Los caballeros blancos (3)

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Buenas intenciones

los-caballeros-blancos-1De eso es de lo que dicen está sembrado el infierno… Y que se acopla, y en ocasiones muy bien, con Los caballeros blancos que nos presenta Joachim Lafosse —por el que fue galardonado, como mejor director, en el Festival de San Sebastián de 2015— en un logrado retrato de quienes se dedican a hacer el bien a los demás, descuidándose a sí mismos, lo que termina por perjudicarles en más medida de lo que suponían.

Y uno de estos caballeros blancos es Jacques Arnault, que en las áridas tierras del Chad quiere sacar a unos trescientos huérfanos, la mayoría a causa de la guerra civil que por allí sigue imperando, y darlos en adopción a familias francesas, que ya han tramitado sus solicitudes. Por mucho que intenta convencer, y darles dinero, a los jefes de los clanes, se topa con una realidad tan brutal como la guerra que los consume.

Rodada casi siempre como si se tratase de un documental, que es mérito —y hubiera sido mejor que persistiera ese tono— del director y de su sentido de la proporcionalidad de hechos e ideas, que nos engancha en las secuencias que van mostrando cómo, casi siempre, los hechos y las ideas no siempre pueden ir de la mano; aunque lo desee, e insista una y otra vez.

Lo que nos muestra que a las ONG —a veces en contra de sus convicciones— no les queda otra salida que intentar paliar el mal, que no pueden evitar, a base de confraternizar con sus enemigos, potenciales o disimulados, para que sus intenciones ni sean tergiversadas, o cambiadas, ni menospreciadas; anclando en el día a día sus prestaciones en beneficio de la causa que da forma a su existencia: conseguir que este mundo sea un poco más justo.

Llegados a este punto, no hay duda que las imágenes de esas madres, casi desesperadas, que no dudan en decir que ese no es su hijo, que es un huérfano que han encontrado, son la plasmación, bastante precisa, de la crueldad con rostro humano. Porque suponen, diríamos que saben, que es la mejor manera que conocen para poder hacer algo por ellas mismas: intentar vivir sin agobios.

Agobios que conciernen a todos, y más cuando los militares obligan a dejarse de tonterías y que cada uno debe ir por su lado. Y nadie, precisamente, sabe cuál es su lado. La sofocante, como increíble, realidad que van viviendo unos y otros se trasluce en esas miradas perdidas, que ni la cámara que va filmándolas puede disimular, de una impotencia tan obsesiva como cruel: de los males inventados por el ser humano, la guerra se lleva el primer premio.

Merece destacarse, por si no ha quedado claro, que todos y cada uno de los intérpretes están a la altura de lo que se esperaba de ellos. Singularmente Vincent Lindon, que hace de Jacques Arnault un ser humano que no puede negar que lleva y siente la duda y el amor hacia los demás, con el sentido, la sensatez y la fatalidad que el destino le ha marcado.

Por lo anteriormente comentado, no hay duda que no debemos perdernos el visionado de esta singular, atípica y vulnerable película; y recomendarla a cuantos se interesan por el cine y quienes lo hacen. Y aunque no sea perfecta, nadie es perfecto que dijo alguien —y no pienso mencionarlo— se merece nuestro tiempo y reflexión.

Escribe Carlos Losada

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