Tormenta, es una mujer que destacó como atleta de élite en las carreras de obstáculos hasta que se retiró por considerar que en una carrera en la que competía le habían hecho una jugada sucia. A Loli se le dan peor las barreras y dificultades a las que se enfrenta en su jubilación para sacar adelante a sus dos nietos. Por falta de recursos económicos, sufre y suda para hacerse cargo del recibo de la luz, comprar comida y pagar una hipoteca engañosa, por lo cual están a punto de desahuciarla. Lola es gallarda, audaz, alegre, veloz y valiente.

Pero Lola es sobre todo la moderna y anárquica de abuela de Edgar y Robert, niños de 9 y 13 años. Se hizo cargo de ellos cuando falleció su hija unos años atrás. Forman una familia y viven en una casa modesta de la periferia de Barcelona. Todo estaba bien, en lo que cabe, y nada les hizo pensar que la agradable vida familiar podría cambiar de manera radical.

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El asunto es que la abuela y cabeza de familia ha entrado en un proceso de demencia tipo enfermedad de alzhéimer que avanza sin tregua. Pero los niños, ni quieren que los separen, ni quieren acabar en un hogar de acogida, ni que se lleven a Lola a una residencia. Para evitarlo se hacen cargo de la abuela con un enorme ingenio y una exuberante fantasía: es preciso ocultar la enfermedad, que la abuela aparezca (o desaparezca), como si nada ocurriera. Para ello tendrán que enfrentarse, al igual que Robert en sus competiciones de atletismo, a muchos obstáculos.

Es una cinta que trata sobre la vejez, el final de la vida, el olvido, los seres que amamos y el legado que vamos a dejar. Pero lo hace con ánimo, incluso con la alegría que insuflan los jóvenes protagonistas y la también joven de espíritu abuela, una mujer vital y luchadora.

Tiene una bonita música de Marcüs Jgr, estupenda fotografía de Josep M. Civit y un elenco donde destaca una sensacional, expresiva y capital Susi Sánchez que hace un trabajo con una naturalidad encomiable, naturalidad que esconde la dificultad del personaje que interpreta.

Acompañan muy bien Mor Ngom (el hermano pequeño) que hace reír con su frescura a la par que emociona con su dolor; Joel Gálvez (el hermano mayor) estupendo; María Anglada Sellares (su nueva amiga), muy bien y creíble; Fernando Esteso, que humaniza y aporta ternura al tío Ramón, un avaro testigo de Jehová, un personaje histriónico al que se acaba cogiendo cariño. Están muy bien Celso Bugallo como padre del empleado de banco que atiende a Lola; estupenda Pepa Charro, la entrañable tía; y acompañan Meteora Fontana, Xavi Sáez y Blanca Star Olivera, todos en onda y muy concertados.

Es una película imperfecta y a la vez hermosa. Está cargada de poesía y su transtextualidad es tan amplia que podemos decir, no se puede abarcar. Hay una y veinte historias latentes tras la historia manifiesta. Villaronga echó el resto de la vida que le quedaba en el set de rodaje con una película mágica, una obra que Agustí pensó, imaginó y escribió junto a su fiel amigo Mario Torrecillas, basada en una historia de este último. Iluminada toda por la luz de un cineasta fabuloso que buscó la verdad en cuanto hizo y en todos los vericuetos de su alma.

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Hay una variable que creo interesante subrayar: Agustí Villaronga hace lo que le da la gana o, mejor, lo que estima conveniente, sin tener en cuenta las convenciones o prejuicios sociales. Porque puede que más de uno opine que no es gracioso hacer comedia sobre el alzhéimer o los operados de la garganta. Pero dado que todos tenemos problemas, ¿qué razón habría para no mirarnos con humor y con cariño, sin intención de herir?

Sin duda ha sido una película hecha con dolor, pero no desde el dolor. Villaronga abandona sus habituales temáticas oscuras por las que se le recuerda y decide cerrar su obra con una comedia cotidiana, resplandeciente y distendida. Siendo una comedia con elementos dramáticos, no entra a los capítulos más habituales del género, sino que, centrándose en la relación de dos chicos con su abuela, se detiene en el alzhéimer y lo que supone como enfermedad progresiva e incurable para quien la padece y quienes rodean al enfermo.

La actriz Susi Sánchez hace un maravilloso trabajo como la Loli Tormenta del filme, una veterana corredora que continúa embutiéndose en la ropa deportiva para tirar millas por las calles mientras cuida y educa a sus nietos. Niños de su difunta hija, frutos de relaciones distintas.

Llega un momento en que la enfermedad da la cara y empiezan las dificultades de memoria, la incapacidad para recordar nombres, objetos y lugares, haciendo acto de presencia la deriva mental de la abuela. Pero la historia tiene un enfoque sin severidad, desde la óptica de los chavales que crean su peculiar mundo para protegerse y protegerla.

Si uno acierta a mirar bien se da cuenta de que aquí, como en Pa negre (2010), también se habla de la infancia amenazada por los adultos. Villaronga se acerca a unos críos que bordean la extrema pobreza con gran indiferencia de la sociedad ante su situación. Eso sí, aquí el peso recae en Loli, una abuela voluntariosa y vital, aunque asediada por la desorientación.

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Material muy sensible y la novedad de algo que no siempre se evidencia: la bondad y el optimismo que, dicen, desprendía el propio Villaronga en la distancia corta, su bonhomía. A él siempre le atrajeron las pasiones desatadas; incluso las subrayaba para reivindicar, frente a ellas, la virtud que permanece. Esto es lo que podemos ver en este título como elemento nuevo de nuestro director: la belleza y el valor irrenunciable que representa la inocencia.

Como apunta B. Martínez, Villaronga fue siempre «un torbellino de iconoclastia, un rayo subversivo, un relámpago de incomodidad. Pero en ambos casos, esa estela se apaga y ahí están aquellos que les suceden para continuar su camino».

Tal vez por esa característica del autor, en esta obra, la naturaleza y fuerza que representa Susi Sánchez en la trama se traspasa a sus dos nietos, niños huérfanos a un paso de la exclusión social. Niños que, aún dentro de sus dificultades, presentan batalla para mantener su integridad. Y en lo medular de esta fábula, tan despiadada como compasiva, queda la integridad de espíritu de un cineasta, símbolo de la resistencia en el cine.

Como bien escribe Del Teso, nuestro director «se rodeó de gente llena de luz para filmar, quedito, serio, dulce, una comedia ácida, que huele al puré del martes y al sudor rico que echas cuando corres —y ganas— los tres mil con obstáculos. Que huele a la tierra fresca que cubre el cuerpo de alguien amado, cuerpo que descansa en una jardinera mientras los pájaros anidan en una tele rota plantada en un árbol». Esos seres de luz debieron decirle a Agustí que ya estaba, que se podía ir tranquilo. Ellos son todos los aparecen en los títulos de crédito, encabezados por la Sánchez, el Esteso y compañía.

Tal vez alguien piense que no es la película que cabría esperar del postrer Villaronga, pero es la película vital que quiso hacer antes de decir adiós, un bonito y entretenido canto del cisne póstumo de un valiente Agustí.

Escribe Enrique Fernández Lópiz | Imágenes Caramel Films