¿Custodia compartida?

Con Love me tender, la directora Anna Cazenave Cambet no narra un clásico drama judicial, sino una crónica silenciosa y minuciosamente observada de la violencia institucional. La película se interesa menos en los enfrentamientos espectaculares que en la lenta erosión de una mujer a través de procedimientos burocráticos, evaluaciones psicológicas y la constante sospecha dirigida a su forma de vida.
La escena inicial establece un tono algo diferente. Clémence nada en la piscina, se encuentra con una mujer en el vestuario y experimenta un momento sexual espontáneo. La escena parece inicialmente casual y libre, casi eufórica. En retrospectiva, sin embargo, adquiere un amargo doble significado: todo lo que aquí se presenta como una expresión de autodeterminación se vuelve posteriormente en su contra por las instituciones.
Clémence (Vicky Krieps) ha dejado a su marido Laurent (Antoine Reinartz), ahora vive abiertamente en relaciones con mujeres y está intentando rehacer su vida como escritora. Sin embargo, el acuerdo de custodia, hasta entonces amistoso, de su hijo Paul, de ocho años, se ve alterado cuando Laurent descubre su vida lésbica.
Lo que al principio parece una reacción de dolor se convierte rápidamente en una amarga batalla legal: Laurent solicita la custodia exclusiva, hace graves acusaciones contra Clémence y aleja cada vez más a Paul de su madre. Durante años, Clémence se ve agotada por los tribunales, los informes periciales y las visitas supervisadas.
Mientras lucha por mantener el contacto con su hijo, intenta al mismo tiempo evitar que su identidad queer, sus nuevas relaciones y su trabajo como escritora queden completamente absorbidos por un sistema que sigue vinculando la maternidad a ideales heteronormativos.
La película se mantiene constantemente ligada a la perspectiva de Clémence. Laurent suele aparecer solo indirectamente, a través de su influencia en Paul o mediante los relatos de otros personajes. Esta decisión evita una narrativa simplista de agresor-víctima y centra la atención en la experiencia de la madre: la impotencia de ser juzgada y escrutada constantemente sin poder controlar las reglas de este sistema.
Las largas secuencias de visitas supervisadas se encuentran entre las más impactantes de la película. En espacios neutrales, observada por trabajadores sociales, Clémence intenta mantener algún tipo de cercanía con su hijo, mientras cada gesto y cada palabra quedan registrados. Estas escenas adquieren un efecto particularmente opresivo debido a su repetición.
Vicky Krieps lleva casi todo el peso de la película. Su interpretación evita cualquier idealización. Esta Clémence no es perfecta, no siempre paciente, a veces impulsiva y egoísta. Precisamente por eso el personaje funciona tan bien. Krieps la interpreta con una presencia física que moldea decisivamente la película: nadando, caminando, bailando o en los momentos de agotamiento. Mucho se transmite a través de la postura, la mirada y el ritmo, más que mediante grandes arrebatos emocionales. Esto crea un personaje que parece a la vez controlado y perpetuamente al borde del colapso.
Antoine Reinartz también ofrece una interpretación convincente como Laurent, aunque la película lo mantiene deliberadamente fuera del foco de atención. No interpreta a un demonio manifiesto, sino a un hombre cuya masculinidad herida y necesidad de control se ocultan tras una fachada de cuidado racional. Es precisamente esta falta de impacto dramático lo que hace que el personaje resulte tan inquietantemente creíble.
Monia Chokri, como Sarah, la pareja de Clémence, aporta un importante contrapunto a la película. Su relación ofrece momentos de intimidad, deseo y vida cotidiana, pero permanece ensombrecida por la batalla por la custodia. La película demuestra de forma convincente lo difícil que es mantener un espacio para el amor bajo la constante presión de los procesos legales.

Formalmente, Cazenave Cambet emplea un enfoque sobrio, casi documental. La cámara de Kristy Baboul observa rostros y cuerpos con gran intimidad, sin adornarlos estéticamente. París, las provincias y los locales nocturnos queer aparecen como espacios sociales distintos, cada uno con sus propias reglas y estructuras de poder. Las elipsis utilizadas para representar el largo proceso también resultan impactantes. Los meses transcurren en aparente silencio, pero la agotadora duración del conflicto permanece palpable.
No todas las decisiones funcionan igual de bien. La voz en off, que incorpora pasajes de los escritos de Clémence y es una adaptación directa de la novela autobiográfica homónima de Constance Debré, a veces explica más de lo necesario. Algunas de estas reflexiones ensayísticas sobre la maternidad y la libertad resultan redundantes, ya que la película ya transmite sus temas con claridad a través de imágenes y situaciones. Sin embargo, esta capa literaria se integra a la perfección en el proyecto general.
Lo más destacable de Love me tender es cómo aborda la maternidad queer no como un caso excepcional, sino como un referente social. La película muestra que Clémence no es tachada de «mala madre» simplemente por haber dejado a su marido, sino porque insiste en ser madre, amante, escritora y sujeto sexual a la vez. La verdadera presión proviene menos de los personajes individuales que de un sistema que utiliza términos como «estabilidad» o «bienestar infantil» de forma aparentemente neutral, pero que en realidad privilegia ciertos modelos familiares.
En definitiva, nos hallamos ante una película perspicaz y emocionalmente precisa que combina de forma convincente la experiencia personal con el análisis social.
Escribe Francisco Nieto | Fotos BTeam pictures